Empaco todo en mis maletas y de reojo observo los patines que Marcos me regaló. De vez en cuando hago contacto visual con Verdecito y le sonrío porque no tengo a quien más. No me devuelve el gesto. Sus alas a veces se abren y hacen vibrar las paredes de su jaula como si fuera un triángulo musical. Suspiro y entiendo que debo despedirme de él, no siendo la mejor dueña que podría aspirar a tener.
En el fondo estoy asustada por volver a ver a mis amigas en Boston, al fondo del leve entusiasmo que florece por los recuerdos de lo que vivimos juntas. Kara era más cercana a mí y me sublimaba al decirme lo graciosa e interesante que era: sus palabras eran una compañía agradable y necesaria, pero con el tiempo ya no las tengo cerca de mis oídos. A veces extraño el sentimiento de abrazarla; solo por ella me podría hacer fanática de los brazos, creo que es la única persona a la no me molesta tocar. Tomo la jaula de mi mascota aviar y la dejo a un lado de mi cama, entonces me acuesto en esta con las manos tras mi almohada.
Liena, mi otra amiga del grupo, era bastante tranquila y amable; sabía cómo pasar la mayor parte del tiempo nadando entre sus propias ideas, pero sí que era honesta y realista al decir su opinión. Va a ser divertido convivir con una persona así un tiempo; menos angustias por las cosas del mundo laboral y lleno de patrones en el que me veo envuelta; más divagación mental y relajación vacacionista. Un poco menos de códigos e historias aburridas de oficina, para enfrentar otras historias que, por algún motivo, sí me mantienen despierta hasta el final de las palabras en su conversación.
Duré demasiado tiempo con un grupo tan reducido de amigos y mi última gran adquisición fue Jasper, con quien he hablado creo que tres veces en todo este tiempo y ya vamos a hacer un viaje de diez horas juntos. Su acto con Verdecito me hizo ganarle tanta confianza que le podría haber pagado un viaje alrededor del mundo con tal de pasar tiempo con él y conocerlo mejor. No porque me haya enamorado, lo sé, aunque otros me lo pongan en duda.
Decido desempolvar el reproductor de discos que Marcos me prestó y me confirmo el porqué un nuevo amigo después de tanto tiempo fue una decisión que tomé tan rápido, como si me inclinase a querer conocerlo mejor. Empieza a sonar esa guitarra descalibrada: ese pobre intento de algo que en un futuro pueda ser producido de mejor manera. Una voz simple y un poco baja, a veces rasposa y sentimental. Me margina de lo presente y absorbe los colores y texturas unos momentos; instantes más largos que cuanto podría llegar a contar. Mi pecho se hunde y mi alma me abandona para hacer todo más ligero unos segundos entre mi soledad.
Esta canción es bastante fantasiosa: habla sobre un castillo y un dragón, cuando el fuego cayó y las llamas sofocaron los sueños de lo vivo. 1000 años después, reaparece el dragón para observar el nuevo reino que se reconstruyó. Sobrevuela el terreno, llegando al final de su vida por la vejez, y la espesa niebla lo traga al llegar al horizonte. Es como si sus destrozos hubieran desaparecido, mientras que él está por desaparecer. Todo el caos que causó durante su vida, al final solo retoma su estabilidad y el pueblo solo espera una nueva historia con otro monstruo igual de terrorífico pero reemplazable.
Volteo con Verdecito y le sonrío. Le susurro que valió la pena salvarlo, aunque parezca que su vida no impacte mucho en la magnitud inmensa del universo, porque la mía tampoco impacta mucho. Somos iguales: dos aves sin significado que, por el momento, no pueden volar.