Cara a cara
(Sebastian)
Damien se sentó frente a mí sin preámbulos, colocando la carpeta sobre la mesa con un movimiento preciso, casi ceremonial, como si quisiera que yo entendiera desde el primer segundo que esa conversación iba a ser diferente a cualquier otra que hubiéramos tenido hasta ahora.
Lo observé un momento antes de que empezara a hablar, tratando de leer en su expresión alguna señal de lo que Camille le había dicho, de cuánto sabía ya, de qué tan grande era el daño que ya se había hecho antes de que yo pudiera abrir la boca. No encontré nada. Su cara se mantenía en la misma neutralidad calculada que había mostrado desde que cruzó la puerta esa mañana, sin ninguna grieta visible que me diera ventaja.
—Ya hablé con Camille —dijo, sin rodeos—. Me contó una versión bastante detallada de lo que pasó en su antiguo trabajo. Ahora quiero escucharla de su boca.
—¿Le cree completamente a ella? —pregunté, necesitando saberlo antes de continuar.
—Le creo a la forma en que ella lo defendió. Ahora necesito saber si usted, contándomelo directamente, me da la misma confianza.
Respiré hondo, consciente de que estaba a punto de repetir, frente a un extraño con el poder de destruir el negocio de mi familia, la misma confesión que apenas la noche anterior le había costado tanto hacerle a Camille.
—Trabajaba en Larsen Whitmore Capital, en finanzas corporativas —empecé, decidiendo que la única forma de sobrevivir esta conversación era contándola exactamente igual, sin editar nada, sin suavizar ninguna parte para que sonara mejor—. Hace año y medio descubrí que estaban maquillando los reportes de rendimiento para varios inversionistas pequeños. Lo reporté siguiendo el proceso correcto, y en vez de investigarlo, empezaron a apartarme de todo, preparando silenciosamente mi salida.
—¿Y qué hizo exactamente cuando por fin entendió con claridad lo que estaba pasando ahí adentro?
—Nada, al principio. Esperé, ingenuamente, a que el proceso interno funcionara exactamente como se supone que debía funcionar en teoría. Cuando entendí que no iba a pasar, cuando Vivienne me advirtió lo que estaban preparando, renuncié antes de que pudieran despedirme con una historia inventada.
—¿Por qué no denunció esto públicamente en ese momento?
—Porque tenía miedo. Sigo teniéndolo, si soy honesto. Es una empresa con recursos legales que yo no tengo, con conexiones que probablemente van más allá de lo que puedo imaginar. Denunciar públicamente hubiera significado una batalla que no estaba seguro de poder ganar solo.
—¿Tiene pruebas de esto?
—Sí.
—¿Dónde están?
Dudé solo un segundo antes de contestar, sabiendo que ese segundo probablemente ya le decía más de lo que cualquier palabra pudiera esconder.
—Arriba. En el departamento.
Damien asintió, sin ninguna sorpresa visible en su expresión, como si ya hubiera anticipado exactamente esa respuesta.
—Me gustaría verlas.
—¿Ahora?
—Ahora. A solas, sin Camille, sin nadie más. Si voy a comprometer mi capital en este negocio, necesito ver con mis propios ojos qué tan grande es el riesgo que estoy considerando.
Subimos las escaleras en un silencio tenso, Damien un paso detrás de mí, con esa presencia calculada que ya había aprendido a temer desde su primera visita. Abrí la puerta del departamento, todavía deshecho de la noche anterior —la cama sin tender, la ropa de ayer tirada en una silla— y caminé directo hacia el clóset, hacia el lugar donde había escondido el sobre esa misma mañana, con las manos temblando y el corazón acelerado por la llegada inesperada de Damien.
No estaba ahí.
Sentí que el pánico me subía por el pecho como agua hirviendo. Revisé debajo de la ropa doblada, en el fondo de la maleta, en cada rincón donde recordaba haberlo metido con prisa, sin encontrar nada más que ropa y el vacío creciente de mi propio error.
Mi cabeza empezó a correr a mil kilómetros por hora, calculando en tiempo real todas las formas en que ese sobre perdido podía terminar de arruinar todo lo que Camille y yo habíamos reconstruido con tanto esfuerzo esa misma noche. Si lo había dejado en cualquier otro lugar del local, si por accidente lo había tirado con la basura de la mañana, si Lucas lo había encontrado y movido sin saber qué era, cada posibilidad se sentía peor que la anterior.
—¿Algún problema? —preguntó Damien, desde la puerta, con una calma que en ese momento me pareció insoportable.
—Dame un momento.
Revisé debajo de la cama, entre las sábanas revueltas, en el cajón de la mesita de noche donde a veces guardaba cosas sin pensarlo demasiado. Nada. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía pensar con claridad.
Y entonces lo recordé.
En medio del pánico de esa mañana, cuando Lucas nos avisó que Damien había llegado sin aviso, no había tenido tiempo de pensarlo con calma. Simplemente había agarrado el sobre y lo había metido en el primer lugar que se me ocurrió, sin registrar conscientemente dónde: dentro de mi propia chamarra, colgada detrás de la puerta del baño.
Caminé hacia allá con una urgencia que esperaba no se notara demasiado, y ahí estaba, exactamente donde mi memoria de pánico lo había escondido: doblado dentro del bolsillo interior de la chamarra, ligeramente arrugado pero completamente intacto.
—Aquí está —dije, sacándolo con manos que todavía no habían dejado de temblar del todo, y entregándoselo a Damien sin ningún dramatismo adicional, como si el momento de pánico que acababa de vivir no hubiera existido.
Damien lo tomó, revisando el contenido con una atención meticulosa, pasando cada página con el mismo cuidado con el que había examinado cada rincón del local esa mañana. Me quedé de pie, observándolo leer, con la sensación extraña de estar entregando, literalmente en sus manos, un año y medio entero de silencio, de miedo, de decisiones tomadas en la oscuridad sin nadie con quien compartir el peso.