Fingiendo volar

Capítulo 19

Cuando salimos del aeropuerto y pisamos el suelo, aún con el mareo y el cansancio en la cabeza, me pongo algo triste por Jasper. Estar tanto tiempo solo en esta ciudad sin sus amigos ni, aunque sea, sus instrumentos. Aparte de la necedad de Yuri de, por algún motivo, vengarse de su hermano por vivir una vida supuestamente más fácil que la suya, pienso que sería lo mejor para él solo regresar. Tal vez Yuri tenga razón y el soñar demasiado fuera de lo que tiene a su alcance lo va a perjudicar hasta un punto del que no podrá recuperarse.

Hace bastante frío esta noche, pero no veo a casi nadie con abrigo en esta ciudad malsana. Algunos van caminando con helados y refrescos fríos, incluso. Como no tenía tiempo en el aeropuerto de detenerme a abrir mi maleta, le pido un minuto a Yuri para ponerme a buscar el abrigo que quiero para este momento, ya que hasta estoy temblando de frío. Pero, claro, él solo me dice que tenemos prisa y que debemos llegar al cuarto que rentó “ya”. La empresa tiene una sucursal aquí y podemos ir a recoger un auto prestado, pero sería hasta mañana por la mañana. Sin más alternativas, tenemos que conseguir un taxi; él con sus aires europeos de apuro innecesario rodéandolo. Le indico que me llame cuando algún taxista le haya hecho caso. Tomo su último gruñido como una afirmación, o no, y me voy a una banca desocupada de la calle para urdir en mi maleta.

Soy una viajera pesada, ninguna rutina de brazo en el gimnasio sería más productiva que cargar mi equipaje durante un tramo relativamente largo. Suelto la maleta en la banca y creo que la podría partir en dos, pero solo tiembla y hace resonar el metal al contacto, pero no pasa nada después. De frente a un edificio de luces oscurecidas que pienso que es una tienda de algo irrelevante, saco mi abrigo morado y lo lanzo sobre mis hombros para meter los brazos. En el proceso, veo pasar la muchedumbre. Todos tan diferentes entre sí y, por supuesto, no distingo a nadie de la última vez que vine. Solo estuve dos días y medio en la ciudad y pasé más de la mitad hibernando en casa de Kara, entonces no tendría sentido reconocer algún rostro. Pero todos son diferentes; excepto, claro, por diversos arquetipos.

Con mis lentes cuadrados parezco un poco lo que soy, supongo: esa chica que se pasó toda la vida estudiando y que jamás se esperó estar en un embrollo de esta magnitud. No me los quité desde que estaba leyendo un libro en el avión, pero ya es hora de dejarlas de vuelta en su estuche y guardarlo en las bolsas de mi chamarra. Yuri tuvo que hacer mucho para tener los datos de Jasper ahora mismo, pero él no sabe que Liena también se ha puesto manos a la obra con esto. Ojalá que no se entere de mi comodín, por lo menos hasta que estemos de vuelta en nuestra vida normal allá en Belgrado. Supongo que esa ya es mi nueva vida normal.

En la individualidad sostenemos una personalidad que en las multitudes no brilla; en el espectáculo de la sociedad, como diría el libro que estaba leyendo hace rato. Pero por las apariencias de los otros, sus maneras y vicios, podemos catalogar a la gente en grupos con referentes que tenemos claros. Cuando Yuri me llama con sus aires de desesperación e ira, suspiro y asimilo que tengo uno ya bien clavado en mi espalda como una daga envenenada.

Mi jefe en la oficina se ve como una alucinación que no le pertenece a este lugar. Con ansias me indica que deje de jugar y me ponga a ayudarlo a conseguir un taxi, que quizá de mí si tengan compasión. Suspiro y le digo que tenemos que ir a la parada del taxi primero, lo que lo hace gruñir peor que antes y empieza a caminar sin mí hacia el costado. Con el teléfono en los bolsillos de la chamarra y mi equipaje a punto de arrancarme un brazo como si estuviera hecho de gelatina, pienso que quizá, solo quizá, pueda llamar a Kara para hacerle saber que estoy aquí otra vez.

—Bien, ahora el plan —exclama mi acompañante con la luz de la luna tras la ventana, sus ojos azules resplandeciendo como el filo de una espada pirata rozando el mar.

Es en definitiva el hermano malvado del par, pero sí que sabe conseguir una excelente relación de calidad-precio en moteles. Todo lo que implique búsquedas exhaustivas en Internet y seguir procesos infinitos y estresantes, él lo maneja como su primer elemento —aunque algunos podrían decir que convivir con él es un perfecto ejemplo de proceso infinito y estresante.

—Pudimos haber hecho un plan durante —enfatizo— el vuelo de diez horas y no ahora antes de ir a dormir. Pero, por cierto, te luciste con este motel. Nunca había estado feliz de quedarme a dormir en un sillón antes —. Hablando me acuesto en la superficie del sofá alargado café rojizo, mientras Yuri se queda sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra verde menta.

—¿Nunca habías dormido en sillón antes? —pregunta poniendo los ojos en blanco, como si exagerase. Quizá lo hago, pero no me importa.

—Soy la menor de mi familia, claro que en todos los viajes a mí me tocaba el sillón. Si había suerte, porque en muchas ocasiones terminaba acaparando el suelo. Pero creo que en ningún sillón me podía hundir como en este, todos los que había en los hoteles donde nos quedábamos parecían tener bases de ladrillo o metal —. Mientras me doy cuenta de que Yuri me dejó terminar toda una declaración acerca de mí misma sin interrumpir, me doy cuenta de que le dije que soy la hija menor de mi familia. No sé qué tanto le dé vueltas eso en la cabeza, pero no veo que su cabeza haya dejado de pensar un largo rato.

—Mañana tenemos que meter a ese holgazán al avión como si fuera el presidente; ya reservé los tres boletos para el regreso mañana a las ocho de la tarde. Ni un poco de retraso, ¿entendido?



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En el texto hay: musica, sociedad, desaparición

Editado: 27.06.2026

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