Bajo a la cocina en busca de agua fría y un aperitivo de madrugada. Son las cuatro am y un escenario en sueños me puso de un extraño humor. Me ubico en la habitación para conseguir un vaso de agua fría. El ambiente es frío de por sí, pero tengo la piel tan caliente como un caldero hirviendo. Tengo que recuperarme de un sueño raro que tuve.
Los contornos de cada objeto en la cocina parecen fantasmas transitando este plano existencial. Me aventuro entre la semioscuridad con la intuición de dónde queda cada barrera, con el fin de no tropezar o golpearme.
Mi sueño fue muy extraño, pero no aterrador. El viento gélido golpeaba en ventiscas desfasadas y yo, por algún motivo, sabía que era la única persona restante en el mundo. Me senté en una cueva de cuarzo y reposé hasta el final del día, solo mirando un pequeño diamante al fondo del refugio. No había más preguntas, no restaba más tiempo. Solo quedaba esperar a terminar enterrada en la nieve o irme caminando hacia ninguna parte, porque no tenía adonde ir.
El poder de la nieve me golpeaba y me aplastaba. En ese punto del fin ya no quedaba nada: ni paz ni descontrol, ni dudas ni respuestas, ni pasado ni futuro, ni sol ni luna. La dualidad se volvió evanescente y se perdió entre el polvo. Me vuelvo polvo poco a poco y solo me deslizo sin volitibidad.
Bebo un poco de agua y camino hacia el sillón. La luz de la lámpara de mesa sigue prendida y eso me confunde; esta aluza una serie de papeles que solo alcanzo a entrever desde la distancia. Por las ventanas pasa un poco de luz de luna y silban los búhos perdidos bajo las estrellas, pero aquí me siento un poco como en mi sueño. Una espía, una residente de nada. La noche se avalanza sobre mí y la uso como mi abrigo al momento de caminar a leer lo que alguien estaba escribiendo y dejó inconcluso. La polarización solo me deja ver que son cartas no enviadas, mensajes aún sin encontrar destinatario. Cartas de Ava para su jefe.
Los recovecos del mundo están desiertos, pero no me siento triste ni con miedo. Puedo estar sola y aceptar este estilo de vida pacífico, aunque a veces triste y basado demasiado en la repetición de eventos y sensaciones. Entre el sueño me sentía descansando y no quería salir, ya tan hundida en una ruptura de lo tan real que me daba la serenidad que había necesitado.
Me parece oír un golpe calmado y una serie de pasos aproximarse lentos por el pasillo que lleva al baño. Dejo de inmediato con azares caóticos todo lo que tomé y me paro como quien no rompe un plato junto al sillón y a la mesa de centro. La incomodidad me recorre desde el estómago hasta las sienes y antes de formar una sonrisa y reconocer mi entrometimiento, opto por actuar como que aquí no sucedió nada.
Ava me divisa con sorpresa y después trabaja en un rostro animoso y hospitalario para tratarme, aunque seguro se dio cuenta de que ya sé el secreto. Me pregunta qué hago despierta y respondo que vine a tomar agua. Con una sonrisa cálida camina hacia mí y me da un abrazo. Le respondo con los ojos llorosos, mientras siento su felicidad pero el caos se abre paso dentro de mí.
—Las cosas no podrían ir mejor, pero igual tengo tanto miedo —confiesa y veo que su rostro se va tornando rojo. La quiero ayudar, en serio, pero necesito escapar en este momento. Leí algo que la va a hacer feliz por la eternidad, lo sé. Pero me desplaza hacia un puesto muy bajo en este límpido hogar departamental, no muy grande para residir muchas personas.
—Estoy feliz por ti… Felicidades. Yo… ya me tengo que ir a dormir —suelto y, sin voltearla a ver, camino rápido hasta mi habitación. Siento sus ojos cazar mi ruta desde mis espaldas, perdiéndose entre la intranquila oscuridad a veces tan aliviante.
Caminaba sobre la nieve que amainaba la tormenta. Ni con toda la tela del mundo olvidaría el frío y cesaría los temblores; pero, aún detrás de las nubes, el sol brillaba. Sé que brillaba. Pero muy lejos y sabía que me faltaba mucho para volar hacia su luz.