Forjando Mi Propio Camino

CAPÍTULO 1: EL LÍMITE DEL SILENCIO

Fecha: Lunes, 6 de julio
Hora: 6:00 AM
Al final, uno siempre se vence en lo emocional. Cuando te ponés triste o encachimbado por tanta mierda acumulada en el día a día, te toca aguantarte las ganas de pegarle a alguien. La sociedad te dice que te calles, que te lo guardés, que te aguantés como los machos.
Pero la presión interna no se evapora así de fácil; siempre hay algo que te la quita, un cable a tierra. A veces es una música que nos desconecta, un pasatiempo o un refugio privado que hace que se baje el coraje antes de cometer una locura. En mi caso, tenía algo que tal vez para otros era una pendejada o una niñería, pero para mí no lo era. Lo que a mí me quitaba la ansiedad, lo que calmaba los latidos acelerados de mi corazón y evitaba que me hundiera por completo en la depresión era aferrarme a mi propia fuerza mental. Era decirme a mí mismo que un día esto iba a terminar.
Alrededor de mi mundo, todo parecía estar en mi contra. Yo era Gohan Wei, un bicho delgado, de ascendencia asiática por parte de mi abuelo, pero nacido y criado en las entrañas de Soyapango. Esa mezcla me hacía resaltar en los pasillos de forma inevitable, ganándome miradas que yo no buscaba. Cuando tenía trece años, mi vida en el colegio era un maldito infierno. Varios bichos de noveno grado me traían de encargo absoluto. Recuerdo bien las mañanas antes de salir de casa; el estómago se me hacía un nudo apretado y las ganas de vomitar me amargaban la boca solo de pensar en cruzar el portón. En el bus, miraba por la ventana rogando que el tráfico retrasara la llegada.
Una vez en el aula, la humillación era sutil pero constante. Me escondían los cuadernos entre los estantes, me manchaban la mochila con corrector líquido y el profesor de turno simplemente miraba hacia otro lado, ignorando las risitas del fondo. Soportar la pena frente a todos, aguantarse las ganas de llorar metido en el baño para que nadie viera mi debilidad y tragarse las burlas estúpidas era mi rutina de todos los malditos días. Pero todo en esta vida tiene un límite absoluto. Por más elástico que seas, si te estiran demasiado, te terminás rompiendo.

