Firmado en la piel (ya Disponible)

Capítulo 15: Diez mil metros de impunidad

El ronquido metálico de las turbinas del Learjet 60 se fundía con el eco mental del desastre que dejaban atrás, mientras una delgada y persistente línea de humo negro —fruto de un cortocircuito en el panel de navegación secundario provocado por la urgencia del despegue— comenzaba a serpentear perezosamente por el techo de la cabina presurizada, dibujando arabescos tóxicos que olían a cobre quemado y plástico fundido. A diez mil metros de altura, el cielo nocturno era un abismo de tinta negra salpicado de estrellas indiferentes, pero dentro del habitáculo privado, el aire ardía con la electricidad estática de la codicia y el pecado consumado, un campo de batalla claustrofóbico donde la única ley que regía era la del descontrol absoluto.

Elena seguía montada sobre las piernas de Mateo, con el cuerpo perlado de un sudor brillante que olía a almizcle, colonia cara y a la pólvora fresca de la mansión incendiada que aún impregnaba los poros de su piel. El maletín blindado yacía abierto a sus pies, funcionando como un altar pagano e improvisado donde los fajos de euros termosellados y los diamantes sueltos competían por la atención con el macabro tupperware que guardaba el dedo de don Sterling. Entre las sacudidas intermitentes de la turbulencia, el apéndice sumergido en formol flotaba de costado, hinchado y pálido, golpeando rítmicamente contra las paredes de plástico con un repiqueteo seco y macabro que parecía marcar el pulso cardíaco de la fuga, un metrónomo lúgubre que latía al compás de la perdición.

—Miralo bien, mi rey —susurró Elena con su voz ronca, arrastrando las erres con una malicia tropical mientras deslizaba sus uñas acrílicas, pintadas de un rojo sangre insolente, por el cuello manchado de hollín de Mateo—. Tu viejo se pasó la vida entera guardando secretos en paraísos fiscales, construyendo imperios de papel y sangre sobre las ruinas de este país de morosos, y ahora mismo su propio pulgar amputado es la llave que va a financiar nuestros vicios más obscenos en las Antillas. ¿No te da una risa loca, chico?

Mateo no sonrió. Tenía los ojos grises clavados en la boca húmeda y entreabierta de la dominicana, sintiendo cómo el calor de su sexo apretando sus muslos actuaba como un anestésico denso y definitivo contra cualquier atisbo de culpa, remordimiento o humanidad rezagada, un escudo de carne y delirio que lo aislaba por completo de los escombros humeantes de su apellido y de las sirenas policiales que ya comenzaban a apagarse en la lejanía de la pista porteña, mientras a miles de kilómetros de allí, en un búnker financiero sumergido bajo el calor perpetuo y húmedo de George Town en las Islas Caimán, el servidor central cifrado de la cuenta ómnibus «Sterling & Heir» experimentaba un sobresalto eléctrico invisible al registrar la proximidad satelital de un vector biométrico autorizado en altitud de crucero —una descarga silenciosa de datos encriptados que viajaba a la velocidad de la luz a través de cables submarinos protegidos por murallas infranqueables de códigos binarios—, activando de inmediato un criptoalgoritmo de recuperación automática programado para despertar ante la señal inequívoca del dedo inerte y desencadenar una cascada furiosa de millones de dólares sucios en transferencias cruzadas a lo largo de cinco paraísos fiscales distintos, desde Panamá hasta Chipre, blanqueando el botín en milésimas de segundo mediante una compleja red de empresas fantasma y testaferros anónimos que ni la mismísima Interpol, con todos sus ejércitos de auditores y peritos forenses, lograría desentrañar jamás; y, ajeno por completo a ese milagro contable que transformaba el desfalco en pura soberanía líquida, Mateo ejecutó un movimiento brusco, dominante y carente de toda ternura, sujetándole la nuca con la mano derecha para hundir los dedos con violencia en su alborotada melena oscura, obligándola a inclinarse hacia adelante con una fuerza implacable, mientras con la izquierda rescataba la vieja petaca de plata del bolsillo rasgado de su esmoquin destrozado, un objeto de herencia familiar que ahora servía como cáliz para el sacrilegio, desenroscando la tapa con los dientes con un chasquido metálico y seco para dar un trago largo y desesperado a un fernet negro y espeso, puro, denso como brea destilada en el infierno, sin rebajar con gaseosa ni concesiones de ninguna especie, dejando que el amargor hirviente, vegetal y salvaje de las hierbas porteñas le quemara la garganta como un fuego sagrado antes de atraparla en un beso brutal, posesivo y hambriento que sabía a alcohol amargo, a tabaco rubio de contrabando y a la esencia misma de una noche entregada por entero al vicio, un intercambio voraz donde Elena ahogó un gemido gutural que se perdió entre el silbido monótono de las turbinas, abriendo los labios con una entrega febril y desesperada para recibir el veneno líquido directamente de su boca, mientras sus caderas de fuego comenzaban a friccionar contra la pelvis de Mateo con una cadencia hipnótica, rítmica y casi ritualista, una danza de fricción carnal y descontrol absoluto que desafiaba por igual la ley de la gravedad, los códigos penales y el más elemental sentido común.

El calor dentro de la cabina se volvió absolutamente irrespirable, un horno móvil donde la fricción constante de la piel contra la piel desataba chispas invisibles en la penumbra, mientras el humo negro del panel seguía bajando en espirales densas, acariciando sus cabezas sudorosas como un velo fúnebre que parecía bendecir su sangrienta alianza con el mismísimo infierno; Elena arqueó la columna con una elasticidad felina, ofreciendo el perfil perfecto de sus pechos firmes que rebotaban con violencia al ritmo de los baches aéreos, y con un manotazo descuidado y soberbio, pateó los diamantes que se deslizaron por el cuero blanco de los asientos como lágrimas de hielo desparramadas sobre una tumba vacía, mientras soltaba una carcajada cargada de veneno: —¡Que se pudra Buenos Aires, que se incendie la Bolsa de Comercio con todos los gerentes adentro y que se mueran asfixiados los malditos acreedores! —jadeó ella entre espasmos salvajes de placer, perdiendo por completo la compostura en un torrente de gritos ahogados cuando las manos de hierro de Mateo le clavaron los dedos en la carne jugosa de los glúteos, levantándola en el aire apenas un segundo para dejarla caer de nuevo con una precisión milimétrica, sádica y perfecta sobre su erección desatada—. ¡Mírame a los ojos, Mateo! ¡Dime que todo este dinero negro es nuestro y que ningún juez de turno nos va a bajar jamás de este cielo!




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