Sin previo aviso
(Camille)
Nos despertamos tarde, los dos agotados por la conversación de la noche anterior, y bajamos al local casi una hora después de lo habitual, todavía con los ojos hinchados —los míos de llorar, los de Sebastian de no haber dormido casi nada— y con la determinación silenciosa de que ese día, por fin, íbamos a empezar a arreglar las cosas en orden: primero Henrik, después Vivienne, después lo que hiciera falta.
—¿Estás lista para esto? —me preguntó Sebastian, ya vestido, mientras yo todavía trataba de decidir qué ponerme, con la cabeza todavía pesada por la falta de sueño y por todo lo que llevaba procesando desde la noche anterior.
—No sé si "lista" es la palabra correcta. Pero sí estoy dispuesta.
—Eso ya es algo.
Me besó, despacio, antes de bajar, y por un momento, ahí parada en medio del cuarto todavía desordenado, sentí que a pesar de todo lo que se venía ese día, algo entre nosotros se sentía más firme que nunca, como si contarnos la verdad completa la noche anterior hubiera funcionado como un ancla en medio de toda la tormenta que se avecinaba.
No llegamos ni a la mitad del plan.
Lucas nos interceptó antes de que termináramos de bajar las escaleras, con una expresión que no le había visto nunca, algo entre el pánico y la urgencia contenida.
—Tenemos un problema serio —susurró, empujándonos de vuelta hacia el descanso de la escalera, fuera de la vista del local—. Damien está aquí.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Qué? Faltan seis días todavía.
—Pues alguien no le avisó eso a Damien, porque acaba de estacionarse afuera, con su chofer, sin ningún aviso previo. Marcos y Helena ya bajaron a recibirlo porque estaban en el local revisando el pedido de la mañana. Tienen máximo dos minutos antes de que empiecen a preguntar por ustedes dos.
Miré a Sebastian, cuya cara había pasado del cansancio al terror puro en cuestión de segundos.
—El sobre —dijo, en voz baja, casi para sí mismo, con el pánico ya visible en cada palabra—. Lo dejé sobre la mesa anoche. Está en el departamento, a plena vista de cualquiera.
—Ve —le dije, empujándolo hacia las escaleras con urgencia—. Yo bajo y los distraigo como pueda. Guarda eso donde sea, cualquier lugar que se te ocurra, y baja en cuanto puedas.
Sebastian subió corriendo, dos escalones a la vez, y yo respiré hondo, tratando de recomponer una versión presentable de mí misma antes de bajar al encuentro de un hombre que, según todo lo que había aprendido en las últimas veinticuatro horas, tenía muchas más razones de las que yo hubiera querido para desconfiar de nosotros justo ahora.
—Camille —me llamó Lucas, deteniéndome justo un segundo antes de que terminara de bajar—. Tus ojos. Se nota bastante que lloraste.
Me pasé las manos por la cara, como si eso pudiera borrar de golpe las horas de la noche anterior.
—¿Muy obvio? —pregunté, con la voz todavía un poco temblorosa.
—Bastante.
—¿Alguna sugerencia rápida? —pregunté, ya sintiendo los segundos correr en mi contra.
Lucas se quedó pensando un segundo, y después, con una decisión que no esperaba de él, se quitó los lentes de sol que llevaba colgados del cuello de la camisa y me los entregó.
—Ponte estos. Di que te entró algo en el ojo esta mañana horneando. Yo te respaldo si alguien pregunta.
—Lucas, si esto sale mal...
—No va a salir mal. —Me sostuvo la mirada con una seriedad que no le había visto nunca, ni siquiera en los momentos más tensos de las últimas semanas—. Llevo semanas viéndolos a los dos construir esto. No voy a dejar que se caiga por un mal cálculo de tiempos de un inversionista impaciente. Ahora ve, antes de que Damien empiece a preguntar por qué la hija del socio no ha bajado a saludar.
Se los agradecí con la mirada, sin tiempo para más, y bajé los últimos escalones justo a tiempo para encontrarme con la escena: Damien Cross, parado en medio del local con su porte de siempre, espalda recta, mirada evaluadora, estrechando la mano de mi papá con una cordialidad que no le quitaba nada de lo intimidante.
—Camille —dijo, girándose hacia mí apenas me vio—. Qué gusto. No esperaba interrumpir tan temprano, pero tuve un cambio de planes y decidí adelantar la visita.
—Ningún problema —contesté, con una sonrisa que esperaba resultara convincente detrás de los lentes prestados de Lucas—. Perdone los lentes, algo me entró al ojo esta mañana en la cocina.
—Los gajes del oficio, supongo. —Sonrió, aunque su mirada no dejó de evaluarme ni un segundo, con esa capacidad suya de leer a la gente que ya había demostrado en su primera visita—. ¿Y Sebastian?
—Bajando en un momento. Se estaba terminando de arreglar.
Damien asintió, sin insistir, aunque algo en su expresión me dijo que había notado la tensión en el ambiente, la forma en que mi mamá y mi papá intercambiaban miradas nerviosas, el silencio incómodo de Lucas fingiendo estar absorto reorganizando la vitrina.
—Vine antes porque quería ver el local sin el show que normalmente montan cuando saben que voy a llegar —dijo, con una franqueza que no esperaba—. Un negocio se conoce mejor en un día cualquiera que en un día preparado.
—Espero que le esté gustando lo que ve.
—Hasta ahora sí. —Caminó despacio hacia el mostrador, observando cada detalle con esa atención meticulosa que ya reconocía de la vez anterior, deteniéndose un momento frente a la vitrina de postres antes de continuar—. Su padre me estaba contando sobre los planes para el menú de la inauguración. Suena ambicioso.
—Intentamos que sea memorable.
—Eso me gusta. La ambición sin sustancia es solo ruido, pero la ambición respaldada por trabajo real es exactamente lo que busco en cualquier inversión. —Se giró hacia mi papá, que asintió con una sonrisa nerviosa que no logró disimular del todo—. Marcos, ¿le molesta si robo a su hija y a Sebastian un momento? Prometo devolverlos completos.