Fingiendo volar

Capítulo 12

Por las calles de la ciudad diurna, entre cláxones agitados y contaminación, las tres aristas del triángulo vamos paseando y comiendo helados de McDonald's; bueno, ellas comen helado y yo un café con leche de soya, porque me rehusé a lo primero. Siempre me he acostumbrado a caminar por detrás cuando voy con grupos de personas y creo que eso desespera a mis compañeras, pero es que siempre termino adentrándome en mis pensamientos cuando me siento así de cómoda y si estoy divagando en mis pensamientos no hay manera de que camine por delante: podría hasta caerme en una coladera descubierta por mi disociación.

En un momento mis amigas se detienen frente al cristal de una tienda que exhibe televisores encendidos y, por lo tanto, me detengo también por inercia. Kara me señala que están transmitiendo una competencia de patinaje y me río, asegurando que en algún momento podríamos ser nosotras, pero no me cree en lo más mínimo. No obstante, me dice que es una competencia europea que se mueve a través de toda la unión y que quizá algún día pase por el lugar donde vivo. Le explico que o entraría sola o entraría con Marcos, quien no ha patinado en casi una década, así que solo me esperaría la derrota y la humillación en dado caso.

Kara se me acerca y, apartando a Liena de este pequeño secreto, me susurra que lo siente por estar tan seca con Jasper. Le pido por un segundo que le dé una oportunidad, pero al final le digo que no se preocupe; con el tiempo se conocerán mejor. Por mi parte le vuelvo a pedir disculpas por alejarme de su proyecto y por haber puesto mis prioridades en lugares que de seguro no debí haber hecho; sin esperármelo, me pide que dejemos eso de lado por ahora.

—No sabía que ahora nuestros “planes salvajes” consistían en ir por helados y caminar hasta que se nos reventaran los tobillos —bromea Liena, sentándose en la primera banca que se encuentra en su camino. Le indico a Kara que se siente con ella, ya que no cabemos todas y prefiero estar de pie, aunque sí que mis tobillos están ardiendo. Me recargo en una palmera y las observo desde allí.

El tiempo se detine un segundo mientras me imagino que mi juventud se desliza de mi cuerpo como sudor secándose tras una larga carrera. Ellas hablan de un recuerdo movedizo que cae hacia la nada mientras lo recuerdan tan lejano, y yo aquí sigo: aún distante, aún comprometida con el silencio y mis misterios personales. Las ráfagas de aire que de vez en cuando aparecen sacuden los árboles cercanos y nos llenan el cabello de ramas. Parece que el roce de las briznas de pasto contra mis tobillos es una señal de la naturaleza para volver a su cuento vacío, a la despreocupación de descansar junto a las plantas lejos de un mundo real que pide demasiado de ti.

Y las briznas rozan contra mis tobillos y la madera de la palmera en mi espalda puede con mi peso y aún más. El cuerpo del sol atrapado entre las marañas de hojas se agita y pasa entrecortado para reflejarse en el suelo como puntos inconexos, como un vitral elegante de sombras y luz. Como medias lunas, como relojes en una parte de su recorrido por las veinticuatro horas. Y sé que al final siempre llegará el atardecer, pero mientras haya luz puedo escuchar a mis amigas conversar y reír por lo que sé que la sensación de calma aún no ha pasado. Aún puedo respirar y ser feliz porque nadie me necesita y soy solo yo, yo en alianza con la naturaleza por un segundo de paz y tranquilidad, sabiendo que la tormenta está a la vuelta de la esquina, pero sabiéndola ignorar. Es un sentimiento que, igual, me envosca muy seguido.

Y las briznas rozan contra mis tobillos y un atisbo de día choca contra mis pupilas al alzar la mirada, por lo que sé que aún puedo respirar y estar tranquila frente a cualquier pésimo daño del que un callado mal presentimiento me quiere convencer. Entonces me sacan de este mal escenario repentino mis amigas preguntándome por mi opinión respecto a un tema casual; sonrío y me pongo manos a la obra para relatar lo que tengo por decir mientras puedo.

No fue una preocupación cuando recién llegamos a casa y todo estaba en orden, más Jasper no estaba. Pensamos que se había sentido mal por estar hospedándose gratis y decidió limpiar su desorden para arreglar todo con Kara, pero la cosa empezó a ser rara cuando, llegando la noche, no hubo ni rastro de él, así como no hubo rastro de él al día siguiente. Preocupada le envié mensajes, le pedí a Kara que fuéramos a buscarlo, porque estaba desaparecido, pero entonces él me responde:

“Voy a estar bien, te veo luego. Perdón por irme tan repentinamente” me escribió y, aunque no calmó mis nervios, me dio una razón para ignorar lo que sentía. Ese estúpido mal presentimiento de seguro que me estaba diciendo algo y ahora las repercusiones no me las puedo sacar del pecho, así que durante mi último día aquí hablo muy poco. Kara lo entiende y me intenta tranquilizar, a pesar de que a veces sea tan fría y cortante como el hielo; quiero creer que accidentalmente.

Me despido de mi amiga en el aeropuerto y tomo el avión, pero sin dejar de pensar en qué le diré a todos cuando llegué sin Jasper. ¿Les habrá escrito a sus familiares y a Nika? O acaso, como decía Kara, su intención fue escapar de todos desde un inicio. ¿Fui yo acaso ese boleto de escape? ¿Ayudé a alguien con el esquema de su desaparición? ¿Le creí sus palabras y al final del camino, todo fue un espejismo de mentiras?



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En el texto hay: musica, sociedad, desaparición

Editado: 27.06.2026

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