Lunes, 28 de septiembre — 10:45 AM
Todavía sentía las mejillas calientes por la pena. El lunes había iniciado con el peso habitual de las clases teóricas de metalmecánica, pero el ambiente dentro del salón principal era un hervidero. El rumor de nuestra victoria del domingo contra el Colegio Industrial de Julupe se había corrido como pólvora por todos los pasillos y pasajes del instituto. Varios bichos de segundo y tercer año que antes ni me determinaban el saludo se daban la vuelta para verme de reojo. El ingeniero Martínez, un señor gordo que rara vez cambiaba su semblante tosco, entró al aula arrastrando las botas de casquillo industrial y cortó el alboroto dando un golpe seco en la pizarra con su regla de metal.
—Silencio, muchachos —ordenó el ingeniero Martínez, barriendo las filas con su mirada estricta y acomodándose los anteojos—. Dejen los comentarios de la cancha afuera. Ya habrá tiempo para eso. El Ministerio de Educación abrió las inscripciones para el Torneo Nacional Intercolegial Juvenil. Es una competencia oficial a nivel de departamentos. El instituto que gane se llevará una renovación completa de maquinaria para los talleres y becas universitarias para cada integrante de la plantilla.
Diego, que estaba sentado en la banca justo delante de mí, se dio la vuelta de inmediato. Me guiñó un ojo con una sonrisa cómplice que delataba que ya estaba armando la alineación en su cabeza.
—Pero no se emocionen antes de tiempo —continuó el profesor, dejando caer su portafolios de cuero sobre el escritorio—. La federación exige una plantilla formal de fútbol once, con un mínimo de cuatro suplentes inscritos. Además, al ser un torneo oficial de alta exigencia donde los golpes son reales, se pide una hoja de exoneración firmada obligatoriamente por sus padres o responsables legales. Sin el documento firmado, nadie toca la cancha. Tienen hasta el viernes a las cuatro de la tarde para traerme los papeles y la lista completa. Si falta una sola firma, el Colegio Técnico se queda fuera.
Al sonar el timbre del almuerzo, la escuadra nos movimos rápido hacia nuestro refugio de siempre: la banca de concreto rota al fondo del patio principal, cerca del gallinero del pasaje vecino. El olor a diésel y aceite quemado flotaba en el aire ruidoso. Diego extendió sobre la superficie agrietada la hoja de inscripción oficial que le había solicitado al ingeniero. Mis ojos, sin embargo, se desviaron de inmediato hacia un folleto anexo de papel satinado. En la esquina inferior derecha brillaba un logotipo impreso con tinta plateada: las iniciales A.M. entrelazadas con el perfil estilizado de un halcón en pleno vuelo. Se me secó la boca por completo y sentí un vuelco violento en el estómago. Era el sello oficial de las visorias de la Academia Mainward. Los rumores del barrio eran ciertos; ese torneo era el filtro para la élite.
—Miren, perros, esto ya no es una reta del pasaje —dijo Diego, interrumpiendo mis pensamientos y señalando con el lapicero las casillas vacías—. El torneo del barrio lo ganamos jugando de siete, defendiendo un marco chiquito en el pavimento. Pero el Intercolegial se juega en cancha completa, con tres árbitros y sobre grama de verdad. Nos faltan piezas clave si queremos aguantar los noventa minutos.
—Contanos a nosotros cuatro primero —calculó Juan, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en el muro de ladrillos—. El "Chango" Walter va fijo en la portería, ese bicho tapa hasta los zancudos. Pablo y el "Oso" Mauricio pueden liderar la defensa central. Pero nos falta un lateral izquierdo que muerda la banda y, sobre todo, alguien con cuerpo que te acompañe arriba en la delantera, Feng. No te podemos dejar solo contra los centrales de San Salvador.
—A Feng lo van a quebrar en la primera jugada si lo tiramos solo contra esos armarios —soltó Pablo, metiéndose un pedazo de pan dulce a la boca y esparciendo migajas—. Los majes del INFRAMEN o los de Sonsonate miden casi el metro ochenta y juegan con una malicia que da miedo. Necesitamos más masa muscular en el medio campo.
Pasé la yema del dedo sobre el relieve plateado del logotipo del halcón, sintiendo el frío del papel. La imagen de Cristiano Ronaldo saltando en el Santiago Bernabéu me cruzó la mente. No podía dejar pasar esta oportunidad por falta de plantel.
—Necesitamos velocidad pura por los costados para que no se concentren solo en mí —interrumpí, levantando la mirada para sostenerle el ritmo a Diego—. ¿Se acuerdan de Héctor, el extremo izquierdo de Julupe? Él estudia aquí en la sección de automotriz.
—¿Héctor? —Pablo arrugó la frente, soltando una risotada incrédula que hizo voltear a un par de bichos que pasaban—. Estás loco, Feng. Ese maje jugaba con Andrés, el capitán que te quería romper la rodilla el domingo en la final. Son de la misma banda de Julupe.
—Andrés es el prepotente que juega por ego, Pablo —le cortó Diego, poniéndose serio y dándole un palmetazo en el hombro a su defensa—. Pero yo vi a Héctor correr los noventa minutos del domingo. El bicho no se mete en vergueos, solo busca el balón. Tiene unos pulmones de acero.
—Y corre con unos tenis viejos remendados con cinta de aislar negra —añadí en voz baja, recordando el desgaste de sus tacos en la cancha municipal—. Juega por pura necesidad. Si vamos a buscarlo y le ofrecemos la oportunidad de la beca del Ministerio, se va a unir a la escuadra. En la cancha no importan los colores del pasado si el hambre de ganar es la misma.
Diego guardó el lapicero en el bolsillo de su gabacha azul y dobló el documento con cuidado.
—Está bueno. Al salir de los talleres vamos a armar el grupo completo.
Martes, 29 de septiembre — 4:30 PM
El pabellón de mecánica automotriz era un caos ensordecedor de motores encendidos, chispas de esmeril y olor a gasolina evaporada. Recorrer los talleres del instituto requería paciencia. Habíamos logrado anotar a Tomás para cubrir el lateral derecho y al "Flaco" Néstor como volante de contención tras convencerlos en el área de soldadura, pero encontrar a Héctor fue más difícil. Lo ubicamos al fondo del taller principal, metido de cabeza bajo el capó de un motor diésel de camión viejo. Tenía la gabacha azul manchada de grasa negra hasta los codos y el rostro perlado de sudor.