El asfalto de la autopista Riccheri se desenrollaba bajo las llantas del Aston Martin como una alfombra roja hacia la impunidad absoluta. Mateo conducía con una sola mano, la izquierda apoyada con indolencia criminal en el volante revestido en Alcántara, mientras con la derecha tamborileaba un ritmo frenético, casi tribal, sobre la consola central de fibra de carbono. El habitáculo del deportivo estaba saturado de una mezcla embriagadora: el olor a cuero nuevo, el almizcle del sudor salado de ambos, el perfume dulzón y agresivo de Elena, y la electricidad estática de quien acaba de burlar a la muerte y a las autoridades fiscales en un mismo movimiento.
A su lado, Elena era una visión de puro caos carnal y avaricia desatada. Con un movimiento felino y despreocupado, había vaciado el contenido del maletín blindado directamente sobre sus muslos cruzados. La pesada cortina de terciopelo que llevaba a modo de vestido improvisado se había abierto por completo hasta la cadera, ofreciendo un altar de piel morena, brillante y estremecida por las vibraciones del motor V12. Bajo la luz intermitente de las farolas que pasaban como relámpagos anaranjados, bañando su cuerpo en destellos de neón y sombras afiladas, Elena evaluaba el botín. Sus dedos, largos y rematados por uñas de acrílico esculpidas como dagas rojo sangre, acariciaban los fajos de euros termosellados y dejaban que los diamantes sueltos resbalaran por la carne desnuda y caliente de sus piernas, buscando el rincón húmedo entre sus muslos con una sensualidad que a Mateo le tensó la mandíbula.
—¡Diablo, mi rey, este infeliz de Cacho sí que era un romántico de la evasión fiscal! —exclamó Elena, soltando una carcajada cristalina, salvaje, que rebotó contra el parabrisas y llenó el pequeño espacio con la cadencia musical de su acento insular.
Revolvió entre los fajos de alta denominación, apartando un collar de rubíes que descartó con un chasquido de la lengua por considerarlo de "vieja rica y aburrida", hasta que sus dedos tropezaron con algo liso y frío. Con lentitud, levantó un objeto que parecía un tupperware de policarbonato, de esos que usaría un oficinista deprimente para llevar el almuerzo, herméticamente sellado al vacío.
Elena ladeó la cabeza, la melena oscura y alborotada cayéndole sobre un hombro desnudo. Entrecerró los ojos felinos.
—Dime por favor que esto no es lo que creo que es, papi. Dime que Cacho no se trajo una salchicha de cóctel para el viaje.
Mateo desvió la mirada del camino por una fracción de segundo, sus ojos grises como el acero evaluando el pequeño recipiente a la luz de los faros de los autos que dejaban atrás. Arqueó una ceja, sin que un solo músculo de su rostro delatara sorpresa o asco. Dentro del recipiente de plástico, suspendido y flotando perezosamente en una solución amarillenta y espesa de formol, había un grueso pulgar humano. La uña, curiosamente, todavía conservaba un brillo de manicura francesa impecable, un detalle grotesco de coquetería póstuma.
—Ah, el famoso dedo de don Sterling —dijo Mateo, con la misma naturalidad aburrida con la que pediría un café cortado en una junta de accionistas—. La llave maestra.
Elena parpadeó, y el frasco quedó suspendido en el aire, a pocos centímetros de sus pechos agitados por la respiración.
—¿El dedo de tu papá? ¿Me estás jodiendo?
—Cacho me juró por la Virgen de Luján que lo había cremado entero con el resto del viejo después del infarto en el yate —explicó Mateo, hundiendo un poco más el pie en el acelerador, haciendo rugir la bestia británica bajo ellos—. Pero se ve que el contador prefirió guardarse la llave biométrica de la cuenta principal, la ómnibus intocable que tenemos en las Islas Caimán. Siempre supe que ese chupatintas tenía iniciativa, aunque le faltara estómago para ver la sangre fresca. Un cortapuros de titanio y mucho hielo, me imagino. Brillante, en su patética mediocridad.
—¡Chico, pero qué asquerosidad más grande! —Elena arrugó la nariz respingada, un gesto que solo logró hacerla ver más exótica y salvaje. Sin embargo, no soltó el frasco. Al contrario, guiada por una fascinación macabra, lo agitó un poco, observando cómo el apéndice pálido y arrugado del difunto patriarca bailaba en el líquido, golpeando contra el plástico con un sonido sordo—. En mi tierra, a los muertos se les respeta. Se les llora, se les echa ron en la tumba y se les deja descansar bien profundo bajo la tierra, para que no jodan. No se les lleva de paseo en un envase de ensalada como si fuera un souvenir de la morgue.
Elena suspiró, pero una sonrisa perversa, lenta y cargada de veneno empezó a curvar sus labios gruesos. El contraste entre la muerte encapsulada en sus manos y la vida que hervía en cada poro de su cuerpo era obsceno. El calor dentro del auto era sofocante, denso por la lujuria no resuelta de la balacera anterior. Elena, sin soltar el tupperware, deslizó el plástico helado por el borde de su escote, usando el recipiente con el dedo muerto para refrescarse la piel ardiente y perlada de sudor de su cuello y clavícula. Mateo la miró de reojo y sintió que el pantalón le apretaba de una forma dolorosa.
—Pero bueno —continuó Elena, su voz descendiendo a un ronroneo grave y rasposo, arrastrando las erres con malicia caribeña, mientras el frasco bajaba ahora por el canal entre sus pechos—... si este dedito pálido y arrugado nos va a abrir la bóveda de los fideicomisos, supongo que el viejo Sterling se ganó un pase VIP. Le pondremos un altar en la playa, allá en Nassau. Le daremos de beber agua de coco.
Con un movimiento calculado, Elena se giró en el asiento. Los diamantes que descansaban en su regazo se escurrieron hacia los costados, perdiéndose en los pliegues de cuero. Levantó la pierna izquierda, apoyando el talón desnudo casi sobre el borde del volante, rozando apenas los nudillos de Mateo, abriendo sus muslos con una desvergüenza que era una invitación directa al desastre vial.
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Editado: 07.09.2026