Tengo que llegar temprano, no importa si a nadie le importa si estoy allí o no. La clase ya casi termina en mis audífonos y la calle por la que avanzo mantiene un aura misteriosa, pero, al mismo tiempo, familiar. La razón de avanzar a veces puede ser difusa, pero ¿cómo detenerme, si tengo aún tanto por hacer? Repito en mi cabeza que no puedo detenerme.
“No puedo detenerme, no puedo detenerme”.
¿No soy capaz de detenerme o no debo, sin más, parar y ver el cielo sobre mi pequeña cabeza? En fin, no puedo. Mis tenis se detienen un segundo sobre el asfalto de la acera, pero entonces la inercia del mundo me desbalancea entre su velocidad. No soy una chica de una presencia muy fuerte, así que ningún transeúnte me voltea a ver. Me dirijo a mi trabajo y ya puedo escuchar a mi supervisora gritando: “¡Aura!, ¿qué causó la demora?”. No me puedo permitir acumular cruces rojas en mi pulcro expediente. Mi brillante maestría en Estados Unidos, los años de licenciatura en México; no puedo dejar que todo se pierda de pronto en la nada porque “se me hizo tarde”.
Tengo tanto por hacer y creo que es normal quedarse con la mente en blanco y solo andar como una máquina por la vida, aunque no me guste. ¿Por qué no me habría de gustar si he conseguido aquello por lo que siempre aposté? Residir una normalidad estática por la que he sacrificado años valiosos. Vivo muy lejos de casa, trabajo de lo que estudié y gano mucho más de lo que pensaban mis padres cuando les dije que quería ser lingüista —aun yo estoy sorprendida—. Apenas terminaré mi maestría en unos días, pero es ya casi una seguridad. Mi maestría involucra computadoras y softwares, lo que se ha vuelto un poco mi segunda pasión; pero, de todas maneras, no sé si es esto lo que quiero hacer cada día por el resto de mi vida. Las dudas como dragones de fuego entre el frío del entorno en secreto me persiguen y me pregunto el motivo de cada paso.
Tal vez hoy pueda llevarme algo de mi trabajo a casa y ahí siga avanzando, si es que no me asignan algún proyecto en la maestría para esta última semana; pero sé que si eso pasa no tendré oportunidad de descansar. Creo que nunca he descansado un solo día en mi vida, por todo eso de haber sido una rata de biblioteca desde mi adolescencia hasta mi adultez temprana.
Las bicicletas y las personas me hacen encogerme en un lado de la acera porque apenas y hay espacio para respirar por estos caminos. Mi pelo castaño rojizo cae lacio por mis hombros y siento algo de sudor deslizarse por mi rostro, amalgamándose entre una seriedad normal que no hace nada más que ocultar mi velada torrente de pensamientos. ¿Para qué? ¿Será esta idea una duda colectiva y es causada por mi vida viciada en cosas “irrelevantes” o algo estoy haciendo mal? ¿Será acaso causa de mi abstinencia de café de esta mañana? Tal vez sea solo eso, aunque ni siquiera soy adoradora del café. Cuando me lave la cara con agua fría lo antes posible, todo empezará a mejorar como un metrónomo entrando al mismo ritmo sin discrepancias.
Le sonrio a una mujer que me saluda al filo de la manzana, donde los carros atraviesan la avenida y me dejan esperando para cruzar. Desde mi posición veo una parvada de aves verdes volando por el cielo sin falta de pasión. Tienen colas moradas y picos afilados, alas amplias y una velocidad que no cesa ni se debilita. El silencio no es una opción entre el paso de los automoviles y, cuando la posibilidad está abierta para mi cruce, avanzo sin mirar atrás.
La clase está a punto de terminar y solo me queda escuchar en qué consiste la tarea antes de cortar la llamada. Le pongo una atención precisa a las palabras de la profesora mientras me quito pelusas de la sudadera morada y azul para desestresarme en este ambiente de mañana. Escucho la voz de la maestra a la par de los gritos de la gente en la ciudad y todo esto amenaza con secuestrarme o liberarme de mi mente. Secuestrarme o liberarme, dependiendo cómo lo piense.
Me subo a la banqueta y camino junto a la pared de los edificios aledaños. Las cuerdas vocales hacen muchos sonidos aquí y allá y me pregunto, arrastrándome un poco al mundo interior de mis pensamientos, ¿por qué tendrá que haber ruido en el mundo todo el tiempo? El silencio total resulta imposible. ¿Las personas a mi alrededor nunca se han preguntado el por qué de algo y, quizá por equivocación, han pensado en ello más de lo que deberían?
El brillante azul de la ciudad ofusca mis ansias de embarcarme en una oleada de ideas inconexas que me hacen sentir tranquila, al momento de que, atravesando mi mundo en paz como un cohete, un perro grande y huesudo corre arrastrando una correa detrás de sí. Una mujer grita y entiendo que su mascota se está escapando, momento en el que intento entre el frenesí pisar la correa, pero fallo.
La mujer es de mediana edad y no muy rápida; sus ganas de pasear a su perro por las mañanas no conectan muy bien con su respiración cansada y pulmonar. Por un segundo la veo a los ojos y, a pesar de que odio entablar contacto visual, no hay otra salida. Percibo su preocupación y leo en su mirada enturbecida un cartel de “ayúdame”. Le respondo sin hablar y culpándola en silencio, porque apenas y tengo condición física para esto por la mañana.
Como persona joven que quiero creer que soy a mis veinticinco años me apresuro detrás del perro que corre descontrolado, al parecer sin un objetivo aparente. Ignoro a las personas y las irregularidades que se puedan atravesar por el camino mientras corro a un ritmo mayor al que suelo sostener, mientras el aire me golpea en la cara y me desordena el cabello que me pasé arreglando toda la mañana antes de salir del departamento de mi hermano.