El día de Damien
—Respira —murmuró Sebastian, ajustándose la corbata frente al espejo diminuto del baño, aunque la orden parecía más dirigida a sí mismo que a mí.
—Estoy respirando.
—No pareces estar respirando. Pareces estar a punto de vomitar.
—Gracias por el diagnóstico. Muy útil justo ahora.
Damien llegaba en menos de una hora, y el departamento entero olía a los nervios de los dos: café que ninguno había terminado de tomar, el perfume que me había puesto y me había quitado tres veces porque no lograba decidir si olía "demasiado a esfuerzo", la camisa que Sebastian había cambiado dos veces antes de conformarse con la primera que se había probado.
—¿Repasamos la historia una vez más? —pregunté, sentándome en el borde de la cama mientras él terminaba de arreglarse el cuello de la camisa.
—Nos la sabemos, Camille. La ensayamos como diez veces esta semana.
—Once, si contamos la de anoche.
—Once —concedió, con media sonrisa que no logró disimular del todo lo nervioso que estaba—. ¿Nombre completo del pastel que inventamos juntos?
—Tres leches con café. Cliente favorito del dueño, según él.
—¿Fecha exacta del primer beso?
—Eso nunca la definimos con exactitud, genio. Solo dijimos "una cena en casa de tus papás".
—Cierto. —Se pasó una mano por el pelo, despeinándolo un poco, y por un segundo pareció mucho más joven, mucho más parecido al chico nervioso que alguna vez conocí antes de cualquier examen importante—. Está bien. Podemos hacer esto.
—Podemos hacer esto —repetí, aunque no estaba del todo segura de a cuál de los dos intentaba convencer más.
Sebastian se acercó un paso más, ajustándome sin necesidad el cuello de la blusa, un gesto que no tenía nada de estratégico y todo de instintivo.
—Oye —dijo, más suave—. Pase lo que pase hoy, ya hicimos lo que pudimos. Si sale mal, no va a ser porque no lo intentamos.
—Muy alentador.
—Es lo mejor que tengo esta mañana. Los discursos motivacionales nunca fueron mi fuerte.
Se me escapó una risa nerviosa, y por un segundo, ahí parados los dos frente al espejo diminuto del baño, la tensión se aligeró lo suficiente como para recordarme por qué, a pesar de todo el miedo lógico que sentía, una parte de mí seguía prefiriendo enfrentar ese día a su lado antes que sola.
Bajamos al local a las nueve en punto, media hora antes de lo acordado, porque Sebastian insistió en que llegar tarde el día que Damien decidiera aparecer sería "la peor señal posible". Lucas ya estaba ahí, terminando de acomodar la vitrina con un esmero que no era el habitual, y mis papás llegaron poco después, junto con Henrik y Ingrid, todos vestidos un poco más formales de lo normal, todos con la misma tensión apenas disimulada bajo sonrisas practicadas.
—¿Cómo se ve todo? —preguntó mi mamá, revisando por tercera vez que las mesas estuvieran perfectamente acomodadas.
—Perfecto, mamá. Todo se ve perfecto.
—¿Y ustedes dos? —Ingrid nos miró a Sebastian y a mí con una ceja levantada, evaluándonos con la misma atención con la que evaluaba un pastel a medio hornear—. ¿Están listos?
—Listos —confirmó Sebastian, tomando mi mano casi sin pensarlo, un gesto que ya se sentía tan natural entre nosotros que ni siquiera reparé en él hasta que sentí la mirada aprobatoria de Ingrid posarse en nuestras manos entrelazadas.
Damien llegó exactamente a las diez, ni un minuto antes ni un minuto después, con la puntualidad de alguien acostumbrado a que el mundo se ajuste a sus horarios y no al revés. Era más bajo de lo que había imaginado, con el pelo entrecano perfectamente peinado y un traje que gritaba dinero sin ser ostentoso. Caminaba con la espalda recta de un militar, aunque después supe, por un comentario que soltó Henrik entre dientes, que jamás había servido en ningún ejército; era solo una postura que había decidido adoptar él solo, como armadura.
—Adrian. Henrik. —Saludó a mis papás con un apretón de manos firme, casi mecánico, antes de girarse hacia nosotros—. Y ustedes deben ser Camille y Sebastian.
—Un gusto conocerlo —dije, extendiendo la mano, sintiendo que Sebastian se acercaba un poco más a mi lado, un gesto protector que no supe si era parte de la actuación o simplemente instinto.
Damien nos estrechó la mano a los dos, con una mirada penetrante que hacía sentir a cualquiera evaluado desde el primer segundo, del tipo de mirada que probablemente había perfeccionado en veinte años de negociar contratos y desconfiar de las palabras bonitas.
—Bien —dijo, sin más preámbulo—. Muéstrenme el negocio.
El recorrido duró casi dos horas. Damien preguntó por todo: los proveedores, los márgenes de ganancia, los planes de expansión, deteniéndose particularmente en la construcción de la segunda sede, donde caminó entre el andamiaje inconcluso con una expresión ilegible, tomando notas mentales que nadie más podía ver. Sebastian respondió cada pregunta con una seguridad que me sorprendió, hablando de números y proyecciones con la misma fluidez con la que yo hablaba de recetas, y en algún momento del recorrido me encontré mirándolo con una admiración genuina que no tenía nada que ver con el trato que fingíamos.
—Y ustedes dos —dijo Damien de pronto, girándose hacia nosotros mientras caminábamos de regreso al local principal—. ¿Cuánto tiempo llevan juntos, exactamente?
La pregunta llegó sin aviso, en medio de una conversación sobre cifras, diseñada, sospeché, precisamente para descolocarnos.
—Unos meses —contesté, con la naturalidad que habíamos ensayado once veces—. Desde que volví.
—¿Y antes de eso? Tengo entendido que se conocen desde niños.
—Crecimos juntos —explicó Sebastian, apretando levemente mi mano—. Fuimos mejores amigos casi toda la adolescencia. Después la vida nos separó un tiempo, pero cuando volvió a la ciudad... —Se encogió de hombros, con una sonrisa que se veía completamente genuina—. Supongo que algunas cosas simplemente estaban destinadas a resolverse.