Fingiendo volar

Capítulo 4

Agito mi termo de café y suspiro con un aire de abatimiento y cansancio extremo causado por mi desvelo de anoche, mientras me recargo en la pared metálica de un papelero aledaño a la pared pensando en que toda esta gente se preocupa demasiado.

La mayoría de mi trabajo lo suelo hacer desde casa, casi todo el tiempo —dos meses que llevo empleada— lo he hecho así. Pero Yuri es encargado del área y le gusta vernos, olernos, advertir cada movimiento que hacemos y regañarnos como si fuéramos sus hijos. Soy afortunada de que mis padres me hayan dejado marcharme con mi hermano a perseguir mi sueño de conocer más del mundo en el que vivo y solo me piden comunicarme con ellos de vez en cuando para corroborar que todo, en efecto, sigue en el mismo orden de siempre.

—Pero al menos el ave va a estar bien —añado, ya que confío en Svetlana para asincerarme, aunque nos conozcamos desde hace poco —. Por ahora Ava la ha de estar cuidando y dándole la comida de las doce, antes de irse Ava a su propio trabajo. En la noche ya me ocuparé más de ella.

Svetlana sigue trabajando en sus bocetos, ignorándome un poco, aún mientras está en su descanso y después irá a preparar más códigos que insertar en el programa en el que la empresa la tiene trabajando y yo la debo ayudar. Los demás departamentos trabajan en otros aspectos del sitio web que manejamos, pero no me asomo a ningún lugar cuando entro aparte de a la oficina de Svyeta. No soy amante de conocer gente nueva. Incluso evado a otros que saben acerca de lo que yo hago, ya que solo me siento cómoda con mi supervisora.

En el momento de observar fijamente a un punto perdido de la pared y preguntarme por qué el color blanco es “blanco”, mientras mi supervisora se parte la cabeza delante mío con un código nuevo que actualizar, se escuchan dos golpes rápidos en la puerta. De manera subsecuente esta se abre sin dubitamientos, a pesar de que nadie dijo “pasen”.

—¡Svieta!, ¿qué haces? ¿Cómo vas? —. exclama Yuri, nuestro joven mandamás de estudios abundantes y personalidad de cucaracha. Los dos son rubios como el sol de mañana y tienen ojos claros como el agua en un vaso transparente; pero, comparando a Yuri con Jasper, este último tiene más vivacidad en su aspecto. Yuri parece que se ha tomado suficiente tiempo y estrés para arrugarse la frente de tanto fruncir el ceño y su cabello a veces parece más blanco que rubio.

—Si no estuvieras aquí, estaría mejor —suelta mi amiga sin una pizca de paciencia. Me río desde mi posición escondida, pero Yuri también se ríe con ironía. Termina por agregar algo que no era necesario venir a avisar de esta manera:

—Ya trajeron la comida. Algo para la carnívora y algo para nuestra “come-lechugas” —exclama sin verme, pero asumiendo que estoy aquí. Bufo con mi dignidad aún en la cima de mis prioridades y mejor me encargo de mis propios asuntos.

—No le digas así a Aura —exclama Svetlana, lo que me pone alerta. No quisiera que se ponga a pelear por mí, no tiene caso. Yuri nos sonríe con arrogancia y añade que no es un insulto, que su hermano también es uno de esos. Después se va, derrochando energía mientras se marcha y cierra la puerta sin importarle que se azote con la inercia.

Mientras se levanta y me indica caminar junto a ella, me responde que lo dice porque le dan risa los vegetarianos: como su hermano es uno y la chica nueva viene con tantas ideas “revolucionarias” —lo suelta con comillas en el aire— , tiene un blanco fácil al cual apuntar. Como digo siempre, me disgusta conocer gente nueva. Pero igual le aseguro a Svetlana que no debería preocuparse por mí; me importa muy poco agradarle a patanes de ese calibre.

No me interesa pedir nada para comer aquí, pero Svetlana insiste. “No es sano que te quedes sin comer todo el día” me dice, “comer solo chocolates e inhalar el humo en la sala de fumadores a la que te sales a hablar por teléfono, tampoco es sano”, me repite también todos los días. Pero, aunque me haga comprar comida —no muy barata, claramente—, no me pide interactuar con las personas del área en que trabajamos, al menos. Sé que la decepcionaría al no saber interactuar con nadie.

El termostato está puesto en ese frío de oficina tan característico y cinco cabezas van hurgando entre la bolsa de comida del centro comercial. Yuri es una de ellas y Svetlana se aproxima detrás de él, pero la interrumpo jalándola del brazo. Murmuro hacia ella:

—¿Tomas mi ensalada, por favor?

Ella asume que me da un poco de pena acercarme, lo cual es cierto, pero también es que no quiero destacarme aún entre los empleados. Me escondo entre mi inmovilidad y espero a Svetlana de brazos cruzados, escuchando las conversaciones que parecen tener risas enlatadas y viendo el ventilador de techo dando vueltas lentas y constantes.

Svetlana es seria, pero tiene un carácter fuerte. Entra casi con un cabezazo entre las demás personas avorazadas que casi destrozan la bolsa en la que el Uber vino a traer la comida y no se amedrenta por nada. Estoy segura de que no saldrá de allí hasta que haya conseguido lo que busca.

Espero como si fuera la sombra de un estante bajo la fila de focos que ilumina cada rincón del cuarto con sillas desperdigadas lejos de cualquier mesa. Si solo no me diera tanta flojera prepararme un almuerzo para traer al trabajo cada mañana, no tendría que pasar por esto y Svetlana me dejaría solo quedarme a hacer crecer musgo en mi cuerpo desde mi escritorio a causa de la inmovilidad. Pero bueno, aquí me tiene mi pereza: parada, esperando y paseando la mirada de un lado a otro. Es una sorpresa grata cuando, en mi recorrido por el lugar, veo a Jasper hablando con unas personas que no le ponen atención, mientras Jasper sostiene un tazón de verduras hervidas casi intacto en su mano derecha.



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En el texto hay: musica, sociedad, desaparición

Editado: 27.06.2026

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