El sobre
(Camille)
Desperté con la certeza extraña de que algo había cambiado de verdad, no solo en la superficie de las cosas sino en algún lugar más profundo, antes incluso de abrir los ojos del todo. Sebastian dormía todavía a mi lado, con un brazo cruzado sobre mi cintura, exactamente en el mismo lugar donde había despertado aquella primera mañana incómoda hacía semanas, solo que esta vez no sentí ningún impulso de apartarlo.
Me quedé quieta un rato largo, simplemente respirando, escuchando el sonido lento y regular de su respiración, memorizando la sensación de su brazo cálido contra mi piel, tratando de grabar ese momento exacto en algún lugar donde pudiera volver a él más tarde, cuando la vida normal —Damien, la cocina, todas las obligaciones pendientes— volviera a reclamar su lugar de siempre en nuestros días.
—Buenos días —murmuró, sin abrir los ojos del todo, notando que ya estaba despierta.
—Buenos días.
—¿Cómo te sientes?
Lo pensé un momento, sonriendo contra la almohada.
—Como si hubiera pasado algo que llevo semanas esperando sin admitirlo.
Se rió, ese sonido bajo que ya se había convertido en uno de mis favoritos del mundo, y me atrajo más cerca, besándome la frente con una ternura que todavía se sentía nueva, sin la torpeza de la actuación ni el peso de ningún trato de por medio.
—Yo también —admitió—. Aunque ahora tengo un problema nuevo.
—¿Cuál?
—No sé cómo voy a concentrarme en trabajar hoy, sabiendo que puedo hacer esto.
Volvió a besarme, más despacio esta vez, y por unos minutos enteros logré olvidar por completo el sobre color manila que había visto asomarse en su maleta, la llamada de Isabelle todavía sin contestar, Damien y su cuenta regresiva, y todas las demás piezas sueltas que llevaba semanas acumulando sin saber cómo encajarlas.
Pero solo por unos minutos.
Bajamos juntos, más tarde de lo habitual, y toda la mañana transcurrió con una ligereza nueva entre nosotros, una facilidad que Lucas notó de inmediato, aunque esta vez, para mi sorpresa, decidió no comentar nada al respecto, limitándose a sonreír para sí mismo cada vez que nos veía cruzar miradas por encima del mostrador.
—Hoy no vas a decir nada —comenté, mientras acomodaba una charola de conchas recién horneadas—. Eso sí que es nuevo.
—Algunas cosas no necesitan comentario —contestó, con una sonrisa que decía todo lo que había decidido no verbalizar—. Ya cumplí mi función de anunciar lo obvio hace semanas. Ahora solo me queda disfrutar el espectáculo en silencio.
—Qué generoso de tu parte.
—Trato de crecer como persona.
Me reí, agradeciendo internamente que por una vez alguien decidiera no convertir lo que fuera que estuviera pasando entre Sebastian y yo en tema de conversación pública, aunque una parte de mí, la misma parte que llevaba semanas acostumbrándose a los comentarios de Lucas, casi lo extrañó.
Fue hasta la tarde, durante la calma de siempre entre el almuerzo y el cierre, que finalmente reuní el valor para decir lo que llevaba toda la mañana masticando.
—Sebastian, necesito preguntarte algo.
Levantó la vista de las cuentas que estaba revisando, con una atención inmediata que me hizo dudar un segundo antes de continuar.
—¿Qué pasa?
—Esta mañana, mientras te duchabas, vi algo en tu maleta. La que tienes en el fondo del clóset.
Su expresión cambió de golpe, la calma reemplazada por algo mucho más tenso, casi defensivo.
—¿Qué viste exactamente?
Dudé un momento, sopesando cuánto admitir sobre lo cerca que había estado de abrir la maleta del todo.
—Un sobre. Color manila, con un membrete que no alcancé a leer. —Lo observé con atención, buscando cualquier señal de lo que fuera a decir a continuación—. ¿Qué es, Sebastian?
Se quedó callado un momento demasiado largo, y esa pausa, más que cualquier palabra, confirmó que fuera lo que fuera ese sobre, no era nada inocente.
—Son documentos de la capital —dijo finalmente, eligiendo las palabras con un cuidado que no me tranquilizó en absoluto—. Del trabajo que dejé.
—¿Qué tipo de documentos?
—Camille.
—¿Qué tipo de documentos, Sebastian?
Suspiró, pasándose una mano por el pelo en ese gesto que ya reconocía como suyo cuando algo lo tenía acorralado.
—Documentos legales. De una investigación en la empresa donde trabajaba, antes de que renunciara. No estoy directamente implicado, pero mi nombre aparece mencionado en algunas partes, y guardé copias de todo por si alguna vez las necesitaba para defenderme.
—¿Defenderte de qué?
—De acusaciones que nunca se hicieron formalmente contra mí, pero que podrían haberse hecho si las cosas hubieran salido distinto. —Me miró con una expresión que mezclaba el alivio de por fin decir algo verdadero con el miedo de no estar diciendo suficiente—. Es complicado, Camille. Y no tiene nada que ver con nosotros, ni con lo de hace diez años. Es una historia completamente distinta.
No supe si creerle del todo. La explicación sonaba coherente, incluso razonable, pero había algo en la forma en que había elegido cada palabra, en la velocidad calculada con la que había armado esa respuesta, que me hizo sospechar que estaba escuchando una verdad parcial, cuidadosamente editada para satisfacer mi pregunta sin revelar más de lo estrictamente necesario.
—¿Puedo verlo? —pregunté—. El sobre.
—Camille.
—Solo quiero entender de qué estamos hablando exactamente. Si de verdad no tiene nada que ver con nosotros, no debería haber ningún problema en que lo vea.
—No es tan simple.
—¿Por qué no?
Se pasó las dos manos por la cara, con un gesto de cansancio que no le había visto antes, ni siquiera en los momentos más tensos de todo este trato.
—Porque hay nombres ahí. Nombres de personas que todavía trabajan en esa empresa, personas que podrían meterse en problemas serios si esa información sale a la luz de la forma equivocada. No es solo mi historia, Camille. Es la de otras personas también, y no tengo derecho a compartirla sin su permiso.