Fènix

CAP 9: El umbral del dolor

Janise

El dolor tiene su propia escala de medición en los libros de texto, pero en la vida real es una entidad abstracta que se aprende a dosificar. En la facultad de fisioterapia nos enseñan la Escala Visual Analógica: del cero al diez, donde cero es la ausencia total de molestia y diez es el peor dolor imaginable. La mayoría de los pacientes con esguinces o contracturas musculares llegan al hospital universitario quejándose en un nivel siete por una simple inflamación en los tendones. Yo los escucho en silencio, con mis ojos planos y mi baumánometro en la mano, pensando que un verdadero nivel diez es la sensación de que te están abriendo el cráneo con un cincel de hielo a los doce años mientras el monitor de signos vitales emite un pitido continuo que te avisa que tu propia sangre se está convirtiendo en piedra dentro de tus arterias.

Por eso, a las seis y media de la mañana de un martes gris, me muevo por los pasillos del hospital con una calma que mis compañeras confunden con frialdad. Para mí, el hospital no es un lugar de paso; es un viejo conocido que tiene mi mismo olor a desinfectante.

—Janise, por favor, dime que trajiste el goniometro de repuesto —me susurra Mariana en cuanto entro al vestidor de estudiantes. Tiene unas ojeras marcadas bajo los ojos y el cabello castaño recogido en una trenza floja que amenaza con deshacerse antes de la primera consulta—. Fer se quedó dormida en el autobús y olvidó la mitad de su material en su departamento. Si el doctor Martínez ve que no tenemos cómo medir los ángulos de flexión de la paciente con parálisis facial, nos va a mandar a limpiar el almacén de prótesis por el resto del mes.

—Está en el compartimento lateral de mi mochila, Mariana. Tómalo —respondo, desabrochando los botones de mi abrigo para ponerme la bata blanca, que como siempre, está perfectamente planchada y sin una sola mota de polvo—. Y dile a Fer que se tome un espresso doble antes de entrar a la clínica de neurología. El doctor Martínez está evaluando la precisión de la técnica de facilitación neuromuscular propioceptiva hoy. No va a tolerar manos temblorosas.

—Eres nuestra salvación, en serio —suspira Fer, entrando al vestidor justo en ese momento, arrastrando los pies y con una taza de cartón vacía en la mano—. Buenos días a la mujer de hielo. Juro que un día de estos voy a mudarme a tu departamento solo para contagiarme de tu orden mental. Mi vida es un desastre cinético ahora mismo.

Una pequeña y sutil curva se dibuja en la comisura de mis labios mientras me ajusto el gafete en la solapa de la bata. La presencia de Mariana y Fer se ha convertido en una constante que mi cuerpo ya no rechaza. Desahogarme con ellas en los descansos, compartir el estrés de las entregas de casos clínicos y escuchar sus quejas absurdas sobre los profesores ha creado un espacio de amortiguación en mi cabeza. Ya no tengo que fingir que soy el milagro médico de la familia Sigala; con ellas soy simplemente Janise, la alumna que mejor memoriza los dermatomas y la que siempre tiene un plan de contingencia cuando las cosas salen mal en el cubículo de terapia.

—Si te mudas a mi departamento, Fer, tendrías que aprender a alinear tus zapatos por colores y a no dejar los estetoscopios sobre la barra de la cocina —le digo, cruzándome de brazos con un tono de ligera ironía que ellas ya saben descifrar—. No creo que tu caótico sistema nervioso resista el minimalismo.

—Buen punto —se ríe Fer, dándome un pequeño golpe con el hombro que esta vez no me hace retroceder ni tensar los músculos—. Vamos a la batalla. El cubículo cuatro nos espera.

El turno en el hospital universitario es agotador. Pasamos cuatro horas seguidas movilizando articulaciones rígidas, aplicando compresas húmedo-calientes y reeducando la marcha de pacientes que han perdido la fe en sus propios músculos. Para mí, cada movimiento pasivo, cada grado de flexión que un paciente recupera en la rodilla o en el codo, es una pequeña victoria de la lógica sobre el deterioro biológico. Me concentro tanto en la alineación del cuerpo ajeno que por unas horas logro olvidarme por completo del tic-tac de mi propia carótida.

Sin embargo, a las dos de la tarde, la burbuja del hospital se revienta cuando mi teléfono celular vibra en el bolsillo de mi pantalón clínico. Es un mensaje de Anne.

Anne: Jani, papá y mamá están en la casa. Papá llegó con un arreglo gigante de orquídeas y mamá preparó la comida que te gusta. Camile también está aquí. Dijeron que quieren hablar contigo sobre algo de la mudanza. Por favor ven, la atmósfera está demasiado tranquila y eso me da más miedo que cuando gritan.

Siento un ligero cambio en mi ritmo cardíaco, un salto milimétrico en mi pulso que controlo de inmediato respirando hondo tres veces. Mis padres en casa a mitad de un día laboral, compartiendo el mismo espacio y preparando comida, es un evento tan raro como una alineación de planetas. Sé perfectamente lo que significa: su instinto de protección, ese miedo paralizante que tienen desde que casi me pierden en la sala de operaciones, se ha activado tras mi huida al departamento nuevo.

Treinta minutos después, estaciono mi auto frente a la reja de la residencia familiar. Al cruzar la puerta principal, el aroma de los tulipanes viejos ha sido reemplazado por el olor a comida casera y las notas sutiles de las orquídeas que mi padre dejó en el recibidor.

En el comedor, la escena parece sacada de una sesión fotográfica de una revista de alta sociedad, pero conozco las fisuras de esta familia demasiado bien como para dejarme engañar por la superficie. Mi padre está sentado a la cabecera, vistiendo una camisa de lino azul con las mangas dobladas, manteniendo su porte serio y formal pero con una mirada inusualmente blanda en nuestros ojos. A su lado, mi madre recoloca las copas de agua con esa precisión meticulosa que heredé de ella. Es una mujer de facciones rígidas, elegante y reservada, pero el brillo de preocupación en sus ojos oscuros delata el corazón de oro que esconde bajo su coraza ejecutiva. Camile y Anne comparten miradas de complicidad al final de la mesa, manteniéndose al margen del duelo silencioso de voluntades que está por comenzar.




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