Las puertas de hierro forjado de la mansión de la colina se cerraban tras ellos, aislando el zumbido de los motores de la ciudad y el destello lejano de los flashes de los fotógrafos. Pero dentro, en la penumbra del gran vestíbulo, el silencio no traía paz; traía una vibración densa, casi eléctrica. Elena se apoyó contra la pesada madera de la puerta, cerrando los ojos por un segundo. El cansancio le pesaba en los huesos, un dolor sordo acumulado tras catorce horas de revisar balances, lidiar con ingenieros y evaluar los daños del sabotaje en los motores de la naviera. Cada rincón de su mente protestaba por el esfuerzo, pero más que el trabajo físico, lo que la estaba desgastando era la máscara. La sonrisa perfecta, la inclinación de la cabeza, el roce casual de su mano sobre la de Mateo cada vez que un inversor los miraba. Sentía que si se relajaba un solo instante, la armadura de aparente felicidad se rompería en mil pedazos frente a los ojos escrutadores del mundo exterior.
—Estás temblando —la voz de Mateo resonó, baja y rica, en la quietud del recibidor.
Elena abrió los ojos. Él ya se había quitado la chaqueta del traje a medida, dejándola caer sobre una silla cercana con desapego, y se desabrochaba los dos primeros botones de la camisa de seda oscura, aflojando la corbata con un movimiento lento y varonil. No había rastro de fatiga en su postura; Mateo Sterling parecía alimentarse de la presión, un depredador que se movía con absoluta comodidad en la tormenta. Sin embargo, cuando la miró, sus ojos grises no reflejaban la frialdad del hombre de negocios, sino una fixeza ardiente que pareció desnudarla en el acto.
—No es nada. Solo... ha sido un día largo —mintió ella, intentando dar un paso hacia la escalera para escapar de esa mirada que la desarmaba.
Mateo se interpuso en su camino con una velocidad felina. No la tocó, pero su cercanía física fue suficiente para que el aire en los pulmones de Elena se volviera denso, casi irrespirable. Podía olerlo con total nitidez: una mezcla de su costosa colonia amaderada, lluvia fresca y el aroma natural de su piel cálida. La sola proximidad de su pecho provocaba un eco sordo en el corazón de Elena, obligándola a recordar la peligrosa atracción que intentaba sepultar bajo el papeleo de la naviera.
—Catorce horas en los astilleros no es "nada", Elena. Estás al límite —dijo él, dando un paso más, reduciendo la distancia entre ambos a meros centímetros. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió, ofreciéndole un refugio tentador pero destructivo—. Y fuera de estas paredes, Richard está esperando que caigas. Sus informantes nos siguen como sombras, anotando cada parpadeo, cada distancia entre nosotros.
Elena tragó saliva, obligándose a sostenerle la mirada a pesar de que las rodillas le flaqueaban. La mención de su primo Richard encendió una chispa de orgullo en sus ojos oscuros, un fuego heredado que se negaba a apagarse.
—No le daré el gusto. Si tengo que fingir que soy la mujer más feliz y enamorada del mundo hasta que mis piernas no puedan más, lo haré. El legado de mi padre no se va a perder por sus trampas legales, ni por sus detectives heridos en el orgullo.
Mateo la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos, admirando la terquedad que la mantenía en pie incluso cuando sus fuerzas flaqueaban. Despacio, levantó una mano. Sus dedos, largos y de una firmeza impecable, rozaron la barbilla de Elena, obligándola a encajar el rostro hacia arriba, a mirarlo sin filtros. El contacto, aunque suave, hizo que un escalofrío eléctrico recorriera la espina dorsal de ella, erizándole la piel.
—Ya no tienes que fingir aquí dentro —susurró Mateo, y su pulgar se deslizó con una lentitud tortuosa por la línea de su mandíbula, descendiendo por el largo de su cuello hasta detenerse justo donde latía su pulso, acelerado y salvaje—. Aquí dentro, la farsa termina... o empieza la verdad.
El roce de sus dedos en la piel sensible de su cuello provocó un jadeo involuntario en Elena, cuyas defensas comenzaron a desmoronarse. Mateo dio un paso más, acorralándola sutilmente contra la madera de la puerta. Ella podía sentir la dureza de su pecho contra el suyo, la presión contenida de sus muslos y el roce de sus vestidos caros creando una fricción que encendía una hoguera en su vientre. La tensión acumulada del día se transformó instantáneamente en algo mucho más peligroso: un deseo voraz que amenazaba con consumirlos a ambos antes de que pudieran siquiera subir a sus respectivas habitaciones.
Al día siguiente, las oficinas principales de Sterling Global eran un hervidero de rumores. Los empleados hablaban en voz baja en los pasillos, intercambiando miradas de sorpresa cada vez que miraban hacia el ala ejecutiva. La luz de la tarde se filtraba por los enormes ventanales de la oficina de Mateo, iluminando las carpetas de los contratos internacionales que sus asesores habían dejado sobre el escritorio, esperando una firma que no llegaba.
—¿Estás diciendo que cancelas la cumbre de Singapur? —Marcus, su socio principal y amigo de la infancia, lo miraba con una mezcla de incredulidad y alarma, golpeando la mesa con los nudillos—. Mateo, es la fusión del año. Llevamos seis meses preparando este maldito viaje, alineando a los inversores y cuadrando las agendas. Los coreanos no van a esperar tu llamada.
Mateo ni siquiera levantó la vista de la pantalla donde supervisaba las cámaras de seguridad adicionales y los informes de los guardias privados que había mandado instalar en los astilleros de Elena.
—Que esperen. O que se retiren. No voy a dejar el país esta semana.
—¿Por qué? ¿Por la naviera? —Marcus se cruzó de brazos, soltando una risa amarga que denotaba pura frustración—. No me jodas, Mateo. El "Tiburón" Sterling no sacrifica una cumbre multimillonaria por un negocio familiar que apenas está a flote tras el sabotaje. ¿Qué está pasando realmente? Los socios están murmurando en los pasillos. Dicen que esa mujer te tiene de rodillas, que perdiste el instinto.