Fènix

CAP 4: El tic-tac de la mañana

Janise

El despertador no me levanta a mí; yo lo levanto a él. A las 5:30 de la mañana, mis ojos ya están abiertos, fijos en el techo oscuro de mi habitación. Es una costumbre que se te queda grabada a fuego cuando pasas años en una cama de hospital, esperando que la enfermera del turno matutino entre a encender las luces fluorescentes y a cambiarte la bolsa del suero.

Me siento en la orilla de la cama y, antes de que mis pies toquen el suelo frío, cumplo con mi primer ritual del día: coloco dos dedos en mi cuello, justo sobre la arteria carótida. Cuento los latidos. Ritmo regular. Ni muy rápido, ni muy lento. Mi sangre sigue fluyendo, no se ha estancado, no hay coágulos saboteándome el pecho esta mañana. El síndrome antifosfolípido me da los buenos días así, recordándome que mi cuerpo es una tregua diaria que se firma cada veinticuatro horas.

Me pongo de pie y camino hacia el espejo del baño. Me observo sin juzgarme, de forma casi clínica. Gracias a la genética de mi madre, el esfuerzo de estos últimos cuatro años en el gimnasio se nota: tengo el abdomen plano, una pequeña cintura y curvas que rellenan la ropa de manera envidiable. Pero cuando recojo mi cabello en una coleta alta, ahí está ella. La miro fijamente. Es una línea delgada y plateada en la base de mi cráneo. Mi cicatriz de los doce años. La marca que me recuerda que la fragilidad y la fuerza pueden vivir en la misma piel.

Bajo a la cocina en un silencio absoluto. La casa es enorme, hermosa y ridículamente fría. Mis padres ya no están; la cafetera sigue tibia y hay un par de carpetas de la empresa sobre la barra de granito, pero ellos ya salieron corriendo a sus oficinas antes del amanecer. Es su adicción favorita: trabajar hasta el cansancio para no tener que cruzarse en el pasillo, para no tener que mirarse a los ojos y aceptar que su matrimonio es solo un negocio que se mantiene en pie para que Camila, Gaby y yo creamos que somos la familia perfecta. El silencio de la casa me aprieta el estómago, alimentando esa ansiedad latente que la terapia individual nunca pudo quitarme. Preparo mi desayuno con precisión militar: porciones exactas, alimentos limpios, mis medicamentos ordenados en un pastillero de plástico. No hay espacio para el error cuando juegas a la ruleta rusa con tu salud.

A las 7:30 de la mañana ya estoy en el campus de la universidad. El laboratorio de fisioterapia y rehabilitación es mi santuario. Mientras mis compañeros del sexto semestre entran arrastrando los pies, quejándose del tráfico o de las pocas horas que durmieron por salir de fiesta, yo acomodo mis apuntes sobre la camilla.

—Janise, ¿me ayudas con la técnica de movilización pasiva para articulación de hombro? No me sale el ángulo —me pide un compañero cuyo nombre apenas recuerdo. Falté tanto a la escuela en los primeros años que para mí todos siguen siendo rostros difusos, perfectos desconocidos con los que no sé cómo entablar una conversación normal.

—Claro —respondo con mi tono serio, plano.

Me acerco, tomo el brazo del modelo anatómico y coloco mis manos con firmeza milimétrica. Para mí esto no es solo una materia; es aprender a reconstruir lo que la vida rompe. No soy de las que dan abrazos ni ando regalando sonrisas por los pasillos; cuido mis metros cuadrados como si fueran oro. Mis compañeros me consideran fría, un poco distante, y está bien. Prefiero que piensen eso a dejar que se acerquen, que me conozcan y que el día de mañana mi cuerpo decida traicionarme otra vez, dejándolos rotos por mi culpa. Mis únicos amigos reales siguen siendo los doctores y enfermeros que me vieron sobrevivir.

A la salida de la última clase, a mediodía, el aire fresco de la tarde me golpea la cara. Camino hacia el estacionamiento repasando mentalmente mi lista de pendientes cuando una sombra gigante bloquea la luz del sol.

No me hace falta levantar la vista para saber quién es. Su perfume a madera y tabaco caro llega antes que su sombra.

Liam Carter.

Está apoyado contra la puerta de su camioneta negra, una mole blindada que ocupa dos lugares del estacionamiento de la universidad. Lleva unos jeans oscuros, una playera negra lisa que se ajusta a sus hombros masivos y unas gafas de sol que se quita despacio al verme llegar. Ya no tiene esa sonrisa insoportable de comercial de televisión que traía en la gala benéfica o en el club. Tampoco trae bocadillos de etiqueta ni bates de béisbol para montar un show. Se ve... extrañamente humano. Y eso, en lugar de relajarme, hace que mis barreras se tensen el doble.

—Janise —dice, dando un paso corto hacia mí, deteniéndose justo al límite de mi espacio personal, como si por fin hubiera aprendido que si da un paso más lo voy a congelar con la mirada—. No vengo a hacer el payaso. Te lo prometo. Solo... quería asegurarme de que estabas bien después de lo que dijiste en la gala. Y traerte esto.

Extiende la mano. No hay flores, no hay globos ridículos. Es un libro técnico de neurorehabilitación avanzada que sabe perfectamente que llevo semanas buscando en la biblioteca de la facultad.

Lo miro fijamente. Miro el libro. Luego lo miro a él, buscando la trampa, el truco de magia de mariscal de campo estrella que intenta ganar un partido perdido. Pero sus ojos oscuros se mantienen fijos en los míos, sin rastro de burla, esperando en silencio mi veredicto.




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