Flores Nocturnas

Capítulo 5: Violeta – El aroma de la despedida

La última en llegar al jardín de la Quinta Avenida no fue una mujer, sino una promesa rota. Violeta apareció en el umbral de la noche habanera cuando el aire ya estaba viciado por los fracasos de las que la precedieron. Tenía esa belleza insultante de la juventud que aún no ha sido masticada por la ciudad; una piel que olía a jabón de cuaba y a la albahaca que crecía en el alféizar de su ventana en un pueblo perdido de la Ciénaga de Zapata. Su nombre no era una metáfora de su estatus, sino el color de sus ojos cuando la luz del atardecer los golpeaba de soslayo: un tono violáceo, profundo y acuoso, como el de las flores que crecen en los cementerios rurales, alimentándose de la memoria de los muertos.

Violeta había crecido en una casa de madera que se levantaba sobre pilotes en medio del pantano. Su padre era pescador de camarones y su madre vendía flores silvestres en el mercado del pueblo. Tenían poco, pero ese poco alcanzaba para mantener la dignidad intacta. Violeta pasaba las tardes ayudando a su madre a recoger violetas salvajes que crecían cerca del agua, flores pequeñas y resistentes que su madre decía que tenían el poder de alejar la mala suerte.

Todo cambió cuando un huracán arrasó la costa y se llevó la casa, las redes de pescar y la vida que conocían. Su padre murió intentando salvar las embarcaciones. Su madre, rota por el duelo, enfermó de tristeza y murió seis meses después, dejando a Violeta de diecisiete años completamente sola.

Fue entonces cuando apareció Rafael, un hombre de unos treinta años que se presentó como promotor de talentos para cabarets en La Habana. Llegó al pueblo buscando muchachas bonitas para trabajar como bailarinas. Le prometió a Violeta un trabajo honesto, un salario decente, una habitación limpia. Le habló de la capital como si fuera el paraíso, un lugar donde una muchacha con sus ojos podría construirse un futuro.

—En La Habana —le decía Rafael mientras la miraba con una intensidad que ella confundió con interés genuino—, las calles están llenas de oportunidades. Una muchacha como tú podría vivir como una reina.

Violeta no huía de la violencia como Dalia, ni buscaba el lujo como Orquídea. Ella simplemente no tenía nada más que perder. Aceptó la oferta de Rafael y subió al autobús que la llevaría a la capital, aferrada a una pequeña maleta que contenía tres vestidos, un rosario de su madre y un manojo de violetas secas.

Pero la geografía de la esperanza es traicionera. Cuando llegaron a La Habana, Rafael no la llevó a ningún cabaret. La condujo directamente a un apartamento en la Quinta Avenida donde la esperaba la misma mujer de ojos fríos que había evaluado a todas las demás. La dueña del negocio miró a Rafael y asintió con aprobación.

—Fresca del campo, tal como pediste —dijo Rafael mientras contaba los billetes que la mujer le entregaba—. Inocente, sin vicios. Te va a dar buen rendimiento.

Violeta comprendió entonces que había sido vendida como ganado. Intentó huir, pero Rafael la sujetó del brazo con una fuerza que le dejó marcas moradas.

—No seas tonta, muchacha —le dijo con una sonrisa que ya no fingía bondad—. No tienes a dónde ir. Tu familia está muerta. Aquí al menos comerás todos los días.

Su primer encuentro ocurrió esa misma noche. No hubo preámbulos románticos, solo la urgencia mecánica de un hombre que había pagado extra por ser el primero. Violeta cerró los ojos e intentó transportarse mentalmente al pantano, al olor de las flores silvestres, al sonido de las redes de su padre golpeando el agua. Pero no funcionó. El dolor era demasiado real, demasiado inmediato. Aquella noche comprendió que el verdadero olor de las flores nocturnas no era el del perfume, sino el de la rendición.

Se miró al espejo de un baño de azulejos amarillentos y vio que sus ojos violetas ya no miraban hacia el futuro, sino hacia un vacío que empezaba a devorarla desde adentro. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, y luego se lavó la cara con agua fría, comprendiendo que las lágrimas eran un lujo que ya no podía permitirse.

Pasaron los meses y Violeta se convirtió en la sombra de las demás. Se movía por la avenida como una exhalación, conservando todavía un rastro de torpeza en sus movimientos, una vulnerabilidad que atraía a los clientes más crueles, aquellos que disfrutaban viendo cómo la luz se extinguía en una mirada nueva. Ella era la que todavía lloraba a escondidas después de cada encuentro, la que aún buscaba alguna forma de escapatoria, sin entender que en la Quinta Avenida las salidas eran solo ilusiones.

Conocía a las otras de vista, pero nunca había hablado realmente con ellas. Azucena, la pálida, que parecía un fantasma arrastrándose por la avenida. Dalia, con sus moretones mal disimulados y su mirada de animal acorralado. Camelia, envuelta en su frialdad como en un abrigo de pieles. Y Orquídea, que había caído de las alturas y ahora mendigaba clientes con la misma desesperación que las demás.

Una madrugada, cuando el rocío empezaba a cubrir los capós de los coches de lujo con una pátina de frío, las cinco coincidieron bajo el arco de una mansión abandonada. No fue planeado; simplemente todas habían buscado refugio del mismo aguacero repentino que había vaciado la avenida de clientes.

Azucena estaba allí, apoyada contra una columna, su palidez volviéndose casi translúcida bajo la luz espectral de las farolas. Parecía una estatua de sal a punto de disolverse. A su lado, Dalia intentaba encender un cigarrillo con dedos temblorosos, las magulladuras en sus brazos fundiéndose con las sombras de la noche; sus ojos eran dos pozos de rabia cansada. Camelia, imperturbable en su distancia habitual, miraba el reloj de pulsera con la impaciencia de quien espera que el tiempo pase más rápido, su rostro una máscara de perfección que empezaba a agrietarse por las comisuras. Y Orquídea, despojada de sus joyas, lucía un vestido raído que delataba su caída, aferrándose a un bolso vacío como si dentro guardara los restos de su dignidad.




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