Firmado en la piel (nuevo capítulo 12!)

Capítulo 12: Plomo y Sábanas de Raso

La gravilla de los senderos de entrada crujió bajo los borceguíes de los matones de Isabella como si fuera el cráneo de un deudor serial en plena medianoche porteña, un crujido seco y definitivo que presagiaba la demolición total de cualquier vestigio de piedad familiar. El frío polar de una madrugada de agosto cortaba el aire con la precisión quirúrgica de un bisturí utilizado en una clínica clandestina de estética facial, pero Isabella Vance no sentía el rigor del invierno austral; el motor ardiente de la venganza hereditaria, el resentimiento acumulado durante décadas de litigios internacionales en tribunales corruptos y la obsesión patológica por quedarse con el monopolio absoluto del imperio naviero la mantenían tan cálida como un reactor nuclear a punto de entrar en fisión descontrolada. Detrás de ella, envuelto en una gabardina gastada que olía a humedad de subterráneo y café torrado barato, Cacho tiritaba convulsivamente, aferrando los maletines de aluminio blindado con una fuerza tal que sus nudillos parecían marfil translúcido bajo la luz parpadeante y amarillenta de los faroles de hierro forjado que flanqueaban los geométricos jardines franceses de la mansión.

—Menos temblequeos espasmódicos y más eficiencia operativa, Cacho —siseó Isabella sin volverse jamás, mientras ajustaba con elegancia felina el cuello de su imponente abrigo de chinchilla legítima y exhalaba una densa voluta de humo mentolado que se disolvió instantáneamente en la neblina espesa del acantilado—. Si querés conservar ese puesto miserable de achichincle contable que te permite mal pagar la cuota alimentaria de tus crías en las afueras de Haedo, vas a tener que ponerle un poco más de sangre fría y menos temblequeo a este desahucio exprés. ¿Hiciste exactamente al pie de la letra lo que te ordené con respecto a las líneas de suministro y los accesos principales de la propiedad?

—Todo cortado y clausurado, señora, se lo juro por la salud de mi vieja —respondió Cacho con la voz completamente ahogada por la humedad penetrante del río y el terror reverencial y patológico que le inspiraba cada gesto de su jefa—. Luz trifásica, gas natural, agua corriente, fibra óptica de alta velocidad y hasta la señal de roaming satelital de los teléfonos móviles. No tienen absolutamente cómo pedir un delivery de sushi de alta gama, ni cómo transferir un solo centavo digital a las cuentas offshore de las Islas Caimán, ni cómo suplicarle clemencia judicial a un juez de guardia mediante coimas electrónicas. Están absolutamente incomunicados en la cima de esa maldita torre medieval reformada con plata negra, rodeados de lujo muerto, vajilla de diseño y sábanas de raso importado que no van a poder pagar ni aunque vendan los dos riñones en el mercado negro de órganos de Montevideo.

Isabella dejó escapar una risa seca, metálica y profundamente perversa, un sonido agudo y cortante que hizo que los grillos del jardín callaran de inmediato, ya sea por respeto estricto o por un genuino instinto de supervivencia ante semejante despliegue de maldad pura.

—Perfecto, Cacho. Absolutamente perfecto. Ahora vamos a darles la cálida bienvenida al mundo real a los tortolitos. Que comience el espectáculo de la liquidación de activos conyugales.

Mientras tanto, en las alturas impenetrables de la torre de piedra milenaria, la cruda realidad del mundo exterior seguía siendo una abstracción tan lejana como la ética profesional en una mesa de directorio de la Bolsa de Comercio en plena corrida cambiaria. Mateo Sterling yacía cómodamente apoyado contra el opulento respaldo de caoba tallada a mano de la cama king size, con el torso completamente desnudo y cubierto de surcos, arañazos profundos y marcas de una pasión desmedida que parecían el mapa topográfico detallado de un golpe de Estado sentimental y corporativo. Sostenía en la mano derecha una pesada copa de cristal tallado con bourbon escocés de dieciocho años añejamiento, mientras que con la izquierda le enredaba distraída pero posesivamente los mechones negros, húmedos y revueltos de la cabellera a Elena, quien descansaba boca abajo sobre su regazo con la respiración pesada, lánguida y profundamente satisfecha, adoptando la postura indolente de una gata angora de alta alcurnia que acababa de devorarse por completo al canario, al dueño del canario y a todo el jurado del concurso de belleza felina del barrio norte.

—Si me llega a doler un solo músculo más de la espalda mañana a la mañana, te juro por mi abuelo contrabandista que te desheredo oficialmente de mi testamento, te confisco hasta los recuerdos infantiles de las vacaciones en Punta del Este y te mando a vivir de manera permanente a una pensión estudiantil de fotocopias rotas en La Plata a base de fideos baratos con tuco recalentado en microondas —murmuró Elena con la voz profundamente ronca, con los ojos cerrados, mientras trazaba círculos invisibles y punzantes con la uña del dedo índice sobre el abdomen de acero y definición quirúrgica de su flamante esposo.

Mateo soltó una carcajada ronca, un eco gutural que vibró en su pecho antes de darle un sorbo largo y decidido al bourbon, sintiendo cómo el alcohol quemaba su garganta con la misma intensidad despiadada con la que se incineraban los libros contables truchos de una empresa fantasma antes de una auditoría impositiva.

—Hacé absolutamente todos los juicios que se te antojen, mi amor, pero te recuerdo con muchísimo cariño que en este bendito matrimonio por conveniencia los bienes son estrictamente gananciales y el desastre financiero es absolutamente compartido. Si caigo yo en desgracia, caés vos con todo el equipo; y si te llegan a embargar la flota entera de deportivos importados, a mí me van a seguir quedando los calzoncillos de diseño italiano y mis títulos nobiliarios truchos comprados en portales oscuros de internet. Estamos indisolublemente unidos por el sagrado y sucio vínculo del blanqueo de capitales y el apetito carnal desmedido; ni el estudio jurídico más caro de todo Puerto Madero va a tener los huevos necesarios para disolver este contrato firmado con sangre y codicia.




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