Fingiendo Contigo

Capítulo 12

Vivienne

(Sebastian)

El mensaje llegó un martes, a media mañana, mientras revisaba los últimos ajustes del presupuesto para la inauguración. Lo leí dos veces antes de creerlo del todo.

Sebastian, soy Vivienne. Me contrataron para llevar la cobertura de prensa de la inauguración de Dolce Kroll. Sé que ha pasado tiempo, pero supongo que vamos a tener que trabajar juntos las próximas semanas. Avísame cuándo podemos coordinar los detalles.

Guardé el teléfono en el bolsillo sin contestar, con una sensación incómoda instalándose despacio en el estómago. De todas las personas que la agencia de relaciones públicas pudo haber asignado, tenía que ser exactamente ella.

Me quedé un buen rato mirando la pantalla apagada del teléfono, como si la simple fuerza de mi atención pudiera de alguna forma deshacer el mensaje que acababa de leer. No era que Vivienne representara un peligro real para lo que estaba construyendo con Camille, o al menos eso me repetía a mí mismo. Era, más bien, que su llegada significaba tener que enfrentar, de golpe y sin anestesia, una parte de mi vida que había preferido dejar enterrada en la capital: los meses finales antes de renunciar, la sensación constante de estar caminando sobre una cuerda floja profesional, el peso de saber cosas que otros preferían que quedaran calladas.

Vivienne y yo salimos casi dos años, en la capital, en la época que ahora prefiero no recordar con demasiado detalle. Fue una relación funcional, cómoda, construida más sobre la conveniencia de dos personas ambiciosas que se entendían bien profesionalmente que sobre nada parecido a lo que alguna vez sentí por Camille. Terminamos bien, sin dramas, cuando decidí volver a la ciudad. O al menos eso creí, hasta que leí su mensaje y sentí que algo viejo se removía en un lugar que prefería mantener cerrado.

No le mencioné nada a Camille esa mañana. Me dije que era porque no había nada que mencionar, que era simplemente un tema de trabajo, pero en el fondo sabía que la verdadera razón era otra: no sabía cómo explicarle quién era Vivienne sin tener que admitir también cuánto tiempo llevaba evitando hablar de mi vida en la capital, de las razones reales por las que había vuelto, de todo lo que seguía guardándome.

Vivienne llegó a la ciudad esa misma semana, antes de lo que esperaba, y se presentó en el local un miércoles por la tarde, impecable como siempre, con ese aire de eficiencia pulida que la hacía destacar en cualquier lugar donde entrara.

Reconocí el sonido de sus tacones antes de verla, un ritmo específico y seguro que se había quedado grabado en algún rincón de mi memoria sin que yo lo supiera hasta ese momento.

—Sebastian. —Sonrió al verme, con una familiaridad que hizo que Lucas, desde la cocina, levantara una ceja en mi dirección—. Te ves bien. La vida de pueblo te sienta.

—Vivienne. No esperaba verte tan pronto.

—El cliente quería avanzar rápido. —Se sentó en una de las mesas sin que la invitara, sacando una laptop de su bolso con la misma eficiencia de siempre—. Necesito revisar contigo los detalles del evento: lista de invitados, ángulos de prensa, y por supuesto, la historia que quieren contar sobre la familia.

Sentí que el estómago se me tensaba ante la palabra "familia", sabiendo perfectamente hacia dónde iba a dirigirse la conversación tarde o temprano.

—¿Y tu novia? —preguntó, sin levantar la vista de la pantalla, con un tono demasiado casual para ser accidental—. Escuché que estás con la hija de uno de los socios. Qué conveniente.

—No es conveniente. Es real.

—Claro. —Levantó la vista finalmente, con una sonrisa que no le llegó del todo a los ojos—. Perdón, no quise sonar cínica. Solo me sorprende, eso es todo. Nunca me hablaste de ella cuando estábamos juntos.

—Hay muchas cosas de las que no hablé cuando estábamos juntos, Vivienne.

Se quedó callada un momento, procesando eso, y por primera vez desde que había llegado, algo parecido a la vulnerabilidad genuina le cruzó la cara.

—Supongo que es justo —admitió—. Yo tampoco te conté todo. Ninguno de los dos era muy bueno para eso.

Camille entró al local justo en ese momento, con las manos todavía manchadas de harina, y se detuvo un segundo al ver a Vivienne sentada conmigo, evaluándola con esa rapidez suya para leer situaciones que siempre me sorprendía.

—Hola —saludó, con una cortesía calculada que reconocí de inmediato como la misma que yo usaba cuando algo me incomodaba profundamente.

—Tú debes ser Camille. —Vivienne se levantó, extendiendo la mano con una sonrisa profesional impecable—. Soy Vivienne, voy a llevar la cobertura de prensa del evento. Sebastian y yo trabajamos juntos hace tiempo, en la capital.

—Trabajamos juntos y salimos juntos, para ser exactos —añadió Vivienne, con una precisión quirúrgica que me hizo apretar la mandíbula—. No me gusta dejar información incompleta, sobre todo cuando puede volverse incómoda más adelante.

Vi algo cruzar la cara de Camille, rápido, casi imperceptible, antes de que su expresión volviera a acomodarse en la cortesía practicada.

—Qué bien —contestó—. Cualquier cosa que necesiten, avísenme.

Se fue hacia la cocina sin decir mucho más, y yo me quedé ahí, atrapado entre las dos, sintiendo el peso incómodo de una situación que no había pedido ni anticipado.

Vivienne esperó a que Camille desapareciera por completo detrás de la puerta antes de volver a hablar, con esa habilidad suya para leer los silencios que siempre me había parecido, en su momento, una de sus cualidades más valiosas para el trabajo, y que ahora, dirigida hacia mí, se sentía más bien como una amenaza silenciosa.

—Es bonita —comentó Vivienne, cuando Camille ya no podía escucharla—. Y se nota que le importas. Mucho, diría yo, por la forma en que me miró.

—No empieces.

—No estoy empezando nada. Solo observo. Es mi trabajo, ¿recuerdas? Leer a la gente para saber cómo venderla en una historia.




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