Fecha: Martes, 13 de octubre
Hora: 4:30 PM
El silencio en la sala de espera de la clínica comunitaria de Soyapango era denso, interrumpido solo por el zumbido de un ventilador oxidado que apenas movía el aire caliente. Llevamos al Negro Tomás casi a rastras porque el pie derecho se le había puesto como una toronja morada. Aquella zancadilla con mala fe en el partido anterior no había sido un simple golpe de juego.
La doctora nos hizo pasar al consultorio tras revisar la radiografía de emergencia. Encendió la caja de luz y pegó la placa negra. Ahí estaba, clara y despiadada, una línea transversal oscura que cortaba el hueso.
—Fractura en el maléolo —dijo la doctora con voz firme pero compasiva—. No hay vuelta de hoja: necesitás un enyesado completo hasta la rodilla, reposo absoluto y al menos dos meses de rehabilitación. Cero fútbol por lo que resta del año.
El golpe emocional nos dejó mudos. Cuando salimos a la acera, Tomás venía torpemente afirmado en un par de muletas de madera prestadas. Intentaba tirar un chiste para aminorar la tensión y no arruinarnos la moral, pero a todos se nos hacía un nudo amargo en la garganta. La realidad deportiva nos caía encima como una losa: la organización del torneo intercolegial era implacable en su reglamento. Para no perder por walkover, la plantilla oficial exigía registrar obligatoriamente 11 jugadores titulares y al menos 4 suplentes en la planilla de alineación. Con Tomás fuera, nos quedábamos con 14 elementos, incompletos y contra el reloj.
—No se agüiten por mí, perros —nos dijo Tomás, deteniéndose bajo la sombra de un manceque en la esquina del pasaje—. El puesto en la media no se va a quedar solo mientras yo tenga boca para gritarles desde la grada. Vayan a buscar al bicho que les dije.
Esa misma noche, pasadas las siete, Diego y Juan bajaron a los pasajes del fondo a buscar a Azael. Era un cipote de catorce años que estudiaba en la sección de electricidad del colegio técnico. En el barrio todos sabían de él: un maje callado, de tez morena, de brazos fuertes de cargar rollos de cable y tubos de PVC, pero con una zurda milimétrica y seca que infundía respeto en los torneos nocturnos de cancha rápida. Le explicamos la urgencia, vio la hoja del torneo sobre la mesa de madera de su casa, escuchó la historia de la escuadra y aceptó sin dudarlo. A primera hora del miércoles logramos hacer la inscripción oficial en la planilla del torneo para cumplir el reglamento.
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Fecha: Jueves, 15 de octubre
(Segundo Partido de la Fase de Grupos)
Hora: 2:00 PM
El sol de las dos de la tarde sobre la grama reseca del Complejo de Santa Ana caía como plomo fundido. Nos tocaba medirnos contra los Leones del Instituto Nacional de Sonsonate (INSO), un equipo temido por su despliegue físico. Venían vestidos con un uniforme estridente que encandilaba la vista: camiseta amarillo fluorescente con franjas negras horizontales, calzoneta negra y medias amarillas. Su capitán y defensa central, un tipo de 1.82 a quien apodaban "El Muro" Rivas, era un armario de hombros anchos que no paraba de marcar terreno.
En el túnel de acceso a la cancha, mientras acomodábamos las espinilleras, Rivas se me acercó, me escaneó de arriba abajo con desprecio y soltó una carcajada que resonó en el pasillo:
—¡Hey, miren a este enano! ¿Qué hacés aquí, llavero? ¿No se te perdió la mamá en el parque? Cuidado te piso, cosita, que aquí jugamos hombres, no peluches.
Apreté los puños y sentí el impulso de responder, pero la mano firme de Juan se posó sobre mi hombro.
—Mente fría, Feng. Que hablen ahorita, en la cancha les cerramos el hocico —me susurró.
El partido fue una batalla campal. Los de Sonsonate metían la pierna arriba con saña y el árbitro dejaba correr el juego brusco. Durante los primeros veinte minutos sufrimos para acomodarnos. Fue en el minuto treinta cuando Azael demostró de qué estaba hecho: cortó un avance rival trabando fuerte abajo con el hombro, se quedó con el balón suelto y, sin levantar la vista, sacó un pase filtrado de zurda de más de veinte metros que rompió la línea defensiva.
El balón me cayó limpio por la banda derecha. "El Muro" Rivas corrió a interceptarme con todo su peso, buscando embestirme para sacarme de la cancha. En lugar de chocar, usé mi bajo centro de gravedad y el giro rápido de cadera que Juan me había enseñado en los entrenamientos de boxeo. Aguanté el envite, pasé la pelota sutilmente por en medio de sus piernas y salí disparado. Rivas, desequilibrado por su propia inercia, azotó de cara contra el césped. Antes de que el lateral llegara al cierre, saqué un centro raso y potente al corazón del área pequeña. Samuel solo tuvo que meter la bota para empujarla.
¡Gol de Los Forjadores FC! Sostuvimos el 1-0 con dientes y uñas hasta el final. A la salida, Rivas agachó la cabeza y ni me sostuvo la mirada.
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Fecha: Sábado, 17 de octubre
(Cuartos de Final)
Hora: 10:00 AM
El sábado por la mañana viajamos en bus hasta la cancha neutral de San Miguel para disputar los cuartos de final contra las Águilas del Colegio San Luis de La Libertad. Ellos lucían un uniforme Impecable y elegante: camiseta verde olivo con mangas blancas, calzoneta blanca y medias verdes.
Desde el calentamiento se notaba su arrogancia. Su lateral izquierdo, un maje alto y peinado con gel al que le decían "El Chele" Villeda, se me acercó en la primera pelota dividida y me dio un empujón por la espalda sin que el árbitro lo viera.
—A ver si aguantás noventa minutos, desnutrido. Esta cancha no es para bichitos de barrio —me murmuró al oído.
El encuentro fue extremadamente táctico y desgastante. La Libertad nos presionaba la salida y no nos dejaba pensar. Mauricio y Pablo se multiplicaban abajo para despejar los centros, mientras el Chango Walter volaba en dos ocasiones para salvar nuestro marco. Llegamos al minuto cuarenta y cinco del partido con el marcador atascado en un sufrido 0-0. Las piernas nos pesaban tonelada y media, pero los meses de acondicionamiento físico y pesas improvisadas nos mantenían de pie.