—Me alegra que hayas decidido venir a patinar conmigo —comenta Marcos apenas nos acercamos a la entrada de esta sección en la plaza central —, pero no estoy seguro de que haya sido una buena idea hacerlo inscribiéndonos a una competencia así de imponente… ¿Dices que vendrán personas de diferentes estados? Oh, no…
—No te pongas nervioso ahora, Marcos, no quiero verte vomitando en la segunda vuelta —exclamo con los patines en las manos y revisando que todo vaya en orden con mi cabello agarrado previamente—. ¡Si ganamos el primer puesto nos llevaremos diez mil dólares!
—Aura, no vamos a ganar… —advierte Marcos con absoluta seguridad de eso. Hay mucho nerviosismo en su voz, él sí que no ha patinado en años. En la mía también, pero yo sí patiné muchas veces con Kara en Boston. Mi nerviosismo es por otro tema.
—Tenemos que intentar llegar tan lejos como podamos —concluyo, mientras vamos llegando a las barricadas de la pista.
Veo a muchas personas de cuerpos muy atléticos y siluetas de confianza. Los atuendos con brillos, los patines afilados y altos. La camisa de Marcos ni siquiera era de ese color cuando la compró y creo que mi maquillaje no difiere mucho más de uno que utilizaría un sábado para ir a comprar pan negro al supermercado. Algunas personas nos miran y ni siquiera creen que seamos competidores; han de pensar que somos aficionados que no sabían que este día no se abriría la pista de patinaje al público.
Mientras Marcos repasa en voz alta el orden de las partes de la rutina, mi mirada se clava en un chico de pelo rubio que, aunque es tan similar a todo lo que admiré hace tiempo, hoy parece… bueno, una alienación. Jasper voltea cuando siente mi mirada exhorta en su espalda y me da la cara con una sonrisa, pero yo pienso que mi mandíbula está a punto de golpear el suelo.
—Jasper…, ¿qué te pasó? —pregunto sin dar más contexto, entonces él frunce el ceño y pone ambas manos por el aire junto a sus hombros. Su camisa blanca de mangas largas está abrochada hasta el último botón y su pelo con gel está tirado hacia los lados, como un libro abierto. Pantalones altos, zapatos brillantes. Una alienación en su máxima posibilidad.
—Hola, Aura. ¡Rómpete una pierna! —bromea, supongo. Me imagino que estar tanto tiempo con su familia también le ha drenado su sentido del humor, entonces ni siquiera le busco más a su repertorio de bromas.
—Hey, tú… ¿Eres Jasper? Aura te había descrito muy distinto —ríe Marcos. En verdad yo le decía que su cabello nunca había tenido orden desde que lo conocí y vestía como si no le importara nada en el mundo, como si nadie lo estuviera viendo. En serio esto me hace ver mal, ahora Marcos piensa que mi sentido de la moda es un estricto cero.
—Lo soy. ¡Tú debes ser Marcos! Estoy seguro de que muchas te querían como compañero para esta noche, ¡pero los familiares se meten primero en la fila!, ¿no? —. No sé si espera una risa ante eso o sinceramente solo quiere llenar los silencios incómodos con más incomodidad.
En las gradas busco a mi cómplice de esta maldad que, honestamente, Jasper necesita. En efecto, Nika está en una de las gradas hasta el final del cuadrante. No le veo la cara, pero veo la parte superior de su capucha blanca y eso, ya en este punto, es más que suficiente. De reojo me observa y con un pulgar arriba le indico que todo está listo, el plan que hemos elaborado durante semanas. Lástima que Marcos no tenga ni idea, tendrá que improvisar durante la marcha. Espero que algún día me perdone.
Una voz en las bocinas por la cima del gran lugar indica que la competencia va a empezar. Sostengo a Marcos del brazo, como lo hacen las demás parejas soberbias en la fila, pero este está temblando como un gatito asustado. En voz baja le pido que se tranquilice y él solo me responde que lo está intentando.
Un hombre de traje da la bienvenida al evento y todos aplaudimos de forma obligada. En mi mente solo deseo que nada haya ido mal con nuestro plan, como si este pudiera fallar de alguna manera. Cuando veo a Nika él ya está poniendo atención a los sucesos, como si algo de fuego se hubiera despertado súbitamente en su interior. Mientras tanto, en la primera fila de asientos está sentado Jasper con las manos en el regazo y la postura recta.
El hombre trajeado sale del escenario y se anuncia el orden de competición. Somos quintos, nos toca esperar un poco. Le agradezco al cielo que eso haya sucedido, porque, a pesar de mi barrera de seguridad, estoy enloqueciendo lentamente en el interior. Pero Marcos no solo en el interior, su frente suda como un géiser en acción.
Pasan las parejas y son increíbles. Para mí misma ya me aseguré que ganar será imposible, pero la humillación si no somos capaces de seguro nos dejará tan marcados de por vida que no podremos ni reírnos de esto en la próxima, ni en la próxima, ni en la próxima reunión familiar. Marcos en algún momento me sugiere que nos demos por vencido, que esta fue una mala idea, que hay mucha gente viendo en las gradas y que incluso puede que se transmita en un programa de televisión sobre deportistas amateur. Pero soy tan obstinada que me niego rotundamente, fingiendo en el exterior que dentro de mi corazón no existe miedo, que tengo una coraza de acero dentro de la coraza de carne que ven todos. Me repito que soy mucho más fuerte de lo que he demostrado y que Mireya no tiene razón. Me aferro a la mano de Marcos con fuerza cuando dicen nuestros nombres, cuando el tiempo se ha acabado y la espera se ha agotado a los cero minutos y cero segundos. Con él de la mano, fingiendo más seguridad de la que nunca antes he necesitado fingir, indico “vamos”.