Fingiendo Contigo

Capítulo 10

Consecuencias

A la mañana siguiente, ninguno de los dos mencionó lo que había pasado la noche anterior, aunque el aire entre los dos se sentía distinto, cargado de una conciencia nueva de cada movimiento, cada mirada, cada roce accidental mientras nos preparábamos para bajar al local.

Me desperté antes que él, algo raro en nuestra rutina reciente, y me quedé un momento mirando el techo, repasando la noche anterior: la mano de Sebastian buscando la mía en la oscuridad, la certeza tranquila con la que se había quedado dormido sosteniéndola, como si no hubiera ninguna duda de que ese gesto le pertenecía. Cuando por fin se movió a mi lado, todavía medio dormido, sus dedos seguían entrelazados con los míos, y por un momento ninguno de los dos hizo nada por soltarse.

—Buenos días —murmuró, con la voz ronca de sueño, sin abrir del todo los ojos.

—Buenos días.

Nos quedamos así un momento más, sin movernos, hasta que el sonido de Lucas abriendo el local abajo nos recordó que la vida normal seguía esperando, con todas sus obligaciones y su necesidad de que actuáramos con normalidad frente a los demás.

—¿Café? —preguntó Sebastian, sin mirarme del todo, ya de pie, ya reconstruyendo la distancia cuidadosa que se suponía debíamos mantener.

—Sí. Gracias.

Me lo pasó con un cuidado casi exagerado, evitando que nuestros dedos se rozaran, y yo hice lo mismo al recibirlo, los dos actuando una normalidad que ninguno de los dos sentía.

Bajamos al local en un silencio distinto a los demás, y durante todo ese turno nos movimos alrededor del otro con una torpeza nueva: se me cayó una charola que llevaba diez días cargando sin problema, Sebastian confundió dos pedidos que jamás hubiera confundido antes, y en algún momento de la tarde los dos alcanzamos la misma bolsa de azúcar al mismo tiempo y nos quedamos ahí, congelados, sin saber qué hacer con la cercanía repentina.

—Perdón —dijo, apartando la mano primero.

—No pasa nada.

Sí pasaba. Los dos lo sabíamos.

Un cliente que esperaba su cambio en el mostrador nos miró con curiosidad, sin entender del todo por qué dos empleados del local se habían quedado paralizados frente a una bolsa de azúcar durante varios segundos incómodos, y Sebastian, recuperando la compostura primero, le sonrió con una naturalidad que a mí me tomó bastante más esfuerzo reconstruir.

—Todo bien por aquí —le aseguró al cliente, entregándole el cambio—. Solo discutíamos quién se llevaba el último pan de la charola.

—Lo siento, jovencito, ese ya me lo llevo yo —contestó el señor, con una risa despreocupada, ajeno por completo a la verdadera razón detrás de nuestra torpeza, y se fue satisfecho con su compra, dejándonos a Sebastian y a mí compartiendo una mirada cómplice que decía mucho más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a poner en palabras frente a los clientes.

A media mañana, un cliente habitual, el señor que compraba pan dulce todos los martes desde que yo tenía memoria, comentó, sin ninguna mala intención, que se nos veía "particularmente contentos" esa mañana. Sebastian se puso rojo hasta las orejas y yo tuve que fingir un interés repentino en reorganizar la vitrina para esconder la sonrisa que se me escapaba sin permiso.

—¿Viste eso? —susurré, cuando el cliente ya se había ido—. Hasta los desconocidos lo notan.

—No sé de qué hablas —contestó Sebastian, aunque la sonrisa que trataba de esconder lo delataba por completo.

Faltaban nueve días para la visita de Damien.

A la hora del almuerzo, aproveché un momento a solas para llamar a Sophie, necesitando contarle a alguien todo lo que había pasado, aunque no estuviera seguro de tener las palabras correctas todavía.

—Nos tomamos de la mano mientras dormíamos —le dije, en voz baja, escondida en el callejón lateral del local.

—¿Perdón? Repite eso.

—Anoche. Sebastian cruzó al otro lado de la almohada, tomó mi mano, y nos quedamos dormidos así. Sin decir nada. Sin que fuera parte de ningún ensayo ni ninguna actuación.

Hubo un silencio del otro lado de la línea, y después un suspiro largo, casi teatral.

—Camille, tengo que decírtelo con todo el cariño del mundo: ya no estás fingiendo nada. Llevas semanas sin fingir, en realidad, solo que apenas ahora te estás dando cuenta.

—Lo sé.

—¿Lo sabes de verdad, o lo dices porque suena bien decirlo?

Me quedé callada un momento, sintiendo el peso completo de la pregunta.

—Lo sé de verdad —admití finalmente—. Y me aterra, Sophie. Porque si esto es real, entonces también puede terminar mal de verdad, no solo como el final planeado de un trato.

—Bienvenida a las relaciones de verdad. Dan miedo. Así se sienten cuando valen la pena.

Colgué con esa frase dándome vueltas en la cabeza, y volví adentro justo a tiempo para ver a Sebastian discutiendo animadamente con un proveedor sobre el precio de la mantequilla, completamente ajeno a la conversación que yo acababa de tener sobre él a sus espaldas.

Esa tarde, mientras trabajábamos en la cocina, Lucas me encontró sola un momento, lavando moldes.

—No es asunto mío —empezó, secándose las manos en el delantal—, pero llevo semanas viéndolos a los dos, y anoche algo cambió. Se nota hasta en cómo se pasan el café.

—No sé de qué hablas.

—Si tú lo dices. —Sonrió, aunque no insistió más, dedicándose de nuevo a las charolas que tenía enfrente—. Solo digo que si algún día deciden dejar de fingir que están fingiendo, no me van a sorprender ni un poco.

—Eres muy insistente con este tema, Lucas.

—Es que llevo semanas apostando conmigo mismo cuándo va a pasar, y quiero ganar la apuesta.

—¿Apostando con quién más?

—Con nadie más. Conmigo mismo, contra mí mismo. Gano siempre, es un sistema infalible.

Me reí, a pesar de todo, y él volvió a la vitrina con esa sonrisa cómplice que ya empezaba a reconocer como parte fija de su repertorio, dejándome sola con la certeza incómoda de que ya no había manera de disimular del todo lo que fuera que estuviera pasando entre Sebastian y yo, ni siquiera frente a alguien que solo nos veía trabajar juntos ocho horas al día.




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