Fingiendo Contigo

Capítulo 9

Ensayo general

—Diez días —repitió Sebastian, sin levantar la vista del cuaderno—. No es mucho tiempo para construir una historia que suene sólida.

Nos sentamos en la cama, uno frente al otro, con las piernas cruzadas, el cuaderno de reglas abierto entre los dos en una página nueva, en blanco, esperando a que llenáramos los detalles de una historia que ninguno de los dos había vivido pero que ambos íbamos a tener que recitar de memoria en menos de dos semanas.

—Primero lo básico —dijo Sebastian, con el bolígrafo listo—. ¿Dónde nos reencontramos exactamente?

—En el local. El día que volví.

—¿Y qué llevabas puesto?

—¿Eso importa?

—Damien es detallista. Podría preguntar cualquier cosa.

—Está bien. Llevaba puesta una camisa azul y jeans, y una maleta que pesaba más de lo que debería. ¿Contento?

—Extremadamente.

Anotó la respuesta con una seriedad exagerada que me hizo reír a pesar de los nervios, y seguimos así un rato, construyendo capa por capa los detalles de una historia falsa: la primera cena que "salimos" juntos, el restaurante inventado, la canción que "sonaba" cuando finalmente admitimos lo que sentíamos.

—Necesitamos una versión de cómo empezamos —dijo, en algún momento, dejando el bolígrafo a un lado—. Algo simple, que los dos podamos repetir exactamente igual si Damien nos pregunta por separado.

—¿Qué tal esto: te reencontré en el local el día que volviste, como pasó de verdad, y ahí mismo entendí que todavía sentía algo por ti?

Se me escapó una risa, más nerviosa que divertida.

—Eso es muy cursi para ser cierto.

—Las mentiras creíbles siempre tienen algo de verdad adentro. —Me miró con una seriedad repentina—. Y esa parte no es exactamente mentira.

—Entonces guárdate esa seriedad para cuando estemos frente a Damien, porque ahora mismo me estás poniendo nerviosa.

—Bien, lo anoto: "seriedad reservada para audiencias importantes solamente".

El aire del cuarto pareció volverse más denso de golpe.

—Sigamos —dije, carraspeando—. ¿Qué más necesitamos?

—Aniversarios. Damien va a preguntar cuánto llevamos "oficialmente" juntos, y necesitamos una fecha exacta, no un "no mucho" vago como le dijiste a doña Marisol en la plaza.

—¿Qué tal el día que nos mudamos aquí? Al menos esa parte sí pasó de verdad.

—Me parece justo. —Lo anotó, con una letra angulosa que reconocía perfectamente de todas las listas que habíamos hecho juntos hasta ahora—. ¿Y qué hay de nuestros papás? Seguramente les va a preguntar a ellos también, y necesitamos que las historias coincidan.

—Ya hablé con mi mamá. Le dije que le siguiera la corriente si alguien le pregunta, sin darle demasiados detalles.

—¿Y si pregunta algo específico que no acordamos?

—Entonces improvisa. Es lo que mejor se te da, siempre lo ha sido, desde que éramos adolescentes y te inventabas excusas increíbles para llegar tarde a la escuela.

—Eso no es exactamente un cumplido.

—Lo dije como uno.

Se rió, y por un momento la tensión del ensayo se aligeró lo suficiente como para que los dos respiráramos con más facilidad.

—Un primer beso. Va a preguntar en algún momento cómo fue.

—¿Y cómo fue? —insistió—. Necesitamos los detalles. Quién dio el primer paso, si fue espontáneo, cómo se sintió.

—¿Todo esto es realmente necesario? —pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta.

—Damien hizo cinco preguntas seguidas sobre nuestra convivencia la última vez que hablamos por teléfono con mis papás. Créeme, todo esto es necesario.

—Fue espontáneo —solté finalmente—. Estábamos discutiendo por algo tonto, y en medio de la discusión simplemente pasó.

—¿Quién dio el primer paso?

—Tú. Obviamente tú. Yo tengo demasiado orgullo para dar el primer paso en cualquier cosa, y lo sabes mejor que nadie.

—Cierto, lo recuerdo bien de cuando teníamos diecisiete años.

—No empieces con eso.

—Solo digo que es un patrón consistente.

—Está bien. Yo di el primer paso. —Se inclinó un poco hacia adelante, acortando la distancia entre los dos—. ¿Y cómo reaccionaste tú? Necesito el detalle exacto, para que la próxima vez que lo cuente no me contradiga.

—Te empujé al principio. Por instinto.

—¿Empujarme? Eso no suena muy romántico para la historia que estamos construyendo.

—Es la verdad. Puedes maquillarla si quieres, para Damien.

—Prefiero la verdad. Aunque me deje mal parado.

—¿Y después?

—Después dejé de empujarte —admití, en voz mucho más baja de lo que había planeado.

Hicimos una pausa después de eso, ninguno de los dos muy seguro de cómo continuar, y Sebastian se levantó a buscar algo de comer, volviendo un momento después con una bolsa de galletas y dos vasos de agua, como si la comida pudiera anclarnos de vuelta a la normalidad después de ese intercambio cargado de más verdad de la que ninguno había planeado revelar.

—¿Seguimos? —preguntó, sentándose de nuevo frente a mí, ofreciéndome una galleta que acepté sin pensar.

—¿Qué más falta?

—Apodos. Damien va a notar si no usamos ninguno. Las parejas reales tienen apodos, algo tonto y privado que solo ellos entienden.

—Nosotros no tenemos apodos.

—Exacto. Por eso hay que inventar uno, rápido, antes de que sea sospechoso que después de meses juntos nunca nos hemos dicho nada cursi.

—Esto se está poniendo ridículo.

—Bienvenida al nivel de detalle que exige mentirle a un inversionista paranoico.

Pasamos los siguientes minutos proponiendo apodos cada vez más absurdos —"mi vida", que sonaba demasiado telenovela; "cariño", que ninguno de los dos lograba decir sin reírse; "gordo", que Sebastian vetó de inmediato alegando que no tenía "ni un gramo de sobrepeso, para que conste"— hasta que terminamos sin decidir nada, riéndonos más de lo que el ejercicio ameritaba, con el cuaderno de reglas completamente olvidado entre las sábanas, las galletas a medio comer, y toda la seriedad del ensayo disuelta en carcajadas que ninguno de los dos había planeado.




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