
Janise
La elasticidad es la capacidad mecánica de un tejido para sufrir una deformación elástica debido a una fuerza externa y, posteriormente, recuperar su longitud y forma originales cuando dicha fuerza cesa. En el laboratorio de la facultad de fisioterapia, pasamos horas estudiando cómo las fibras de colágeno y elastina permiten que los músculos se estiren hasta su límite sin romperse. Si la fuerza es progresiva y controlada, el tejido se adapta, gana rango de movimiento y se fortalece; pero si el impacto es violento, súbito y desmedido, la fibra se desgarra, dejando una cicatriz de tejido conectivo rígido que nunca vuelve a tener la misma flexibilidad.
Mi mente funciona exactamente bajo ese mismo principio físico. Durante diez años, me obligué a mantener mis fibras emocionales tensas, rígidas, congeladas en una posición de máxima resistencia para evitar que los impactos del mundo exterior —la disfunción de mis padres, el miedo al diagnóstico médico, la invasión de los extraños— abrieran una nueva herida en mi estructura.
Sin embargo, a las seis de la mañana de un jueves, mientras observo el amanecer desde la ventana de mi departamento, me doy cuenta de que la fuerza que Liam ejerce sobre mi perímetro no es un golpe seco. Es una presión constante, pausada, que obliga a mis fibras a estirarse de una manera que nunca creí posible.
Coloco dos dedos sobre mi arteria carótida. Sesenta y dos latidos por minuto. Ritmo sinusal, perfectamente estable. El zumbido del ventilador de torre que él instaló sigue llenando el espacio con una cadencia reconfortante, manteniendo el aire fresco y el ambiente libre de esa pesadez que solía asfixiarme en la residencia familiar.
Me pongo la bata blanca, reviso que mis tres bolígrafos estén en el bolsillo superior junto a mi linterna de reflejos, y guardo en la mochila la bolsa de papel kraft con el té de manzanilla y jengibre que Liam me dio dos días atrás. Hoy me espera una jornada de doce horas en el hospital universitario, el tipo de jornada que suele dejar mis reservas de energía en cero, pero por primera vez en semanas, no siento ese nudo de ansiedad que me bloquea el diafragma antes de salir.
—Si el doctor Martínez vuelve a cambiar la nomenclatura de las técnicas de facilitación neuromuscular en el examen clínico, juro que voy a reevaluar mi continuidad en esta carrera —anuncia Fer, dejándose caer pesadamente sobre la banca metálica del vestidor de estudiantes en cuanto termina el turno matutino. Tiene la frente perlada de sudor y las mangas de su filipina médica enrolladas hasta los codos—. Llevo tres horas seguidas aplicando tracción pasiva en pacientes con lumbalgia crónica y siento que mis propios discos intervertebrales están a punto de herniarse.
Mariana entra detrás de ella, cargando tres expedientes clínicos bajo el brazo y sosteniendo una dona de chocolate a medio morder con una expresión de absoluta victoria.
—No te quejes, Fer, que al menos a ti no te tocó el paciente del cubículo seis que insistía en que su ciática se curaba mejor con masajes de pomada de marihuana que con tus corrientes de interferenciales —se burla Mariana, sentándose a mi lado en la mesa de centro del vestidor—. Janise, dile algo por favor. Tu paciente con secuelas de EVC logró hacer una flexión de cadera de noventa grados hoy. El doctor Martínez casi sonríe cuando vio tu hoja de evolución clínica. Eso debería ser un motivo de celebración académica para las tres.
Miro a Mariana, luego a Fer, que arquea una ceja esperando mi reacción habitual: un comentario seco, clínico, carente de cualquier adorno emocional. Pero el cansancio compartido, el olor a alcohol en gel y el eco de los monitores de la clínica han creado un tejido de confianza que ya no puedo —ni quiero— ignorar. Desahogar el estrés diario con ellas, verlas fallar y levantarse con la misma tenacidad que yo aplico en mis estudios, ha hecho que mi fortaleza de aislamiento voluntario sea cada vez más habitable.
—El paciente del cubículo seis tiene un componente de dolor psicosomático muy alto, Mariana —respondo, y aunque mi voz mantiene su tono plano y monótono de siempre, hay una ligera suavidad en mis palabras que las hace sonreír—. Los placebos tópicos disminuyen la percepción de la Escala Visual Analógica porque reducen la ansiedad del paciente, no porque tengan un efecto real en la conducción nerviosa. Pero si quieren que sobrevivamos a la clase de neurología de las cuatro, les sugiero que dejen de discutir sobre pomadas y se tomen el té que traje en mi termo. Es de manzanilla con jengibre orgánico. Ayuda a disminuir los niveles de cortisol sistémico.
Fer abre los ojos de golpe, enderezando la espalda como si le hubiera aplicado una descarga de alta frecuencia.
—Espera... ¿Janise Sigala compartiendo sus suministros médicos y nutricionales de forma voluntaria? —pregunta dramáticamente, estirando la mano hacia el termo gris que acabo de dejar sobre la mesa—. Esto es un hito histórico en el sexto semestre. Mariana, toma una foto antes de que la mujer de hielo recupere su temperatura habitual.