Fingiendo Contigo

Capítulo 15

Todo lo que no dijiste

(Camille)

Subimos al departamento en silencio, un silencio distinto a todos los que habíamos compartido antes, cargado de la certeza de que, para cuando bajáramos otra vez, algo habría cambiado entre nosotros de manera irreversible.

Sebastian encendió solo la lámpara de la mesita de noche, dejando el resto del cuarto en penumbra, como si la luz tenue pudiera hacer más fácil decir en voz alta lo que llevaba diez años sin decir. Se sentó en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza baja, como si estuviera reuniendo fuerzas para algo que llevaba diez años posponiendo. Me senté frente a él, en la única silla del cuarto, dejando ese espacio entre los dos a propósito, necesitando la distancia para poder escuchar sin que la cercanía de su cuerpo nublara mi capacidad de procesar lo que fuera a decir.

—Antes de empezar —dijo, sin levantar la vista—, quiero que sepas que no hay ninguna versión de esto que me haga quedar bien. No vengo a justificarme. Vengo a contarte la verdad completa, por primera vez, sin editarla para que suene mejor.

—Solo cuéntamela, Sebastian. Ya tuve suficiente de versiones editadas.

—Empecemos por la graduación —dije, porque si íbamos a hacer esto, quería hacerlo completo, sin dejar ningún hilo suelto para otra noche, otra promesa, otro "pronto" que terminara sin cumplirse.

Asintió, tragando saliva antes de empezar.

—Esa tarde, antes de la fiesta, mi papá me sentó en su oficina. Me dijo que ya había arreglado todo para que me fuera a estudiar administración al extranjero, empezando en dos semanas. Que la decisión no estaba en discusión. Que no había espacio para "distracciones sentimentales con la hija del socio" justo cuando la empresa necesitaba que me preparara para heredarla.

Sentí que el aire se me atoraba en el pecho.

—¿Sabía lo nuestro? ¿Sabía que íbamos a hablar esa noche?

—No sé cómo se enteró, pero sí. Y fue completamente claro: si yo elegía quedarme, si elegía intentar algo contigo, iba a cortarme el acceso al negocio familiar por completo. No solo la herencia. Todo. Iba a dejar de pagar mis estudios, iba a sacarme de cualquier decisión futura sobre Dolce Kroll. A los diecinueve años, eso me aterró más de lo que estoy orgulloso de admitir.

—¿Y le creíste? ¿Creíste que de verdad iba a hacer todo eso?

—Sí. Mi papá no amenazaba en vano, Camille. Lo había visto hacerlo antes, con otras personas, con otros socios. Sabía que hablaba en serio, y no tuve el valor de averiguar qué pasaría si lo desafiaba.

—Así que decidiste que era más fácil que yo te odiara.

—Decidí que era más fácil que pensaras que no te quería, a que supieras que mi papá me había arrancado de la única decisión que de verdad quería tomar por mí mismo. Fue cobarde. Lo sé. Lo he sabido durante diez años enteros.

—La chica de la fiesta. Carolina.

—No fue real, nunca fue real, ni por un solo segundo. Ella supo, desde el principio, que yo necesitaba que pareciera algo, para que tú no hicieras más preguntas de las necesarias, para que me odiaras lo suficiente rápido como para no intentar detenerme a último momento. Accedió a ayudarme sin saber realmente por qué se lo estaba pidiendo. Me fui esa misma semana. No te escribí. No te expliqué nada. Dejé que te fueras también, convencida de que simplemente no había sentido lo mismo que tú.

—¿Alguna vez pensaste en escribirme? ¿En algún punto de esos diez años?

—Todos los días, los primeros dos años. Después menos, no porque me importara menos, sino porque cada mes que pasaba hacía que la explicación pareciera más imposible de dar. ¿Cómo le escribes a alguien después de tres años de silencio para decirle "perdón, mi papá me obligó y fui un cobarde"? Cada año que pasaba, la carta que nunca escribí se volvía más difícil de imaginar.

Me quedé en silencio un momento largo, dejando que la información se asentara, sorprendida de la calma extraña con la que la estaba recibiendo, como si una parte de mí llevara diez años sabiendo, en algún nivel, que la versión oficial nunca había encajado del todo.

—¿Por qué no me lo dijiste apenas volviste? Tuviste un año entero, Sebastian. Un año entero viviendo aquí antes de que yo regresara.

—Porque no sabía cómo. Porque cada vez que ensayaba la conversación en mi cabeza, sonaba a excusa barata. "Mi papá me obligó" suena a algo que dice un adolescente, no un hombre de veintinueve años que ha tenido una década entera para buscarte y decírtelo en persona.

—¿Y la capital? ¿Qué pasó con tu trabajo?

Se quedó callado un momento, y algo en su expresión me dijo que esta parte le costaba todavía más que la anterior.

—Trabajaba en finanzas corporativas, en una empresa que manejaba inversiones para varias familias, incluida la mía, incluido nuestro propio negocio con mi papá. Hace año y medio, descubrí irregularidades en los reportes que le estaban dando a los inversionistas más pequeños. Números maquillados, pérdidas escondidas, promesas de rendimiento que sabían que no iban a cumplir. Se lo reporté a mi superior directo, pensando que era mi obligación hacerlo.

—¿No pensaste en las consecuencias antes de reportarlo?

—Pensé que estaba haciendo lo correcto. Ingenuamente, supongo. Crecí viendo a mi papá construir algo honesto con sus propias manos, ladrillo por ladrillo, sin atajos. Cuando vi que esa empresa estaba haciendo exactamente lo contrario, mintiéndole a gente que había confiado en ellos, no me pareció que hubiera otra opción más que denunciarlo.

—¿Y qué pasó?

—Nada, al principio. Después empezaron a apartarme de proyectos importantes, poco a poco, sin ninguna explicación oficial. Me insinuaron, con mucho cuidado de no decirlo directamente, que si seguía insistiendo en el tema, mi carrera ahí iba a terminar de una forma mucho menos amigable que una renuncia voluntaria.




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