Fènix

CAP 2: Monedas al aire

Janise

La ventaja de haber crecido en un hospital es que desarrollas un radar infalible para detectar la insistencia. El problema de los tipos como Liam Carter es que no saben cuándo retirarse porque el mundo nunca les ha enseñado el significado de la palabra *límite*. Para él, un "no" no era una barrera infranqueable; era un desafío, una línea en la arena que su ego le ordenaba cruzar a toda costa.

El segundo round de su espectáculo patético ocurrió exactamente tres días después, durante la cena formal de compromiso que mis padres organizaron en el gran jardín de nuestra casa familiar.

Camila estaba radiante, vestida con un diseño sutil que la hacía ver etérea. Su prometido, Ethan Harper, la miraba como si fuera el único faro en medio de una tormenta de alta mar. Verlos así, tan sintonizados, tan ridículamente felices, me dio una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la envidia. No una envidia mala, sino esa melancolía sorda de saber que tu propia vida está bajo una tregua médica demasiado frágil como para permitirte el lujo de soñar con un "para siempre". El amor requiere fe en el futuro, y mi futuro se medía en el espacio que había entre un análisis de sangre y el siguiente.

Para huir del ruido sordo de las copas de cristal, de la música instrumental y de las preguntas incómodas de mis tíos sobre por qué pasaba tanto tiempo encerrada estudiando en lugar de buscarme un novio formal, me refugié en la terraza exterior del jardín trasero. El aire de la noche en California estaba fresco, trayendo consigo el aroma húmedo de las palmeras y las flores de azahar. Me ayudó a deshacer el nudo de ansiedad que siempre se me instalaba en la boca del estómago cada vez que había demasiada gente a mi alrededor fingiendo que todo era perfecto.

Apoyé las manos en el barandal de piedra tallada, cerrando los ojos por un instante. Solo quería cinco minutos de silencio absoluto. Cinco minutos para no ser Janise, la sobreviviente del cáncer; cinco minutos para ser solo una estudiante de veintidós años respirando bajo las estrellas, lejos de las miradas de reojo de mis padres, que seguían ignorándose mutuamente en las mesas principales mientras sonreían para las fotos familiares.

—¿Siempre te escondes en las esquinas cuando la gente intenta celebrar, o es que mi presencia te asusta tanto que necesitas un escape de emergencia?

La voz profunda, arrastrada y teñida de esa suficiencia insoportable rompió mi calma de golpe. Abrí los ojos, pero me mantuve de espaldas un segundo entero, obligándome a respirar hondo para no perder la compostura antes de girarme.

Liam Carter estaba apoyado contra el marco de la puerta corrediza de cristal que daba a la sala principal. Se había quitado la chaqueta del esmoquin, llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos con un descuido perfectamente calculado, revelando la sombra de sus tatuajes oscuros y el relieve de sus venas. Los dos primeros botones de la camisa estaban desabrochados. Traía dos copas de champaña en las manos y esa sonrisa de cazador que parecía haber ensayado frente al espejo antes de salir de su hotel.

—No me escondo, Carter. Disfruto de mi propio espacio. Algo que claramente tú no sabes respetar porque crees que todo el suelo que pisas te pertenece —respondí, dándome la vuelta con lentitud y cruzándome de brazos, estableciendo una barrera física instantánea.

Liam soltó una risa baja, un sonido ronco que resonó en el espacio abierto de la terraza, y caminó hacia mí con pasos lentos, fluidos, acortando la distancia con la confianza de un mariscal de campo que tiene el partido bajo control en el último cuarto. Me extendió una de las copas, rozando casi la tela de mi vestido largo de color esmeralda. Sus ojos oscuros volvieron a hacer ese recorrido descarado por mi pequeña cintura, mi cuello y mis labios, buscando ese destello de timidez, nerviosismo o coquetería que estaba acostumbrado a recibir del resto de las mujeres del planeta.

—Te traje esto —dijo, bajando el tono de voz a un susurro que pretendía crear una atmósfera de complicidad íntima—. Un brindis por el éxito de Camila y Ethan. Y también... una disculpa formal por lo del otro día en el club. Admito que no empezamos con el pie derecho, Janise. Pero podemos arreglarlo ahora.

Miré la copa de champaña donde las burbujas subían rápidamente. Luego levanté la vista y miré fijamente sus ojos, que brillaban con la satisfacción anticipada de quien cree que ya ha ganado la jugada completa.

—No bebo alcohol. Interfiere de manera directa con mis medicamentos y mis niveles de coagulación —solté, con un tono tan clínico, plano y seco que la sonrisa de Liam flaqueó notablemente por un milisegundo, como si le hubiera soltado un balde de agua fría en medio de su discurso de seductor.

—Vamos, es solo una copa para brindar, no te va a pasar nada malo por un par de sorbos —insistió, dando un paso más hacia el frente, invadiendo mis metros cuadrados sin miramientos. Su aroma a madera, cuero y tabaco caro me golpeó de frente, pero no retrocedí ni un centímetro. Mantuve mi distancia emocional rígida como una pared de concreto armado.

—Dije que no, Carter. Y cuando yo digo no, es una respuesta definitiva, no una invitación para que sigues negociando —le sostuve la mirada, congelando cualquier intento de calidez en sus ojos—. Mi salud no es un juego ni una excusa para tus caprichos de chico malo que no acepta el rechazo. Si estás tan desesperado por una compañera de tragos, adentro hay una fila entera de primas mías y amigas de la familia que estarían más que encantadas de inflarte el ego toda la noche. A mí déjame en paz.




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