───

Fecha: Lunes, 6 de julio
Hora: 12:15 PM
Aquel mediodía de julio, el sol estaba a plomo, quemando la cancha de cemento y haciendo que el aire se sintiera espeso, casi irrespirable. El olor a pavimento caliente subía de la superficie ardiente y el sudor me bajaba por la frente, escociéndome en los ojos. Los de noveno andaban desatados, buscando a quién joder para pasar el rato.
Kevin y Brayan, los dos tipos más altos, robustos y castrosos del salón de arriba, se pararon justo a la mitad del paso, bloqueando la línea de la cancha. La profesora Victoria estaba de espaldas, anotando la asistencia en su tabla de madera al otro lado del patio, completamente ajena a la tormenta que se estaba armando. Me sudaban las manos de la pura ansiedad de verlos venir; se me secó la boca y tragué saliva con dificultad, sintiendo un nudo amargo en la gola. Intenté encoger los hombros para pasar desapercibido, pero ya era tarde.
—¡Ey, miren al enano este! —gritó Kevin mientras pateaba el balón de básquetbol directo a mis pies para hacerme tropezar, riéndose a carcajadas con sus amigos—. ¿Qué hacés aquí, cosita? ¿No te da miedo que te pise alguien de verdad?
—Quítate del medio, Gohan —se plantó enfrente de mí Brayan, cortándome cualquier ruta de escape y empujándome por la espalda con saña, haciendo que trastabillara hacia adelante—. Ni sé qué hacés en este colegio, das lástima de lo tonto y chiquito que estás. Vete a jugar con los de kínder, aquí no aguantás ni un soplido, estás bien desnutrido.
Intenté dar la vuelta para ignorarlos y sacarle el cuerpo a la bronca, tragándome el coraje como siempre lo hacía. Pero Kevin no me iba a dejar ir tan fácil. Se estiró y me metió el pie con fuerza por delante, zancadilleándome. Perdí el equilibrio y caí de boca, azotando directo al suelo.
Las rodillas y las palmas de mis manos se rasparon con fuerza contra el concreto ardiente de la cancha. El dolor físico fue instantáneo, pero lo que dolió más fue la humillación. Detrás de mí, Brandon, el flaco Tobías y todos los demás que estaban en las gradas empezaron a soltar risas burlonas y a hacer chistes pesados sobre mi caída, viéndome ahí tirado como si fuera un trapo viejo. Kevin me apuntaba con el dedo muerto de la risa.
En ese microsegundo, un zumbido ensordecedor me tapó los oídos, aislando las risas. El latido de mi propio corazón me golpeaba las sienes con violencia, rítmico y pesado. El ardor del suelo contra mi piel viva se mezcló con el sudor que me nublaba la vista. Algo dentro de mi cabeza hizo un clic definitivo. La humillación se convirtió en un fuego hirviendo que me subió por el pecho, eliminando cualquier rastro de miedo. Ya no aguanté más. Se acabó el sumiso. Desde el piso, con toda la fuerza de mis pulmones y con los ojos inyectados en rabia, les solté el grito que detonó todo:
—¡Cállense, hijos de puta!
Me levanté del piso como si tuviera un resorte, ignorando el ardor de los raspones, apreté los puños con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos y me lancé encima de Kevin sin pensarlo dos veces.
Le solté el primer pijazo directo en la mandíbula a Kevin, que del impacto se fue para atrás. Brayan saltó de inmediato a defenderlo y nos empezamos a romper la madre entre los tres. No me importó que fueran más grandes, que me llevaran dos años de ventaja ni que tuvieran más fuerza; solté los puños y las patadas con toda la furia que traía guardada en el pecho de tantos meses de aguantar porquerías. Tiraba puñetazos con lágrimas de pura rabia y desahogo en los ojos.
A lo lejos escuché el grito de la profesora Victoria, que corrió hacia nosotros pero se detuvo en seco. Se quedó completamente paralizada, con los ojos abiertos de la pura sorpresa y la boca abierta sin poder emitir palabra. No se lo podía creer; yo siempre había sido el alumno más tranquilo, el más sumiso, el que mejor se portaba del salón y que jamás se metía en problemas. Ver al bicho educado convertido en una fiera la dejó en completo shock, inmóvil.
Alrededor, mis compañeros empezaron a armar un alboroto total en las gradas.
—¡A la puta! ¡El enano se volvió loco, le está dando su merecido a Kevin! —gritaba Brandon emocionado.
—¡Hey, no jueguen! ¡Miren a Gohan, le abrió la ceja! ¡Alguien muévase! —exclamó Camila asustada, tapándose la boca.
—¡Ya lo mató! ¡Dale más duro, Gohan! —se burlaba Tobías, riéndose de los puros nervios.
—¡Mateo, muévete, ve a traer a alguien que estos tipos se van a matar! —le ordenó Sofía desesperada, jalando del brazo a otro compañero.
Mateo no lo pensó dos veces y salió disparado de la cancha, cruzando el patio central a toda velocidad para ir directo a la dirección. Mientras tanto, a mí me llovieron pijazos también; la cara me ardía, tenía el labio reventado y sentía la boca con sabor a sangre, pero me valió madre. Tenía a Kevin de la camisa y le estaba conectando un golpe tras otro con una fuerza que ni yo sabía que tenía.
De repente, un grito imponente que retumbó en toda la cancha congeló el ambiente.
—¡Basta! ¡Se separan en este mismo instante! —sentenció la directora furiosa, llegando corriendo junto a Mateo.
La directora se metió en medio con una fuerza tremenda, agarrándome de los hombros para jalarme hacia atrás mientras otros profesores que venían detrás de ella sujetaron a Kevin y a Brayan, quienes escupían sangre y respiraban agitados. Yo seguía temblando, con los puños apretados y el pecho subiendo y bajando por la adrenalina, mirando con odio a los de noveno.
La directora me vio fijamente, respirando agitada por la carrera, y luego miró a la profesora Victoria, que seguía pálida y sin poder reaccionar.
—¡Todos ustedes... A mi oficina ya mismo!




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