
Janise
La velocidad de conducción es la rapidez con la que un impulso eléctrico se propaga a través de un axón nervioso. En la asignatura de neurología clínica del sexto semestre, aprendemos que este fenómeno físico depende estrictamente de dos variables anatómicas fundamentales: el diámetro de la fibra nerviosa y la presencia de la vaina de mielina. La mielina actúa como un aislante eléctrico perfecto que obliga al potencial de acción a avanzar a saltos, de nódulo en nódulo, alcanzando velocidades de hasta ciento veinte metros por segundo. Es un mecanismo de una eficiencia biológica asombrosa. Sin él, las respuestas de nuestro cuerpo ante los estímulos del entorno serían lentas, tardías y descoordinadas; el cerebro ordenaría mover un dedo y la mano respondería cuando el peligro ya hubiera causado un daño estructural irreparable.
Durante toda mi vida, mi sistema de protección emocional funcionó con una velocidad de conducción que desafiaba cualquier registro médico. Al menor estímulo que mi mente interpretara como una amenaza —una mirada de lástima, una pregunta sobre mis antecedentes clínicos, un intento de invasión en mis metros cuadrados—, el potencial de acción defensivo viajaba por mis neuronas a una velocidad saltatoria fulminante. La respuesta automática siempre era la misma: contracción muscular, descenso de la temperatura en las manos, un tono de voz monótono y una barrera de hielo que congelaba al interlocutor antes de que pudiera dar un segundo paso.
Sin embargo, a las seis y cuarto de la mañana de un lunes de junio, mientras observo las primeras luces del día reflejarse en el cristal del balcón de mi departamento, me doy cuenta de que el impulso que recorre mis fibras nerviosas está cambiando su trayectoria. Ya no es una descarga de alerta máxima. El zumbido constante del ventilador de torre en la esquina de la estancia y el orden meticuloso de mis frascos de medicamentos actúan como un nuevo tipo de aislamiento, uno que no me aísla del mundo, sino que me permite procesar los estímulos sin activar las alarmas del tallo cerebral.
Cumplo con mi primer ritual del día, apoyando los dedos índice y medio sobre la arteria carótida. Sesenta y un latidos por minuto. Ritmo sinusal. Una estabilidad hemodinámica perfecta que mi baumanómetro digital confirma segundos después con un registro de 110/70 mmHg. La psicóloga del hospital universitario tenía razón: la distancia física de la disfunción familiar ha reducido mi resistencia periférica basal a niveles que ningún fármaco betabloqueador habría logrado alcanzar en un paciente de mi complejidad.
Me pongo la bata blanca, revisando con minuciosidad clínica que los bordes de la solapa estén simétricos y que mi gafete de estudiante del sexto semestre de la Licenciatura en Enfermería esté perfectamente alineado. Aunque mis amigas Mariana y Fer estudian fisioterapia en la misma facultad, la rotación de este bloque nos ha unificado en el área de cuidados intensivos y rehabilitación neurológica del hospital universitario, un terreno donde las disciplinas se cruzan y donde el margen de error es, literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte. Guardo en el compartimento lateral de mi mochila el termo con el té de jengibre que me queda y salgo al pasillo, sintiendo que mis pasos sobre la madera tienen una firmeza que ya no nace del miedo, sino de una autonomía recién conquistada.
El área de consulta externa del hospital universitario está saturada a las siete y media de la mañana. El olor a desinfectante industrial, café soluble y sudor frío satura el ambiente de los pasillos, creando esa atmósfera de urgencia latente que a cualquier civil le provocaría un pico de cortisol, pero que a mí me devuelve una calma casi familiar. En este lugar, las emociones están desnudas; no hay espacio para las fachadas perfectas que mi padre construye en los contratos de la constructora, ni para las sonrisas de etiqueta que mi madre ensaya antes de una junta de consejo. Aquí, el cuerpo manda y la lógica clínica es la única ley que se respeta.
—Janise, por favor, dime que revisaste la actualización de la Norma Oficial Mexicana para la unidad de cuidados intensivos antes de entrar al turno —me aborda Mariana en cuanto cruzo la puerta del almacén de suministros. Trae el cabello castaño sujeto en una coleta tan tensa que parece estirar sus facciones, y sostiene tres carpetas de bitácoras clínicas contra su pecho como si fueran un escudo protector.
—La Norma Oficial Mexicana del sector salud establece con claridad los criterios arquitectónicos, de equipamiento y de personal que debe cumplir una unidad de cuidados intensivos para garantizar la seguridad del paciente crítico, Mariana —respondo con mi tono de voz plano, monótono, pero con una precisión que hace que Fer, que viene entrando detrás de mí con un estetoscopio colgado al cuello, suelte un suspiro de alivio—. El espacio mínimo entre camillas debe ser de dos metros y medio para permitir el libre tránsito de los carros de paro, y cada cubículo debe contar con al menos dos tomas fijas de oxígeno medicinal y una de aire comprimido. Tengo el desglose completo del equipamiento electromédico en mi tableta por si el jefe de piso decide hacer una evaluación sorpresa durante el pase de lista.