Territorio marcado
(Camille)
Vivienne volvió al local tres días después, esta vez con una carpeta llena de propuestas de diseño para los volantes del evento, y se instaló en la misma mesa del fondo donde Sebastian y yo habíamos ensayado, semanas atrás, la historia completa de nuestro falso noviazgo.
—Necesito que revisen esto juntos —anunció, deslizando la carpeta hacia el centro de la mesa cuando Sebastian bajó de la oficina—. Fotos para la prensa, básicamente. Quieren algo que transmita "familia unida, negocio con historia".
—¿Y cómo se ve eso exactamente? —pregunté, hojeando las propuestas con más interés del que sentía en realidad, buscando cualquier excusa para no tener que mirarla directamente a ella.
—Como ustedes dos, idealmente. En la cocina, trabajando juntos, ese tipo de imagen. La gente ama ver parejas reales construyendo algo juntas, no solo posando.
—Somos bastante reales —contestó Sebastian, con un tono que sonó casi defensivo, y Vivienne levantó una ceja, divertida, aunque no dijo nada más al respecto.
Lucas, que pasaba cerca con una bandeja de pan recién horneado, me lanzó una mirada rápida cuando Vivienne no miraba, una especie de solidaridad silenciosa que agradecí más de lo que hubiera podido expresar en ese momento. Desde que ella había empezado a aparecer con regularidad en el local, algo en el aire se había vuelto distinto, más tenso, como si su sola presencia trajera consigo un recordatorio constante de que la vida de Sebastian tenía capítulos enteros que yo no conocía.
Pasamos la siguiente hora revisando propuestas, discutiendo ángulos de cámara, horarios de la sesión de fotos, y en algún momento me di cuenta de que Vivienne tenía una habilidad particular para hacer preguntas que sonaban completamente profesionales pero que, dirigidas hacia mí, siempre terminaban tocando algo más personal.
—¿Y tú de qué trabajabas antes de volver? —preguntó, mientras Sebastian atendía una llamada en la otra sala—. Sebastian mencionó que eres chef.
—Repostera, específicamente. Trabajaba en un restaurante en la ciudad.
—Debe ser un cambio enorme, ¿no? Dejar todo eso por... —Hizo un gesto vago hacia el local, hacia la ciudad entera—. Esto.
—No lo veo como "dejar todo". Es diferente, nada más.
—Claro. —Sonrió, con esa sonrisa profesional que nunca terminaba de sentirse del todo genuina—. Es que me sorprende, eso es todo. Sebastian siempre fue muy claro sobre no querer atarse a nada permanente cuando estábamos juntos. Debiste hacer algo muy especial para cambiar eso.
La frase se quedó flotando entre nosotras, cargada de una intención que no supe si era genuina curiosidad o una forma sutil de recordarme que ella lo había conocido primero, en una versión de él que yo no conocía del todo.
—Supongo que las personas cambian —dije, con la voz más firme de lo que sentía por dentro.
—Supongo que sí.
Se quedó un rato más, revisando detalles del cronograma con una eficiencia que no podía evitar admirar a pesar de la incomodidad, y antes de irse, se detuvo un momento en la puerta, girándose hacia mí con una expresión que por primera vez pareció genuina, sin la capa profesional que había mantenido toda la tarde.
—Para que quede claro —dijo—, no vine aquí a competir por nada. Sebastian y yo terminamos hace tiempo, y fue lo correcto para los dos. Pero cuidado con subestimar lo que tienen. He visto muchas parejas fingir para las cámaras en mi trabajo, y sé reconocer la diferencia. Lo que ustedes tienen no se parece a eso.
Se fue antes de que pudiera contestarle nada, dejándome con esa frase dándome vueltas en la cabeza durante el resto de la tarde, sin saber si sentirme aliviada o todavía más confundida.
Esa misma tarde, ya cerrando el local, encontré a Sophie esperándome afuera, con dos cafés para llevar y la expresión decidida de alguien que no se iba a ir sin respuestas.
—Te ves fatal —fue lo primero que dijo, entregándome uno de los cafés.
—Gracias, qué considerado.
—No es un insulto, es una observación clínica. ¿Qué pasó?
Le conté todo mientras caminábamos hacia la plaza, sentándonos en la misma banca donde solía sentarme de adolescente, con la historia completa de Vivienne saliendo de mi boca con más amargura de la que había planeado mostrar.
—Okay, espera. —Sophie levantó una mano, deteniéndome a la mitad—. ¿Estás celosa?
—No estoy celosa.
—Camille.
—No puedo estar celosa. Esto es un trato falso, Sophie. No tengo ningún derecho a sentir celos de nada relacionado con Sebastian.
—Eso no responde a mi pregunta.
Me quedé callada, mirando el café que se enfriaba entre mis manos, sintiendo el peso completo de una verdad que llevaba semanas evitando admitir del todo.
—Tal vez un poco —confesé finalmente, en voz baja—. Tal vez mucho, en realidad.
—Ahí está. —Sophie sonrió, aunque no era una sonrisa de burla, sino algo más cercano a la ternura—. ¿Sabes qué significa eso?
—Que soy una idiota que se enamoró de las reglas de su propio trato falso.
—Significa que ya no es falso, Camille. Al menos no para ti.
—¿Y qué se supone que haga con eso?
—Lo que se hace con cualquier verdad incómoda: enfrentarla, en vez de seguir fingiendo que no existe. —Sophie le dio un trago a su café, mirándome de reojo con esa mezcla de cariño y firmeza que solo ella sabía combinar—. Llevas diez años protegiéndote de este chico, Camille. En algún momento vas a tener que decidir si prefieres seguir protegida o empezar a vivir de verdad.
Me quedé mirando la plaza, los mismos árboles de siempre, la misma luz de tarde que había visto caer sobre ese mismo lugar cientos de veces en mi adolescencia, y sentí que algo se acomodaba, por fin, en un lugar de mi pecho que llevaba semanas resistiéndose a admitir lo obvio.
—¿Y si él no siente lo mismo? —pregunté, con una vulnerabilidad que rara vez le mostraba a nadie, ni siquiera a Sophie—. ¿Y si para él sigue siendo solo el trato?