Miro a mi hermano con obstinación y de manera penetrante. Él me nota y me sonríe con un gesto amistoso, a lo que respondo apretando la mandíbula y ladeando los labios cerrados que no están ni cerca de replicar a su sonrisa. Se voltea con el fin de tomar unos platos, vasos y cubiertos de la encimera, ya vestido como un doctor de blanco para su turno en el hospital. Ava termina de preparar el desayuno, disqué porque hoy entra tarde a su trabajo en la jurisprudencia. Aunque sé, por las cartas que me encontré ayer, que está pensando en renunciar. Ya estoy segura del motivo.
Marcos llena dos platos de huevo revuelto con verduras y me lo trae hasta la mesa. Hoy está de buen humor. Pero cuando coloca el plato delante mío, ni siquiera digo gracias, lo cual es una alerta roja para él de que algo marcha raro en el transcurso de mi día. Ava también lo nota al acercarse con nosotros a la mesa y me pregunta:
—¿Te sientes bien? Parece que te poseyó un muerto. Estás muy pensativa.
A eso solo respondo negando y retirando la vista hacia el suelo. Tomo mi tenedor y empiezo a jugar con la comida como si en el futuro búscase verla como puré, ya habiendo olvidado todo a mi alrededor. Cuando ellos se sientan como una familia perfecta en sus lugares, el túnel de mi visión cae hacia mi plato. Las pequeñas bromas junto a mí llenan el tiempo y el espacio. En la mesa rectangular, mi hermano está sentado hasta el borde y nosotras a los costados, lo que me recuerda al típico esquema de la familia prototípica y el padre de familia al frente. Asumo que no es tan importante, pero me recuerda cómo mi hermano favorito se arrastra pronto hacia una vida adulta promedio y feliz.
Con Ava esperando un bebé y las responsabilidades en incremento, sé que mi tiempo aquí está contado, aunque nadie me lo vaya a decir en cara. Los tiempos de juventud, ir a patinar sobre el hielo o de compras con mi hermano se acabaron. Me tengo que ir y no sé adónde, porque ni siquiera estoy segura de que Serbia sea el lugar donde me quiero establecer.
Marcos me pasa la mano por delante de la cara hasta que debo realizar un aterrizaje forzado en la realidad. Con una sonrisa ambigua me pregunta:
—¿En qué estás pensando? —. Regresa su mano hacia su lugar, con un plato medio vacío y un pan tostado que ha recibido dos mordiscos. Como ve que no contesto, se voltea con Ava y ella se encoge de hombros. Después de un segundo, retoma la calma y afirma—. ¡Ya sé! Estás aburrida. Estar tanto tiempo encerrada en tu cuarto y no haber hecho nada divertido con tu hermano en meses, eso suena muy tedioso. Pues, como ya se viene el invierno y van a abrir por fin la pista de patinaje —enlista consultando a Ava con la mirada por aprobación, a lo que esta se mira comprensiva —, deberíamos ir nosotros dos a demostrar habilidad en el agua congelada. ¿Qué te parece? Te conseguiré los nuevos patines que te había prometido.
Sus ojos brillan como estrellas cuando lo recuerda, pero no le puedo seguir el juego. No puedo porque sé que estaré fuera pronto y quién sabe cuando regrese. Tengo que confesarlo y presagio un aura de incomodidad, pero no hay de otra. Sin más lo suelto al viento:
—Volaré a Bostón este fin de semana, tal vez podamos otro día —lo confieso con voz lenta y calmada, incluso pruebo un bocado de mi desayuno al terminar de hablar. En verdad sabe muy rico, lamentablemente ya se me hace tarde para el trabajo y es momento de levantarme, un poco apenada por mi mal comportamiento.
—Pero acabas de ir —afirma Marcos riéndose con incredulidad —, ¿para qué volarás hasta allá? Te gastarás todo tu dinero, Aura… No es una buena decisión.
—Yo sé lo que es una buena decisión, no te preocupes —exclamo con un tono que me hubiera gustado haber mantenido para mí. Marcos frunce el ceño y suspira con enfado y no me deja ir.
—¿Con quién irás? —cuestiona hacia mí.
—Con un compañero de trabajo, tenemos asuntos que atender por allá.
—¿En el mismo lugar donde cursaste tu maestría? ¡Perdiste la cabeza si crees que me voy a tragar que es algo de tu trabajo! —. Ava le toma la mano con fuerza y le indica que pare. Les doy las gracias por el desayuno y me marcho a mi habitación para arreglar lo necesario antes de irme y despejarme unos segundos. A lo lejos escucho como él concluye — A veces me olvido de que es tan testaruda, pero ya aprenderá.