Ava y Marcos casi me aplastan en un abrazo grupal cuando me ven después de los días eternos que pasé en Boston. Solo por esta vez les perdono que me toquen, ya que en esta ocasión yo también necesitaba fuertemente su cariño.
—Todavía tenemos que revelarte la sorpresa que te dejamos pendiente —exclama Marcos y Ava asiente muchas veces junto a él. Me río y los acompaño en el acto, a pesar de que Marcos me lee la mente como suele hacerlo siempre —. A menos de que ya hayas averiguado el secreto por tu cuenta.
Me llevo las manos a la cintura y les pido que lo digan de todas maneras, para sentir la excitación junto a ellos.
—¡Estoy embarazada! —revela Ava y grito con ella sin poder evitarlo, aunque antes de eso había llegado a pensar que sería difícil hacerlo. Ya que la tengo en mis brazos el miedo que me perseguía no solo se diluye, se va, se desvanece. Tengo mil preguntas por hacerle a Marcos y Ava, pero mi lengua no es tan rápida para soltar todo lo que procesa mi cerebro ahora mismo. No puedo llegar a comprender cómo hubo un momento en el que pensé que me vería desplazada por este nuevo miembro de la familia, ahora todo lo que veo es más brillo en la puerta misteriosa del destino.
—¿Cómo lo van a llamar? Solo que no sea el nombre de un filósofo, Marcos, por favor —. Lo sé perfectamente capaz de hacerlo. Su figura inspiracional desde la pubertad ha sido Aristóteles, no quisiera que ese sea el nombre de mi primer sobrino.
—Tú dile — suelta Ava, riéndose para sí.
Mi mirada viaja entre ambos y Marcos da un paso hacia mí con media sonrisa y un misterio entre los ojos. Me inclino hacia él y le pregunto por el nombre de nuevo, no esperando algo muy extravagante para ser honesta, considerando lo modestos que pueden llegar a ser en el fondo.
—Lo hemos estado pensando muchísimo y, si es niña, el plan es llamarla Aurora —responde al final casi en un susurro, medio melancólico, pero feliz. Mis extremidades se paralizan al escuchar eso. Mi sonrisa se forma sin que la pueda controlar y mi voz apenas y sale. Me llevo la mano a la boca para controlar las ganas de gritar y entiendo que lo han hecho por mí. En serio les importo, aunque no sé ni por qué en algún momento pude dudarlo.
—Todo ha sido muy repentino —Ava añade: — Espero que esto no te moleste.
Frunzo el ceño y niego con la cabeza determinadamente. Le afirmo que jamás podría ser así. Al final solo le pregunto si es posible volver a tener uno de esos abrazos grupales que tanto detesto. Ellos no se lo piensan más de un segundo y, como hace unos minutos, lo repetimos con incluso más fuerza.