Janise
El sonido de la cinta adhesiva rasgando el aire es el único eco que resuena en las cuatro paredes de mi nuevo departamento a las seis de la mañana. He pasado las últimas setenta y dos horas cargando cajas de cartón, ordenando botes de medicamentos por orden alfabético y asegurándome de que cada centímetro de este tercer piso huela a limpio, a desinfectante y a lavanda; a un territorio completamente mío.
No hay alfombras lujosas como las de la casa de mis padres, ni cuadros de arte moderno comprados para impresionar a los socios de la constructora. Aquí solo hay suelo de madera clara, ventanales grandes que dejan entrar la luz fría del amanecer de California y el silencio absoluto que tanto le costó conseguir a mi sistema nervioso.
Dejo caer la última caja vacía en el suelo y cumplo con mi primer ritual, ahora en una cocina que no me resulta ajena. Apoyo dos dedos en mi carótida. Sesenta y ocho latidos por minuto. Ritmo sinusal, perfecto, constante. Mi presión arterial, que solía dispararse por las noches debido a la tensión silenciosa del comedor familiar, ha marcado niveles perfectos en el baumanómetro digital desde que empaqué la primera maleta.
La psicóloga tenía razón: a veces, el mejor tratamiento médico no viene en un frasco con receta, sino en un juego de llaves que te separa del origen de tus tormentas.
Preparo mi té verde en una taza de cerámica gris y me siento en el único banco de la barra. Es sábado, mi único día libre de las prácticas clínicas en el hospital universitario, y por primera vez en veintidós años, nadie va a bajar las escaleras corriendo con un maletín ejecutivo, ignorándome, ni nadie va a llorar sobre muestras de manteles para una boda que parece más un evento corporativo que una unión de amor. Siento una punzada de alivio, pero también una pequeña opresión en el pecho.
Extraño a Camile y a Anne. Extraño la complicidad ruidosa de mis hermanas, esa calidez de la que yo siempre me sentía un satélite lejano pero que, al fin y al cabo, me recordaba que no estaba completamente sola en el mundo.
Mi teléfono vibra sobre la barra de la cocina, rompiendo la quietud. Es un mensaje de texto en el grupo que creamos hace apenas una semana, titulado "Las de Rehabilitación".
Mariana: ¡Buenos días a la dueña de la bata más impecable de la facultad! Fer y yo estamos saliendo de la guardia nocturna y estamos a punto de colapsar por hipoglucemia. ¿El nuevo santuario de Janise acepta visitas terapéuticas o nos vas a congelar con la mirada en la puerta?
Fer: Por favor, di que sí. Mariana intentó canalizar una naranja en el laboratorio para practicar y casi se arranca un dedo. Necesitamos café real y ver que estás viva en tus quince metros cuadrados.
Una sonrisa pequeña, pero completamente real, se dibuja en mis labios. Hace unos meses, la sola idea de que alguien supiera dónde vivo o invadiera mi espacio de fin de semana me habría provocado un ataque de ansiedad. Habría respondido con una negativa fría y concisa.
Pero la convivencia diaria en el hospital universitario moviendo pacientes con daño neurológico, compartiendo el estrés de los exámenes de anatomía y desahogándome con ellas en las mañanas de The Daily Grind ha hecho que esa armadura de acero tenga compuertas de emergencia. Ellas no me miran como el milagro médico que sobrevivió a una TEP; me miran como la compañera brillante que siempre tiene un resumen listo para salvarles la carrera.
Janise: Traigan los panecillos integrales de la cafetería de la esquina. Las llaves del edificio están abajo con el portero. No hagan ruido en el pasillo, los vecinos no tienen la culpa de sus delirios por falta de sueño.
Treinta minutos después, mi departamento se inunda de un caos absoluto que nunca antes había experimentado. Fer se ha tirado cuán larga es en mi alfombra gris de la sala, usando su mochila de la universidad como almohada y quejándose del dolor lumbar que le dejaron las últimas tres transferencias de pacientes en la clínica. Mariana, por su parte, inspecciona mis repisas de libros con los ojos muy abiertos, sosteniendo una taza de café como si fuera un trofeo de campeonato.
—Vaya, Janise... Esto es minimalismo puro —dice Mariana, pasando un dedo por la esquina de mi mesa de centro—. Esperaba encontrar al menos un póster de algún ligamento cruzado anterior o un esqueleto de tamaño real en la esquina, pero esto parece un catálogo de revista de relajación.
—Necesito que mi entorno esté ordenado para que mi cabeza no se vuelva un caos —respondo, sentada en el suelo junto a Fer, estirándole las piernas con una maniobra técnica ligera para aliviarle la tensión de los gemelos—. Si tengo cosas amontonadas, siento que mi respiración se corta. Es una costumbre del hospital.
—Te entiendo —murmura Fer desde el suelo, con los ojos cerrados pero con una expresión de paz—. En el piso de urgencias todo está tan sobresaturado que cuando llego a mi habitación solo quiero ver paredes blancas. Por cierto, Jani... gracias por dejarnos venir. Sé que valoras tus metros cuadrados más que nadie en la facultad.
Me quedo callada un segundo, manteniendo mis manos firmes en los tobillos de Fer. La luz del sol entra por el ventanal, reflejándose en las tazas de té.
—Me hace bien —admito en voz baja, con mi tono serio de siempre, pero dejando que la honestidad suavice las aristas de mis palabras—. En mi casa... la atmósfera se estaba volviendo demasiado densa. Mis padres no saben cómo dejar el trabajo en la oficina y mis hermanas están atrapadas en medio de ese simulacro de familia perfecta. Aquí, al menos, si hay silencio, es porque yo lo elegí, no porque alguien esté ignorando al otro.