Paso por el bar en el que tocaba Jasper y veo un diferente tapiz, otro piso y parece que descendió el techo. El lugar es el mismo, pero le siento un distinto sabor. Al fondo del lugar canta un chico que atrae más gente de lo que hacía Jasper, pero por algún motivo no me encanta tanto.
El ruido atraviesa mis tímpanos de un lado a otro y los golpes de los codos me vuelven un saco de boxeo. No sé dónde encontrar a Nika, pero las personas aquí de seguro lo conocen. A punta de preguntas incómodas, porque aún no soluciono este rasgo de no ser sociable, descubro que "el chico de capucha que siempre toca la guitarra con su amigo que escribe canciones" debe de estar en su momento melodramático o drogándose sin más afuera, atravesando la salida trasera contra la entrada destapada a un especie de backstage.
Solo por curiosidad, pasando junto al backstage, me asomo, pero solo observo como un grupo de hombres en sus treintas tienen una sesión deliberada de boxeo y mejor me retiro sin mediar palabra ni verme involucrada. Ya me he involucrado en muchas cosas que no me deberían importar al momento.
Abriendo la puerta pesada de metal el viento me la quiere arrebatar de las manos y empujarla hacia la pared contraria. Alcanzo a cerrarla detrás de mí grabando mis dedos cubiertos por unos guantes azules en el costado. Me envuelvo en un halo de luz artificial que aniquila la oscuridad del resto del entorno. Débiles copos de nieve aterrizan en zigzag hacia el suelo mientras resuena aún a mis espaldas la fiesta inacabable del bar.
Me pregunto si hay alguien aquí fuera que prefiera el frío glacial de aquí antes que el ambiente de allí dentro o si solo las ganas de salir a besarse con sus parejas es suficiente motivo para decidirse. Aquí donde nadie anda sin compañía en quien poner los brazos y sobrepasarse, nadie anda tan solitario como yo en mi íntegra individualidad. Recorro un medio pasillo forzado a media luz sobre capas de nieve medio derretida y con las manos en la única bolsa del suéter. Toco el estuche de mis gafas y acaricio su textura rasposa entre la suavidad de la tela que cae sobre el dorso de mis manos.
No sé si es cierto o empiezo a alucinar realidades alternas, pero podría jurar que atraigo muchísimas miradas. Trato de mantener la barbilla alta, pero es muy difícil. Busco mejor solo dirigirme hacia la luna tras una película de nubes que en la noche parecen una aurora en blanco y negro.
Recargado contra una pared en la más completa oscuridad, reconozco al chico que aún lleva la misma sudadera blanca con la capucha encima. Es alto y de piel un poco tostada, pero con la poca definición de alguien que notoriamente apenas y sale al sol. Tiene algunas cortadas y quemaduras en el rostro; me pregunto qué las habrá causado.
El aroma a tabaco que lo rodea de seguro no se podría difuminar ni a partir de una década. Con cautela me acerco, conservando una pequeña sonrisa de alguien que no sabe si la otra persona será capaz de reconocerle o no. Pero claro que me reconoce, casi salta cuando me ve; mas al final solo se queda con los ojos oscuros abiertos como los de un búho y me analiza el semblante en menos que segundos.
—Eres la amiga de Jasper —susurra con misterio y voz grave.
Me encojo de hombros y asiento sin aspavientos, tomando en cuenta que es exactamente lo mismo que le iba a decir a él.
—¿Qué haces aquí? —me pregunta.
Es una pregunta más difícil de lo que parece. Ladeo una sonrisa insuficiente y me recargo casi a medio metro de él contra la pared. Por si fuera poco él responde dando un paso hacia la izquierda, un paso más lejos de mí. No le doy demasiada importancia, asumiendo que me lo merezco. Si su mejor amigo se alejó de su lado, yo tengo una gran parte de la culpa. Mas termina por argumentar:
—No nos deberían ver juntos —. Entonces sin mirarme me hace una seña con la mano derecha detrás de su espalda, antes de incorporarse y empezar a adentrarse a un callejón húmedo de perpetua oscuridad y almas moribundas, marcando el paso—. Sígueme —añade antes de partir.
Lo dudo un segundo, mordiéndome el labio y cuestionándome si es una buena idea, pero asumo que si Jasper confiaba en él, todo va a estar bien. En verdad saber qué hago aquí sigue siendo una pregunta sin respuesta, porque solo sé que no me sentaba bien quedarme en casa a esperar que algo sudeciera cuando hay tanto de lo que no tengo luz ahora mismo. Pensé que tal vez Nika, la persona más cercana que conozco a Jasper podría iluminarme las cosas un poco más. No sé por qué me involucré en primer lugar, pero ahora sé que necesito que las cosas me queden claras para seguir adelante.
Cuando Nika ya se va perdiendo en el abismo al frente mío, suspiro hondo y me lanzo siguiendo sus pasos.
Las personas por aquí me están asustando, pero al menos llegamos rápido a un punto en el que Nika me dice que podemos parar. El aspecto moribundo y el olor a basura no me reconfortan en absoluto, pero ya como la mitad de mis contactos tienen mi ubicación en tiempo real. Parece una casa abandonada, pero de entre los alrededores salen algunos tipos con los que se habla y les informa que va a entrar. Los nervios se me suben a la cabeza y quiero dar marcha atrás: casi lo hago, pero por mis convicciones continúo, aunque temblando. Nika me jura:
—Solo necesito mostrarte un secreto, por favor. Para que entiendas mejor lo que le pasa a Jasper y, en general, lo que nos pasa a los dos.
Levanto una ceja y aprieto los labios, dándole el maleable beneficio de la duda. Los tipos de negro que no me atrevo a contar se burlan de nosotros y les grita que se callen. Bufo y le advierto que hay unas diez personas que tienen mi dirección y esperan que me comunique con ellos pronto. Él solo responde “perfecto” y, a mi pesar, tengo que entrar al maldito hogar de los espantos y los animales venenosos.