Firmado en la piel (nuevo capítulo 13!)

Capítulo 13: Dividendos, Ruina y Ron Añejo

El espeso polvo de yeso tricentenario y lona rajada que levantó el impacto del óleo familiar flotaba en el vano de la escalera con la pesadez de un embargo preventivo. Isabella Vance tosió, escupiendo una nube de partículas que se le habían pegado al brillo labial importado, y miró el marco de roble masivo hecho astillas a escasos milímetros de la punta de sus zapatos Prada. La mansión, un capricho arquitectónico de estricto estilo francés que su abuelo había mandado a construir para blanquear fondos de la mafia naviera, se estaba desmoronando literal y financieramente sobre su propia cabeza.

—¡Estás clínicamente muerto, Sterling! —bramó Isabella, con una voz tan cascada y rota que parecía el crujido de un mercado de valores colapsando en tiempo real—. ¡Ese cuadro costaba más que los órganos vitales de toda tu maldita descendencia! ¡Cacho, dejá de rezar en latín y pasame la escopeta perdigonera que guardamos en el baúl del Mercedes! ¡Voy a subir a cazar a este gigoló caribeño y a su pantera de cotillón como si estuviéramos en un safari impositivo!

Cacho, que se había hecho un ovillo fetal detrás del pedestal de mármol, asomó apenas los ojos inyectados en sangre y terror. Estaba cubierto de polvo blanco, luciendo como un fantasma patético condenado a vagar por los pasillos de la AFIP por toda la eternidad.

—¿Escopeta, señora? ¡Por el amor a los balances cuadrados, le pido cordura! —lloriqueó el contador, abrazando los maletines donde los fajos de billetes truchos ya se mezclaban con la sangre seca del Mazo—. Si disparamos un arma de fuego en un recinto cerrado sin ventilación, el seguro contra terceros no nos va a cubrir ni los gastos de la lavandería. Además, le recuerdo que la póliza caducó ayer a la medianoche. ¡Estamos operando en rojo, señora, en rojo sangre! ¿Por qué no les cortamos el suministro de agua y esperamos a que bajen a negociar cuando se queden sin hielo para el whisky?

Arriba, la idea de una negociación racional era tan absurda como pedirle piedad a un huracán categoría cinco. Mateo había retrocedido un paso, arrastrando a Elena consigo hacia las sombras del pasillo abovedado, lejos de la línea de fuego pero peligrosamente cerca del abismo del deseo. La tenía acorralada contra el empapelado de seda francesa, prensando el cuerpo exuberante de la mujer entre la pared helada y el calor radioactivo de su propio torso desnudo.

Elena soltó un jadeo profundo, un sonido gutural que vibró desde su garganta hasta el pecho de Mateo. Las rasgaduras de la pesada cortina de terciopelo borgoña que usaba como único vestido cedieron un poco más bajo la presión de las manos de él, dejando al descubierto la curvatura perfecta de su cadera dorada. Con la agilidad de una serpiente acostumbrada a estrangular a sus presas en el trópico, Elena enredó una pierna alrededor del muslo de Mateo, acercando su pelvis a la de él con un roce tan obsceno, húmedo y directo que amenazaba con hacer estallar las últimas reservas de cordura del financista.

—Si esa momia recauchutada cree que nos va a asustar con perdigones, es porque no sabe lo que es sobrevivir a las balaceras de San Juan —ronroneó Elena, con ese acento caribeño espeso, dulce y cargado de veneno que a Mateo le erizaba hasta la última terminal nerviosa—. Papi, tú tienes el control de las acciones, pero aquí arriba, la junta directiva la manejo yo. Y mi veredicto es que este palacio de hielo necesita un poco del fuego de las islas.

Mateo cerró los ojos un instante, embriagado por el olor a ron añejo, sudor salado y perfume de diseñador que emanaba del cuello de Elena. Sus manos rudas, expertas en manipular gráficos de análisis técnico y engañar a inversores incautos, se deslizaron por los muslos de ella con una ferocidad posesiva, levantándola por completo del suelo. Elena ahogó un grito de puro placer carnal cuando él la encajó contra su cuerpo, sosteniéndola en el aire sin el menor esfuerzo.

—Tus auditorías me vuelven completamente loco, mi reina —gruñó Mateo, buscando la boca de Elena en la penumbra. El beso fue un choque de trenes, una colisión salvaje de lenguas, dientes y desesperación. Se devoraron con la brutalidad de dos estafadores que saben que tienen el tiempo contado antes de que llegue la policía federal. Mateo le mordió el labio inferior, saboreando el gusto metálico de la sangre y el salitre, mientras las uñas acrílicas de Elena se clavaban en su nuca, trazando mapas de dolor exquisito sobre su piel.

Mientras el aire en la segunda planta ardía a temperaturas de fusión nuclear, en el vestíbulo el invierno austral seguía cobrándose víctimas. Isabella, frustrada por la cobardía administrativa de Cacho, decidió que si querés que una ejecución hipotecaria salga bien, tenés que hacerla vos misma. Puteando en tres idiomas diferentes, se arrancó los zapatos de taco aguja y los tiró contra los ventanales de cristal de Murano, destrozándolos en mil pedazos. Descalza, con el peinado batido lleno de astillas de madera y la lata de gas lacrimógeno apretada en un puño blanco de la furia, comenzó a escalar los peldaños de dos en dos, como una bestia mitológica ascendiendo desde los círculos del infierno dantesco.

—¡Cacho, levantá a ese simio con muerte cerebral del piso y seguime, o te juro que te hago tragar cada página del boletín financiero matutino hasta que defeques las cotizaciones del Nasdaq! —aulló Isabella, deteniéndose en el rellano para tomar aire, sus pulmones silbando como una cafetera a punto de explotar—. ¡Voy a gasear a estas ratas fornicadoras y las voy a sacar arrastrando por los genitales!

El eco de los pies descalzos de Isabella golpeando el mármol rompió la burbuja de lujuria en las alturas. Elena rompió el beso con Mateo, jadeando pesadamente, con los ojos oscuros dilatados por la excitación y la adrenalina del peligro inminente. Se lamió la sangre del labio con una lentitud que hizo gemir a Mateo, y le dedicó una sonrisa cargada de promesas letales.




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