—No va a poder volar en mucho tiempo, Aura. Tuvo heridas muy fuertes —explica Marcos, mi hermano, hablando en español conmigo aquí en casa. Su casa. Su departamento…, más bien. Es tan grande este lugar que a veces olvido que es rentado.
Miro con tristeza al pajarito verde y morado intentando volar, mientras mi hermano lo retiene con dulzura y cierta firmeza, aún con su uniforme de trabajo. Siento lástima de que sea pediatra y no veterinario en esta situación.
Yo ya estoy en mis pijamas y con el pelo recogido, lista para ponerme a trabajar con lo que me quedó pendiente de la oficina y el deber silencioso que Jasper me encomendó: su pequeño disco de sorpresas. Tengo suerte de que mi cerebro no me pide dormir tanto como debería —hace mucho tiempo que se rindió con eso—. Más de un litro de leche de soya con chocolate me va a acompañar junto a la calefacción de mi cuarto hasta más o menos las tres de la mañana. La atención se reduce mucho si hay sueño, por lo que es obvio por qué necesito de mi propia droga: el azúcar, para mantenerme en funcionamiento sin permitirme flojear. Solo espero que aún no se haya acabado el cacao en polvo.
—Vas a tomar cuidado de él, ¿está bien? Ava y yo lo podemos cuidar cuando tengamos tiempo, pero tú vas a ser la dueña. Sé que no te estoy haciendo ningún mal —enlista Marcos una serie de cosas obvias. Me acerco sin prestarle mucha atención y pido sostener al ave para ir a dejarla a su nueva jaula.
—No es necesario que aún me trates como si tuviera dieciseis. Puedo cuidar a Verdecito; sí, lo llamé Verdecito —añado cuando veo que levanta una ceja como evidencia de una duda —, y solo necesito que alguien le dé de comer a mediodía que esté en el trabajo. No la tengo que sacar a pasear como si fuera un perro, pero sí me ocuparé de darle sus medicinas y darle seguimiento a su recuperación. Y no me mires con esa cara —señalo a “esa cara” que tiene de obstinamiento —, sé lo que hago. El veterinario me lo explicó todo muy bien.
Creo que Verdecito me está picoteando las manos mientras hablo e intenta liberarse solo para ir a parar al suelo con su nula capacidad de volar, pero lo dejo ser entre mis manos para demostrar que tengo la situación bajo control. Puede que se tome meses en recuperarse, debo estar preparada. Hace ruidos que interpreto como estrés y mi estómago se revuelve. Desearía que no sufriera, pero no puedo hacer mucho más que cuidar de él.
—Al menos sobrevivió —destaco, pero Marcos solo forma una media sonrisa insuficiente para mí.
—Te arriesgaste mucho para ayudarlo y esta especie es bastante común. ¿En serio estás segura de que fue una buena idea? —cuestiona, desagradándome por un segundo, a pesar de que siempre lo ame como mi hermano favorito entre los cuatro hijos.
—Fue un reflejo. Además, no sé por qué valdría menos su vida que la de una especie rara —me doy cuerda.
—No te metas en eso…
—No, es importante, Marcos, o sea… —quiero argumentar, pero Marcos reitera para detenerme en seco:
—No-te-metas-en-eso —enfatiza, comprimiendo una sonrisa para pedirme que solo deje las cosas ser, pero sé que todos estamos conscientes de que no puedo dejar las cosas solo ser.
En ese momento Ava, la prometida de mi hermano, sale de su habitación al escuchar el inicio de esta pequeña discusión.
—Escucho a unos hermanos pelear —exclama en el mismo idioma, que ha estado aprendiendo por más de dos años.
Marcos se ríe y asegura que no es nada, a lo que respondo con resignación y un sentimiento de inconformidad que me guardo para no causar problemas.
Ava es una chica castaña solo un poco mayor que yo y unos pocos años menor que mi hermano. Se conocieron en un bar cuando mi hermano venía a Serbia por una conferencia de médicos, mientras él estaba cursando su doctorado en Alemania. Ava estuvo más de una hora buscando una jaula decente para Verdecito porque yo tenía que regresarme al trabajo y ahora me siento en una seria deuda con ella.
—Pero es el pequeño pajarito, ¿cómo está mi amor? —carantoñea a la criatura que mi mano picoteada sostiene, mientras observo su cabecita verde buscando refugio. En mi cabeza aún conservo todo el trabajo que tengo pendiente para esta noche y Marcos lo nota, porque añade:
—Creo que deberías ir poniendo a este señor en su jaula y así lo cuidas mientras trabajas —. Me mata con una sonrisa cansada y termino cediendo. Él y Ava hacen una bonita pareja, aunque a veces, siendo honesta, me causa miedo lo buena pareja que son. Algún día tendrán hijos y “adiós, adiós, Aura”. Adiós, adiós a mí…, supongo.
Pero a medio camino a mi habitación me detengo y doy una vuelta para, sorprendiendo a Marcos, quien entrecierra los ojos y descompone una mueca confundida, preguntarle si tiene algún reproductor de CD´s por este lugar.
Dejo a Verdecito en su gran santuario, reluciente porque Ava compró esta jaula cuadrada apenas por la tarde, y lo miro sentado en el mismo lugar. No creo que esté muy contento, más bien está espantado. Pero haré todo lo posible para que algún día recupere su libertad.
Apenas y hay luz en mi habitación por la computadora y una lámpara que tiene grabadas estrellas en sus paredes. No me gustan los cuartos muy iluminados, pero tampoco soy fanática de la oscuridad. Me vuelve otra persona que no estoy muy segura de ser. Me vuelve un poco menos luminosa.