Firmado en la piel

Capítulo 4: Fuera de Contrato-

El calendario consumía las horas con la urgencia obscena de un cronómetro en medio de una orgía de burócratas. La inminente firma del acta matrimonial y el rito civil no destilaban el dulzor empalagoso de las mariposas en el estómago, sino el tufo metálico del plomo y la estricta asfixia de un contrato de esclavitud consentida. La ceremonia tendría lugar en los jardines blindados de la propiedad de Mateo: un santuario de hectáreas verdes donde la naturaleza misma parecía sodomizada por imponentes muros de piedra antigua y un cordón de mercenarios con audífonos, dedicados en cuerpo y alma a mantener a raya a los buitres de la prensa rosa y a los parásitos de la alta sociedad que habrían dado un riñón por presenciar el naufragio.

Cada preparativo se había ejecutado con la precisión quirúrgica y sádica propia de una OPA hostil o de un embargo de bienes conyugales. No había pétalos elegidos por romanticismo de baratillo, ni melodías capaces de ablandar los intestinos; cada centímetro del evento había sido coreografiado por una agencia de relaciones públicas con la finalidad milimétrica de proyectar una rigidez fálica, inquebrantable y obscenamente poderosa.

La selecta lista de convidados era un catálogo de psicopatías funcionales. Ni un solo amigo de la infancia con anécdotas embarazosas, ni parientes dispuestos a brindar con lágrimas de emoción. Solo los testigos indispensables para legalizar la felonía, los abogados principales de la firma que había redactado el acuerdo prenupcial —un monumento de setenta páginas donde el divorcio prometía ser mucho más sangriento y satisfactorio que el coito— y, por supuesto, el tío Richard.

Aquél individuo, cuya codicia patológica competía palmo a palmo con la úlcera sangrante que le había provocado su destitución del trono corporativo, haría acto de presencia enfundado en un traje impecable y luciendo una sonrisa tan falsa y tensa que parecía estirada con grapas quirúrgicas. Elena sabía de sobra que el viejo no iba a presenciar ninguna unión sacramental, sino a inspeccionar el terreno con la lubricidad desesperada de un buitre rondando una carroña fresca, buscando con lupa cualquier fisura legal, técnica o moral para destrozar el acta en los tribunales y recuperar por la fuerza los astilleros familiares que ella defendía con la agresividad febril de quien muerde la mano que intenta estrangularla.

La víspera de la firma definitiva, el castillo de naipes y control férreo que Elena se había forzado a sostener con corsé de ballena y disciplina militar comenzó a desmoronarse con la elegancia de un derrumbe minero. Se hallaba recluida en la suite de invitados de la mansión de Mateo, un entorno de opulencia tan glacial que parecía diseñado para conservar cadáveres con dignidad. Estaba rodeada de muestras de seda salvaje para un vestido de novia que le importaba un bledo y de expedientes contables tan pesados que bordeaban la pornografía financiera.

En ese preciso umbral de fatiga y excitación contenida, su teléfono celular comenzó a convulsionar sobre la mesa de caoba con una insistencia de vibrador desbocado. La pantalla iluminó la estancia con el nombre de Valeria: su secretaria, su cómplice en las sombras y la única criatura en todo el organigrama de la naviera capaz de comprender el tamaño exacto del abismo bajo sus pies.

Al deslizar el dedo para contestar, el aire pesado de la suite fue cortado de tajo por la voz de Valeria, trémula y descompuesta por un pánico que olía a sudor frío. Sin preámbulos, le soltó la noticia con la contundencia de un puñetazo en el plexo solar: la empresa se precipitaba por un despeñadero de proporciones cósmicas. Un cargamento colosal de motores de turbina doble —las joyas de la corona tecnológica, imprescindibles para entregar a tiempo los nuevos titanes flotantes de la flota— había sido secuestrado con saña burocrática en la aduana del norte.

El estómago de Elena experimentó un vuelco espasmódico, una contracción visceral que mezclaba la náusea con la oscura adrenalina de saberse cazada. Cuando logró articular una orden para saber bajo qué subterfugios legales perpetraban semejante asalto, la respuesta de Valeria la dejó con la garganta seca y el pulso desbocado: los inspectores esgrimían supuestas anomalías insalvables en los permisos de importación y un desvío criminal en los aranceles fiscales. El expediente original, tramitado con alevosía y ventaja en las cloacas del ministerio, llevaba la firma invisible del tío Richard, colocado allí un mes antes de ser degollado de su cargo directivo. El muy maldito había dejado plantada una mina antipersona con retardo administrativo, programada milimétricamente para detonar justo la víspera de su boda y hacerla saltar en pedazos frente a su flamante y gélido marido.

Aquel boicot administrativo tenía la simetría perversa de una puñalada por la espalda ejecutada con un bisturí de platino. Elena soltó el aparato telefónico como si se tratara de un reptil ponzoñoso; sus dedos temblaban con el espasmo espasmódico de quien acaba de sufrir un orgasmo fallido o una sobredosis de morfina barata. El mundo no se le vino encima: la aplastó con la implacable lentitud de una prensa hidráulica en un matadero clandestino.

Cada minuto de retención de aquellas turbinas en la aduana del norte se traducía en decenas de miles de dólares evaporados, un flujo de caja sangrando por la yugular con la eficiencia de una carnicería fina. Si los cargueros no zarpaban a tiempo para saciar la voracidad del consorcio estatal, la quiebra técnica no sería una fría cifra contable, sino una ejecución pública donde su tío Richard bailaría desnudo sobre su cadáver financiero, aplaudiendo con una erección moral indescriptible.

Atormentada por un pánico tan espeso que casi se podía masticar, Elena cruzó los salones colosales de la mansión arrastrando la dignidad como a una piltrafa ensangrentada. Sus tacones de aguja golpeaban el suelo de mármol con la furia de un latigazo sado. El impecable caparazón de ejecutiva de hierro que llevaba décadas puliendo se había agrietado, dejando al descubierto a una mujer al borde del colapso nervioso y de la más pura histeria carnal. Irrumpió en el santuario privado de Mateo sin el más mínimo protocolo de cortesía, violando su sagrado espacio de maderas oscuras, ventanales panorámicos y olor a tabaco caro con la furia de una furia desbocada. Su aspecto era el de una diosa caída en desgracia: las mejillas marcadas por una palidez cadavérica, los labios mordidos hasta la carne viva y el pecho subiendo y bajando con una urgencia asmática que marcaba de forma obscena los contornos de sus pechos bajo la seda de la blusa.




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