Fènix

CAP 3: El peso de la carne

Janise

La gente normal cree que el cuerpo es una máquina perfecta diseñada para el movimiento y el placer. Yo sé que es un mapa de debilidades, un terreno minado donde la física y la biología libran una guerra silenciosa todos los días. Quizá por eso elegí estudiar fisioterapia y rehabilitación; después de haber pasado media vida viendo cómo los médicos intentaban salvarme de la muerte en una mesa de operaciones, yo quería aprender a devolverle la dignidad a los músculos.

Quería enseñar a la gente a moverse otra vez cuando sus propios cuerpos decidían traicionarlos. Estudiar las inserciones musculares, los ligamentos, las cadenas cinéticas y los ángulos de flexión era mi forma de tener el control sobre algo tangible. En el laboratorio de la universidad, rodeada de diagramas anatómicos, camillas de tracción y goniómetros, no había espacio para la incertidumbre de mi sangre. Todo era lógica, anatomía y esfuerzo medible.

Pero en la vida real, fuera de las aulas, los cuerpos también son el escondite favorito del ego. Especialmente el cuerpo de Liam Carter.

El cuarto asalto de su cruzada personal ocurrió en el gimnasio de alta gama de las instalaciones de entrenamiento de los Pacific Breakers. Mi cuñado, Ethan, me había pedido el favor de pasar a recoger unos informes impresos sobre la biomecánica de pisada de sus jugadores lesionados antes de que yo fuera a mi turno del hospital.

Era media tarde y el lugar estaba prácticamente vacío, cubierto por ese olor a caucho limpio, metal y desinfectante industrial, salvo por una figura gigante que terminaba su rutina en la zona de peso libre.

Liam estaba de espaldas a la entrada, levantando una cantidad absolutamente absurda de discos de hierro en una barra olímpica. El sudor le corría en hilos por el cuello, marcando el canal profundo de su columna y la tensión violenta de sus deltoides y trapecios con cada repetición

. Al escuchar el eco sordo de mis zapatos clínicos en el suelo de goma negra, dejó caer la barra con un estruendo innecesario que resonó en todo el lugar, haciendo vibrar los espejos de la pared. Un truco barato y ruidoso para obligarme a girar la cabeza y mirarlo.

Se pasó una toalla blanca por la nuca con movimientos lentos y caminó directo hacia mí, interceptándome en el pasillo estrecho que quedaba entre las máquinas de poleas y los bancos de presión. Llevaba una playera de tirantes gris oscuro que dejaba al descubierto sus brazos masivos cubiertos de tatuajes y ese pecho del que media California hablaba en los programas de deportes.

—Oye —me cerró el paso por completo, obligándome a detenerme a un metro de distancia si no quería chocar contra su pecho—. Admito que lo del estadio fue un mal día para mí. Los nervios de la temporada, supongo. Pero no me vas a decir que ver esto en vivo y en directo no te impresiona ni un poco, Janise.

Se cruzó de brazos, tensando los bíceps de manera deliberada y apoyando el peso del cuerpo en una sola pierna con esa estampa de atleta invencible que vendía millones en los comerciales de televisión.

Era su último recurso disponible: apelar a la carne, seguro de que una estudiante de veintidós años caería de rodillas ante su físico de catálogo si lo tenía lo suficientemente cerca.

Lo miré. Pero no lo miré como él quería que lo hiciera. Mis ojos lo recorrieron con una lentitud clínica, desapasionada, fría, como quien examina un cadáver de plástico o un modelo de resina en el laboratorio de anatomía de la facultad. Evalúe su postura, el desequilibrio milimétrico en sus hombros debido a los impactos del fútbol americano y la tensión excesiva en su trapecio superior derecho.

—Estudio fisioterapia y rehabilitación, Carter —dije, con mi voz monótona de siempre, sin alterar un solo músculo de la cara ni demostrar el más mínimo rastro de timidez—. Me paso cinco días a la semana viendo, tocando y analizando cuerpos humanos. He visto a personas con paraplejía dar su primer paso después de meses de parálisis total; he visto la verdadera fuerza en las manos temblorosas de ancianos que apenas pueden sostener una taza de café tras sufrir un evento cerebrovascular. He visto cirujanos reconstruir extremidades destrozadas desde cero en una sala de urgencias.

Di un paso firme hacia delante, obligándolo a retroceder unos centímetros por el puro peso de mi indiferencia geométrica.

—Un par de músculos hipertrofiados por levantar metal en un gimnasio de lujo no me causan absolutamente nada, Carter. Eres un envase simétrico, sí, pero eres predecible. Y lo predecible me aburre profundamente. Con permiso, tengo un informe que entregar.

Lo esquivé por el lado izquierdo sin dejar que la tela de su playera me rozara el hombro. A través de la enorme pared de espejos del gimnasio, alcancé a ver cómo se quedaba completamente inmóvil en medio de la sala. Tenía la boca entreabierta, los brazos caídos a los costados y una expresión de absoluta derrota pintada en los ojos oscuros. El gran mariscal de campo estrella acababa de ser reducido a un simple espécimen anatómico aburrido por una chica que ni un pestañeo le había regalado.

El quinto y último asalto de su ridículo ocurrió el viernes por la noche, durante una gala benéfica de etiqueta en el gran salón del hotel Regency.

Mis padres habían asistido, por supuesto. Llevaban sus sonrisas plásticas de portada de revista de negocios, saludando a los empresarios locales y a los inversionistas de la constructora mientras yo sabía perfectamente que no se habían hablado en todo el viaje en coche.




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