Fènix

Cap 11. La resistencia periférica

Janise

La resistencia periférica es la oposición que encuentra la sangre al fluir a través de los vasos sanguíneos. En el sistema circulatorio, depende de tres factores matemáticos: la viscosidad del fluido, la longitud total del vaso y, el más importante de todos, el radio de las arterias. Cuando un vaso se contrae, el radio disminuye y la resistencia se duplica, obligando al corazón a bombear con una fuerza desmedida, aumentando la presión hasta que las paredes arteriales se tensan al límite de la ruptura.

Durante años, yo he sido mi propia resistencia periférica. Ante el menor indicio de cercanía, contraía mis paredes emocionales, reducía el radio de mi espacio personal a cero y bloqueaba cualquier flujo de calidez exterior. Era un mecanismo de defensa biomecánico: si nadie pasaba, nadie podía causar una turbulencia en mi torrente sanguíneo.

Sin embargo, a las ocho y media de la noche de este viernes, la resistencia parece estar perdiendo su batalla contra las leyes de la física.

Liam está sentado con las piernas cruzadas en el suelo de madera de mi sala, con la espalda apoyada contra la base del sofá gris. Su enorme silueta hace que el espacio parezca aún más compacto, pero su postura ya no tiene la rigidez del intruso; se mueve con una familiaridad silenciosa que me obliga a calibrar mis niveles de alerta. La caja de pizza de masa integral descansa entre nosotros sobre la mesa de centro, vacía en sus tres cuartas partes.

—Entonces... me estás diciendo que si no caliento los músculos isquiotibiales antes de la sesión de lanzamientos matutina, la probabilidad de sufrir una contractura por cizallamiento aumenta un cuarenta por ciento —dice Liam, sosteniendo su vaso de agua con una mano que hace que el cristal parezca de juguete. Sus ojos oscuros están fijos en los míos, cargados de una atención genuina que nada tiene que ver con la condescendencia.

—Cuarenta y dos por ciento, para ser exacta, Liam —corrijo, manteniendo mi postura pulcra en el suelo, con la taza de té de manzanilla y jengibre entre mis manos—. La velocidad angular con la que rotas la cadera al lanzar el balón genera una fuerza de torsión que impacta directamente en la inserción del tendón. Si la fibra colágena está fría, no tiene la elasticidad necesaria para absorber la energía cinética. Te vas a romper el bíceps femoral a mitad de la temporada si sigues ignorando el protocolo de flexibilidad.

Liam suelta una risa baja, un sonido ronco que resuena en las paredes desnudas de mi departamento. Se pasa una mano por el cabello castaño y corto, que todavía conserva el olor a limpio del jabón del club.

—Juro que si mi entrenador de fuerza te escuchara, te contrataría mañana mismo como asesora principal del equipo —sonríe, y sus facciones se ablandan de una manera que me obliga a desviar la mirada hacia las hojas de evolución clínica que tengo sobre el escritorio—. Nadie en el personal médico me explica las cosas con porcentajes biomecánicos, Janise. Solo me dicen: "Carter, estira más o vas a terminar en la banca". Tú haces que una lesión suene como una ecuación matemática defectuosa.

—El cuerpo humano es una ecuación matemática, Liam. Si alteras los factores o introduces variables de estrés sin la preparación adecuada, el resultado siempre será un fallo en el sistema —respondo, con mi tono monótono, aunque por dentro la persistencia con la que busca comprender mi mundo empiece a debilitar la contracción de mis vasos sanguíneos—. Prefiero la lógica de la física a las suposiciones sentimentales.

Liam se queda callado un momento. Deja el vaso sobre la mesa de centro y se inclina ligeramente hacia delante, apoyando los antebrazos en sus rodillas. La distancia entre nosotros se reduce a un metro, el límite exacto de mi perímetro de seguridad, pero mi ritmo cardíaco no registra ninguna alteración en el monitor interno. Mi carótida se mantiene en sesenta y cuatro pulsaciones por minuto. Ritmo regular.

—¿Y qué pasa cuando la ecuación incluye variables que no puedes controlar? —pregunta en un tono más bajo, perdiendo la ligereza de la conversación deportiva—. Camile me contó lo que pasó el martes en la cena con tus padres. Dijo que tu madre tuvo una crisis de ansiedad por lo del departamento y que tu padre mandó a todo un equipo técnico a instalar un búnker de seguridad en tu cuarto de lavado.

Siento una pequeña contracción en los deltoides. El recuerdo de la severidad de mi madre y el peso de su trauma residual sigue siendo un terreno sensible en mi estructura.

—Mis padres hacen lo que saben hacer: aplicar protocolos de control —digo, y mi voz recupera esa rigidez clínica que uso para distanciarme del dolor—. Mi madre tiene un corazón de oro, pero su miedo es una patología crónica que no se cura con terapia individual. Me vio dejar de respirar cuando tenía doce años y otra vez a los veinte. Para ella, mi autonomía es sinónimo de peligro inminente. Acepté el intercomunicador y el soporte de energía porque era la única forma de reducir su resistencia periférica y permitir que la cena terminara en una armonía relativa. A veces hay que ceder un grado de flexión para evitar que toda la articulación se luxe.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.