Fènix

CAP 6: El perímetro de seguridad

Janise

El olor a café cargado y pan tostado de la cafetería The Daily Grind es lo único que logra apaciguar mi ansiedad a las siete de la mañana. Se ha vuelto mi parada obligatoria antes de entrar al hospital para mis primeras prácticas clínicas de la carrera. Aquí nadie me conoce como la chica de las mil cirugías, ni como la hermana de la futura esposa del entrenador de los Breakers.

Para el barista que me toma la orden con una sonrisa automática mientras limpia la barra, soy solo Janise: la estudiante de fisioterapia seria que siempre pide un té verde con un omelet de claras, paga exacto y se sienta en la mesa de la esquina, pegada a la ventana.

Ahí, viendo el movimiento de la ciudad a través del cristal, disfruto de mis metros cuadrados de paz. Nadie invade mi espacio. Nadie me hace preguntas incómodas.

Pero esa burbuja dura poco cuando llego al área de rehabilitación del hospital universitario.

—¡Janise! Por favor dime que entendiste el protocolo de movilización para pacientes con secuelas de evento cerebrovascular que nos dejó el doctor Martínez —me aborda de golpe Mariana, una de las dos únicas compañeras de la facultad con las que comparto turno en las prácticas.

Mariana es pura energía, habla rápido y siempre trae el cabello recogido en un chongo desordenado. A su lado viene Fer, que está revisando su estetoscopio con cara de pocos amigos debido al turno de la madrugada. Al principio, como yo faltaba tanto a la escuela por mis tratamientos, ellas eran solo rostros difusos en el salón de clases.

Pero la convivencia diaria en los pasillos del hospital, compartiendo el miedo a los regaños de los médicos adscritos y el cansancio de las guardias, ha hecho que el hielo empiece a romperse. No las considero mis mejores amigas aún —ese título todavía le pertenece a los enfermeros veteranos del turno nocturno—, pero son las primeras personas de mi edad que no me miran con lástima ni me consideran un fantasma.

—Sí, lo tengo resumido en mi tableta. Se los paso si quieren —les digo, manteniendo mi tono serio pero ofreciéndoles una taza de café que compré para ellas.

—Eres un ángel con bata, Janise —suspira Fer, tomándolo como si fuera agua bendita—. Si el doctor Martínez me vuelve a preguntar sobre los ángulos de flexión sin haber tomado café, juro que me pongo a llorar en la camilla de tracción.

Mientras caminamos hacia los cubículos de terapia, el doctor Martínez pasa a nuestro lado a paso veloz, saludándome con un asentimiento de cabeza respetuoso. Con los médicos del hospital me entiendo a la perfección. Ellos hablan mi idioma: directo, clínico, sin rodeos sentimentales. Para ellos soy una estudiante brillante que entiende el valor de la disciplina porque sabe lo que es estar del otro lado de la camilla.

Pasamos la mañana moviendo articulaciones, enseñando a pacientes a caminar de nuevo y estirando músculos atrofiados. Al ver a un señor de la tercera edad sonreír cuando logra cerrar el puño por primera vez en meses, siento que todo el esfuerzo vale la pena. Mi cuerpo puede ser una tregua frágil, pero mis manos tienen la fuerza para arreglar el de los demás.

El drama familiar, sin embargo, siempre está esperando en casa.

Esa tarde, la cocina es un campo de batalla silencioso. Camile está sentada en la barra rodeada de muestras de manteles para la boda, discutiendo por mensaje de texto con nuestra madre, quien insiste en cambiar las flores del altar porque "las que eligió Camile no se ven lo suficientemente ejecutivas para los invitados de la empresa". Anne, nuestra hermana menor, está en la esquina de la mesa con los audífonos puestos a todo volumen, ignorando el ambiente y desayunando cereal a las cuatro de la tarde para evadir la realidad de que nuestros padres llevan tres días sin cruzar palabra, usando sus oficinas como búnkers personales.

Me apoyo en el marco de la puerta, observando la escena. Siento esa opresión familiar en el pecho, la ansiedad constante de vivir en una casa que juega a ser la portada de una revista pero que por dentro está sostenida por alfileres.

—Si mamá vuelve a meter el logotipo de la constructora en las invitaciones, juro que me caso en Las Vegas —dice Camile, dejando caer la cabeza sobre la barra con frustración.

—Mamá solo sabe comunicarse a través de contratos, Cami. No te lo tomes como algo personal —le digo, acercándome para acariciarle la espalda de forma breve. No soy muy afecta a las muestras de cariño largas, y mis hermanas lo saben, pero es mi manera de estar ahí.

Anne se quita un audífono, mirándome con ojos cansados.

—¿Otra vez no van a venir a cenar hoy? —pregunta la menor.

—Papá tiene junta de consejo y mamá va a revisar la nueva obra en el norte —respondo, intentando poner mi mejor cara, forzando una sonrisa para que ellas no se derrumben—. Pero podemos pedir pizza y ver una película nosotras tres. Como antes.

Camile me mira, y luego fija la vista en un juego de llaves doradas que sobresale de mi mochila de la universidad.

—Janise... ¿Qué es eso? —pregunta, enderezándose.

Siento que la sangre se me congele un segundo, pero mantengo la voz completamente plana. Meto la mano en la mochila y saco el contrato que firmé esa misma mañana después de salir del hospital.




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