Física Mortal

Capítulo 1: El saldo en rojo

El cajero automático le devolvió el recibo con una lentitud casi burlona, y Matías Ferreyra lo leyó de pie, bajo la luz blanca del vestíbulo del banco, con la mochila colgando de un solo hombro. Saldo disponible (Negativo): setecientos cuarenta y un mil ochocientos setenta. Lo dobló en cuatro, después en ocho, y se lo metió en el bolsillo del pantalón junto con las llaves y un chicle sin envoltorio. Afuera lloviznaba. Esperó un rato largo antes de salir, como si la lluvia fuera a decidir por él.

Tenía veintinueve años y diez meses. Lo sabía con esa precisión idiota con que los hombres sin trabajo cuentan todo: los días desde el último sueldo, las monedas del frasco, los colectivos que podía pagarse en una semana. Hasta marzo había sido encargado de depósito en una distribuidora de bebidas en Haedo. Seis años de levantarse a las cinco, de contar cajones y discutir con choferes, hasta que la empresa cerró de un día para el otro, con un cartel pegado en el portón y una indemnización que llegó en tres cuotas y se evaporó en dos meses. Lo que quedaba eran los números: la tarjeta, el préstamo que había pedido para arreglar el techo de su madre, el alquiler atrasado, y un tipo llamado Rolando que ya no mandaba mensajes sino que llamaba, y llamaba siempre a las ocho de la mañana, cuando uno todavía no se ha puesto la máscara.

Esa tarde el teléfono vibró en el colectivo. Dejó que sonara. Miraba por la ventanilla los frentes de las casas bajas, los kioscos con las persianas a medio subir, y pensaba, sin dramatismo, que a su edad su padre ya tenía dos hijos y una cuota del Renault 12. Él tenía un departamento de un ambiente con humedad en una pared y una novia que lo esperaba esa noche con la cena hecha.

—¿Y? —preguntó Lucía apenas lo vio entrar.

—Nada. Dejé currículums en tres lugares más.

—¿Y el del supermercado?

—Dicen que me llaman.

Los dos sabían lo que valía ese «dicen que me llaman». Ella revolvía una olla con fideos y no volvió a mirarlo, y eso fue peor que cualquier reproche. Lucía trabajaba doble turno en una farmacia y llevaba semanas pagando más de lo que le correspondía, sin cuentas en voz alta, con una paciencia que a Matías le pesaba como una deuda más. Comieron mirando el televisor apagado, el reflejo de los dos en la pantalla negra.

—Mi mamá preguntó si querías ir el domingo —dijo ella al fin.

—Voy a ver.

—Matías.

—Voy a ver, dije.

Lo dijo más seco de lo que quería. Ella asintió despacio, levantó los platos, y él se quedó sentado oyendo el agua correr, odiándose con una calma metódica. No había nada que pudiera hacer esa noche. Eso era lo insoportable: no la pobreza en sí, sino la quietud, las horas enteras de no poder mover ninguna pieza.

Fue Gonzalo, el amigo de siempre, quien lo dijo primero, una semana después, en la vereda de un bar donde Matías solo pidió agua con gas.

—Yo conozco a un tipo que arma peleas en un gimnasio de Ramos. Programas chicos, cuatro rounds. Pagan bien si te ofrecés de relleno.

—¿Relleno?

—Alguien tiene que perder, Mati. O al menos aguantar. Te dan seiscientos mil si subís y doscientos mil más si la terminás antes del tercero.

Matías se rio, pero la risa se le apagó enseguida. Gonzalo no se reía.

—Yo nunca boxeé.

—Jugaste al fútbol.

—A los doce años.

—Tenés buen físico, te mantenés. Y no tenés nada que perder, perdoná que te lo diga.

No le contestó. Esa noche, a las tres de la mañana, con Lucía respirando a su lado, hizo la cuenta una y otra vez. Ochocientos mil no cubrían no cubrían el agujero, pero cubrían el mes. Un mes era algo. Un mes era la diferencia entre llamar a Rolando o que Rolando lo llamara a él. No pensó en la gloria ni en demostrar nada; pensó en el techo de su madre, en la humedad de la pared, y en lo barato que se había vuelto su cuerpo.

El gimnasio quedaba sobre una calle empedrada, debajo de un taller mecánico, y se anunciaba con un cartel descolorido donde la palabra BOXEO había perdido la X. Adentro olía a cuero viejo, a sudor sedimentado, a desinfectante barato que no desinfectaba nada. Una bolsa colgaba de una cadena oxidada y alguien la golpeaba con un ritmo seco, constante, que a Matías le recordó el motor de un camión lejano.

—¿Vos sos el de Gonzalo? —Era un hombre de unos sesenta años, bajo, con las orejas hinchadas como coliflores y una toalla al cuello—. Soy Don Aurelio. ¿Cuánto pesás?

—Ochenta y cuatro.

—Ochenta y cuatro. —Lo miró de arriba abajo con la desgana de un verdulero que evalúa una fruta—. Dame las manos.

Matías las extendió. Aurelio las giró, las apretó, las soltó.

—Manos de laburante. Sirven. El resto lo vamos a ver.

El resto fue un desastre. Las primeras dos semanas Matías descubrió que el cuerpo, ese que creía conocer, era un extranjero torpe. No sabía pararse. No sabía cerrar el puño sin lastimarse el pulgar. Saltaba la soga y se enredaba en ella como un animal en una trampa, y desde el fondo del gimnasio alguien soltaba una carcajada. Había pibes de dieciocho años que se movían como si el aire fuera de ellos, y él, que a los treinta casi, jadeaba a los tres minutos con un sabor metálico trepándole por la garganta.

—¡Los pies, flaco, los pies! —gritaba Aurelio—. ¡Estás bailando con el culo!

—Dejalo, Aurelio, si lo van a matar igual —dijo un peso mediano apodado el Turco, sin siquiera dejar de golpear el saco.

Hubo risas. Matías apretó la mandíbula y siguió. Volvía a su casa con las costillas ardiendo, los antebrazos temblando, las manos hinchadas dentro de unas vendas que no sabía poner. Se dormía sentado. Lucía le frotaba pomada en la espalda sin decir una palabra y una noche, en la oscuridad, le preguntó:

—¿Es para pagar lo de tu mamá?

—Es para pagar todo.

—Tengo miedo de que te lastimen.

—Es relleno —respondió él—. Aguanto un par de rounds y me pagan.

No era una respuesta. Ella lo sabía, y lo dejó pasar.




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