Fènix

CAP 1: Las treguas invisibles

Janise

La primera mentira que aprendí sobre el cáncer fue que un día termina.

La dicen los médicos con la mejor intensión del mundo, intentando regarle u faro en medio de una tormenta. La repiten las personas que te quieren porque necesitan créela tanto como tú, para no desmoronarse frente a tu cama. Incluso aparece en las películas y en las novelas románticas baratas, donde todo culmina con una campana sonando en un pasillo iluminando, globos de colores y abrazos llenos de lagrimas felices. Pero nadie habla de lo que ocurre después de que la campana de apaga. Nadie te explica que sobrevivir, a veces, también puede convertirse en una enfermedad silenciosa.

La palabra remisión nunca significo paz para mí. Significo silencio. Ese silencio espeso, pesado y cargado que queda en el aire cuando termina un huracán y el bosque entero se queda mudo, conteniendo el aliento, esperando el siguiente relámpago. Tenía apenas veintidós años cunado escuche decir a mi oncólogo que ya no había evidencia de enfermedad en mí cuerpo. Sonreí porque era lo que se esperaba de mí. Abracé a mi madre porque vi el alivio reflejado en su rostro cansado. Le di las gracias a doctor. Pero mientras todos a mi alrededor respiraban aliviados, una pregunta comenzó a instalarse dentro de mi pecho con la paciencia de las cosas que nunca mueren: ¿Y si vuelve?

Si hizo costumbre durante 8 años estar ala espera de un resultado de laboratorio no podía de repente dejar de pensar en que ya no había nada. Desde ese día vivo así. No esperando la muerte de manera trágica, sino viviendo bajo la sombra de una llamada telefónica, de un resultado de laboratorio, de una mancha extraña en una pantalla de rayos X. aprendí a temerle a los tubos de ensayos mas que a cualquier otra cosa en este mundo.

La cicatriz de mi cabeza casi no se nota si no sabes buscarla. Es un línea delgada y plateada en la base de mi cráneo, oculta debajo de mi cabello grueso, como si alguien hubiera bordado un hilo de plata directamente sobre mi piel. A veces olvido que esta ahí, hasta que mis dedos la encuentran por accidente mientras me cepillo frente el espejo. Een ese microsegundo vuelvo a tener doce años. Vuelvo a sentir el olor penetrante del antiséptico, a ver las paredes blancas y a mi madre sujetando la mía con fuerza y a mi padre sonriendo mientras sus ojos gritaban de puro terror. Los adultos creen que los niños no entienden el miedo, pero se equivocan. Lo entienden perfectamente; solo que no tiene las pablaras correctas para nombrarlo.

Aquel tumor en la base de mi cráneo fue solo el inicio. Los médicos repetían que era “benigno”, como si esa palabra pudiera borrar el hecho de que me abrieron la cabeza. Después llegaron otras cirugías que destrozaron mis planes: el cuello, el fémur, meses interminables de rehabilitación, agujas y analgésicos. Mi adolescencia no existió. Mientras las chicas de mi edad aprendían a maquillarse, a coquetear y a salir de fiesta los fines de semana, yo aprendía a distinguir el sonido de una bomba de infusión del de un monitor cardíaco. Faltaba tanto a la escuela que me convertí en un fantasma para mis compañeros. Ellos eran perfectos desconocidos para mí, y yo era la chica enferma que aparecía de vez en cuando. Mis únicos amigos reales eran los enfermeros del turno de la noche que me traían gelatinas a escondidas y los doctores que me hablaban con la verdad descarnada de los adultos.

Por eso no sé cómo convivir con la gente normal. No confío en nadie. Me da un pánico paralizante dejar que un chico se acerque, construir una relación y de repente desaparecer, morir de golpe y dejarlo roto. O peor aún, tengo miedo de que me lastimen a mí. Ya vi suficientes sombras en mi propia casa como para saber que el amor es una trampa.

Mi familia está muy lejos de ser perfecta o armoniosa. Hemos tenido altas y bajas destructivas. A veces tengo la certeza de que mis padres siguen juntos en ese matrimonio solo para mantener las apariencias, para que mis hermanas y yo no veamos cómo se cae a pedazos su mundo. Jugamos a ser la familia ideal ante la sociedad, pero la realidad es que mis padres son adictos al trabajo. Usan el cansancio y las juntas ejecutivas como una anestesia para evitar sentarse a la mesa y aceptar la disfunción de nuestra convivencia diaria. La terapia individual conmigo no funcionó para sanar esa ansiedad; cuando mi psicóloga sugirió que debíamos hacer terapia familiar y sentar a mis padres en el diván, ellos simplemente se negaron con desdén. "Nosotros no estamos locos, Janise, el trabajo no se atiende solo", dijeron al unísono. Y volvieron a encerrarse en sus oficinas.

Para colmo, la trombo embolia pulmonar que me atacó a los veinte años, justo cuando creía que ya había pagado todas mis deudas con el destino. Intentar respirar y descubrir que tus pulmones ya no te obedecen es una experiencia que te cambia los cables del cerebro. Desperté días después en terapia intensiva con un diagnóstico extra: síndrome antifosfolípido. Mi sangre tiende a coagularse cuando quiere. Los médicos me hablaron de tratamientos que aumentan el riesgo de aborto al máximo y que harían de cualquier embarazo una zona de peligro. El sueño que siempre tuve desde niña —tener una casa grande llena de hijos corriendo por el jardín— se volvió una lotería casi imposible.

Los corticoides de esa época destruyeron mi metabolismo, sumergiéndome en una obesidad severa provocada por la cortisona y la ansiedad. Mirarme al espejo era una tortura diaria. Pero no me rendí. Pasé cuatro años de disciplina militar en el gimnasio, entrenando con dolor, no por vanidad ni por encajar en los estándares estúpidos de la sociedad, sino por pura supervivencia; mi sistema cardiovascular no iba a resistir otro golpe. Hoy, gracias a esa constancia y a la excelente genética de mi madre, el espejo me devuelve la imagen de un cuerpo con unos cuantos kilos menos que es completamente sano; un cuerpo que hoy puede ser envidiable por las curvas, por el abdomen plano y esa pequeña cintura que resalta con cualquier prenda. Pero por dentro, la armadura sigue siendo de acero.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.