Janise
Sostengo la correa de mi mochila con más fuerza de la necesaria. El viento de la tarde mueve unos mechones de mi cabello, y por un segundo, el silencio entre Liam y yo en el estacionamiento de la universidad se vuelve tan denso que casi puedo escuchar el tic-tac de mi propio pulso.
—¿Cómo conseguiste este libro, Carter? —pregunto, con mi voz monótona de siempre, aunque por dentro la sorpresa me haya dado un pequeño vuelco en el estómago. Es una edición médica descatalogada.
—Tengo mis contactos —responde él, bajando un poco la cabeza, buscando conectar con mi mirada esquiva. Ya no hay rastro de ese tipo arrogante que me acorralaba contra las paredes. Su postura es casi de tregua—. Escuché a tu hermana Camile decirle a Ethan que te estabas volviendo loca buscándolo para tu proyecto de fin de semestre. Pensé que... bueno, que sería mejor que tener que aguantar mis canapés de salmón.
Una pequeña, casi invisible fisura se abre en mi armadura. No me gusta que la gente me investigue, odio que invadan mi vida, pero el hecho de que se haya tomado la molestia de buscar algo que realmente importa para mi futuro, en lugar de regalarme las típicas idioteces que le regala a las modelos de sus redes sociales, me desarma un poco.
Estiro la mano y tomo el libro, asegurándome de que mis dedos no rocen los suyos. El contacto físico es una línea roja que no estoy dispuesta a cruzar.
—Gracias —digo, seca pero sincera—. Me sirve. Pero esto no cambia nada, Carter. No voy a salir contigo.
Liam suelta una risa baja, una risa que esta vez no suena ensayada, sino genuinamente resignada. Se cruza de brazos, apoyándose de nuevo en su camioneta.
—Ya me di cuenta de que eres una fortaleza difícil de asaltar, Janise. No espero que caigas a mis pies. De hecho... creo que por fin entendí lo que dijiste el viernes. Lo de las tormentas. —Su mirada se vuelve seria, perdiendo toda la ligereza de los primeros días—. Solo quiero que sepas que no todos los que se accesan a ti lo hacen para hacer ruido. Algunos solo queremos saber qué hay detrás del silencio.
No le respondo. No sé cómo responder a la honestidad; estoy entrenada para esquivar la arrogancia, pero la vulnerabilidad me parece un terreno peligroso. Le doy un ligero asentimiento con la cabeza, me doy la vuelta y camino hacia mi auto sin mirar atrás. Esta vez no se sintió como si él hubiera quedado como un payaso. Esta vez, el silencio se sintió diferente.
A las 4:00 de la tarde, la realidad de mi casa me recibe de una manera que no esperaba. Al cruzar la puerta principal, el eco frío y distante que solía envolver las paredes parece haberse disipado. Desde la cocina llega el sonido de unas risas escandalosas y el choque alegre de los utensilios de cocina.
Me asomo despacio y encuentro a Camile y a Anne preparando la mesa. Mis dos hermanas tienen una complicidad natural, una energía vibrante que siempre las une; se entienden con una sola mirada, comparten ropa, secretos y chistes locales a una velocidad que a mí me cuesta seguir. Yo me quedo un momento en el marco de la puerta, observándolas en silencio, sintiéndome como el satélite reservado que órbita alrededor de su calidez. Me cuesta ser tan efusiva, pero verlas sonreír me genera una profunda paz.
—¡Jani, llegaste! —exclama Anne, dejando caer un par de servilletas para acercarse y darme un rápido saludo con la mano—. Llegas justo a tiempo. Papá llamó y dijo que hoy salía temprano de la constructora.
Minutos después, el sonido de la llave en la cerradura anuncia la llegada de mi padre. Cruza el umbral vistiendo su traje formal gris, con su porte imponente y ese rostro serio de hombre de negocios que impone respeto a cualquiera. Sin embargo, en cuanto sus ojos recorren la estancia y nos ve a las tres juntas, sus facciones se ablandan por completo. Es un hombre de pocas palabras, de temperamento reservado, pero profundamente cariñoso a su manera. Detrás de su espalda, esconde un enorme ramo de tulipanes blancos, los favoritos de mi madre.
—Para la mujer que mantiene los cimientos de esta casa en pie —dice con voz profunda y solemne cuando mi madre baja las escaleras.
Mi madre se detiene. Ella es idéntica a mí: seria, elegante, de mirada analítica y pocas demostraciones públicas de afecto. Quien la vea de lejos podría pensar que es fría, pero tiene un corazón de oro. Se acerca a mi padre, acepta las flores con un ligero tinte rosado en las mejillas y le regala una sonrisa pequeña, exclusiva para él.
—Siempre tan predecible, dejas los contratos para el escritorio —responde ella, aunque sus ojos brillan con una devoción genuina.
Nos sentamos a cenar los cinco. Por primera vez en mucho tiempo, las carpetas de la empresa se quedan en los maletines. La cena transcurre en una armonía cálida; papá escucha con atención los detalles de la boda de Camile, mientras mi madre, meticulosa como siempre, nos sirve agua y se asegura de que todas estemos comiendo bien. Su instinto de protección es inmenso, especialmente conmigo. Su mirada se posa en mi plato de forma constante, evaluando mis porciones.
—Janise, ¿cómo estuvieron tus niveles de presión hoy? —me pregunta en un tono bajo, clínico, pero cargado de una preocupación maternal que me oprime el pecho de ternura—. No quiero que te estés exigiendo de más con las guardias en el hospital universitario. El doctor Martínez me llamó para decirme que tu desempeño es excelente, pero ya sabes lo que opino sobre el estrés y tus antecedentes.