"A veces, para aprender a brillar, primero hay que aprender a levantarse a mitad de la oscuridad. La verdadera fuerza no se mide en no sentir miedo o dolor, sino en salir a pelear con el alma intacta cuando todo parece estar en contra."
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Fecha: Viernes, 23 de octubre
(La Gran Final Nacional)
Hora: 1:30 PM
El vestuario visitante del Estadio Cuscatlán apestaba a alcohol medicinal, linimento para dolores musculares y sudor frío acumulado. La luz tenue que entraba por el tragaluz dejaba ver la neblina densa que comenzaba a descender sobre San Salvador. Afuera, el estruendo de los tambores de las barras hacía vibrar las paredes de bloque y las bancas de madera.
Nosotros vestíamos la indumentaria azul oscuro de Los Forjadores FC, gastada por el polvo de la cancha municipal y el sudor de todo el torneo intercolegial. Frente a nosotros, haciendo el calentamiento en la mitad de la cancha, estaban los invictos: el Colegio Británico-Americano.
Ellos no eran cualquier equipo. Era un grupo de atletas entrenados por exjugadores profesionales, con indumentaria reluciente de marca internacional y botines de última generación que mi viejo no podría pagar ni trabajando un mes entero en la maquila. Tenían a Mateo "El Tanque" en la zaga, a los gemelos Fernando y Gabriel adueñándose de las bandas, al contención Santiago repartiendo juego, y arriba a Rodrigo, su capitán con el número 10, junto al delantero Israel. Movían la pelota con una precisión quirúrgica a un solo toque.
—Mírenlos a los cheles —murmuró Marvin, amarrándose los tacos con las manos temblorosas—. Esos majes no corren por necesidad, juegan por puro lujo.
—En la cancha somos once contra once, Marvin —le cortó Diego con la serenidad de un capitán—. Mente fría y garra. Nadie nos regaló el pasaje hasta aquí; demostremos por qué llegamos a la final.
—¡Hey, no se me achicopalen! —gritó el Chango Walter desde su marco, ajustándose los guantes desgastados—. ¡A mí no me va a meter gol nadie hoy!
—Azael, vos llevás la batuta en el medio —le dijo Diego, poniéndole la mano en el hombro al zurdo—. Sé que la ausencia del Negro Tomás pesa, pero confío en tu visión de juego.
Azael miró hacia la primera fila de la banca, donde el Negro Tomás ya estaba sentado acomodando sus muletas, con la pierna fracturada desde aquel brutal partido de la fase de grupos contra el INFRAMEN y la mirada llena de fuego.
—Por Tomás no me voy a dejar quitar ni una sola pelota, capitán —prometió Azael, apretando la mandíbula.
—Así se habla, Azael —apoyó Héctor, estirando los gemelos en el piso—. Si tenemos que apretar la marca, la apretamos.
Al salir al césped mojado del Cuscatlán, el árbitro central nos llamó al centro. Rodrigo me miró de arriba abajo con una sonrisa distante y me ofreció la mano por compromiso. El árbitro principal nos advirtió de entrada: “Juego limpio hoy, muchachos. Nada de empujones ni jugadas malintencionadas”.
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Fecha: Viernes, 23 de octubre
Hora: 2:00 PM
El silbato inicial sonó y el partido se convirtió de inmediato en un infierno táctico. El equipo rival presionaba en bloque. A los quince minutos, Rodrigo metió una pared exacta con Israel en el borde del área, engañó a nuestra zaga y sacó un zapatazo pegado al poste izquierdo que hizo inútil la estirada del Chango Walter.
Gol del Colegio Británico. 1-0.
El golpe fue demoledor. Intentamos reaccionar, pero la marca de ellos era feroz. Al minuto veinticinco, Marvin intentó salir jugando por la banda izquierda, pero Fernando llegó tarde con una barrida y terminó golpeándole con fuerza el tobillo derecho.
—¡Maldita sea! —chilló Marvin, cayendo al césped mientras se sujetaba la articulación.
Esta vez el árbitro no lo dejó pasar: pitó la falta inmediatamente, le mostró la tarjeta amarilla a Fernando y llamó a la asistencia. Marvin intentó levantarse, pero quedó rengueando, incapaz de apoyar correctamente el tobillo.
—No puedo, Diego... me punza feo —dijo Marvin, caminando con dificultad hacia la banda.
—Hiciste un gran trabajo, Marvin, descansa —le dijo Diego, antes de girarse al banquillo—. ¡Chepe, a la cancha!
Chepe entró concentrado a cubrir la banda. Sin embargo, la tensión subió al minuto treinta y dos. Salí a disputar un balón largo por la banda derecha y enganché hacia adentro, pero Mateo me entró fuerte por el frente mientras Rodrigo me zancadilleó por la espalda.
El impacto fue seco. Caí de lleno sobre la rodilla derecha. No escuché ningún chasquido grave, pero el golpe me provocó un dolor intenso que me quemó la articulación al instante.
—¡Ahhh! —grité en el suelo, apretando los dientes.
El árbitro detuvo las acciones al instante, corrió al lugar y le mostró la tarjeta amarilla a Rodrigo por la zancadilla a destiempo.
—Aquí no vas a venir a golpear a nadie —le sentenció el réferi a Rodrigo con autoridad.
Me levanté despacio. El dolor era brutal, pero descubrí que todavía podía apoyar el pie. No sabía el alcance de la contusión, pero me negué a pedir el cambio. Aguanté los últimos diez minutos del primer tiempo arrastrando levemente la pierna.
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Fecha: Viernes, 23 de octubre
(El Descanso)
Hora: 2:45 PM
Entré al vestuario apoyándome en la pared. Marvin ya estaba sentado con hielo envuelto en el tobillo derecho tras la entrada recibida, al lado del Negro Tomás, que había bajado de la primera fila del banquillo. Me dejé caer en la banca, hundí la cara entre las manos y dejé escapar la frustración acumulada.
—¿Cómo sentís la rodilla, Feng? —me preguntó el Negro Tomás con preocupación desde sus muletas.
—Tengo miedo... —confesé con la voz baja—. Mírenlos a ellos... Rodrigo, Mateo, Israel... tienen técnica, tienen facilidades, tienen la vida resuelta. Yo soy solo un bicho de Soyapango al que sacaron de su colegio por meterse en problemas. Sentí que en cualquier momento nos pasaban encima.