Forjando Mi Propio Camino

Capítulo 6: Un mes en el barrio

Fecha: Lunes, 23 de noviembre

​Hora: 6:00 PM

​El mes de noviembre se sintió como un suspiro largo y tranquilo. El ajetreo de las clases en el colegio técnico se mezclaba con las tardes frescas en Soyapango. Durante esas cuatro semanas de espera, el barrio entero se transformó.

​—¡Hey, cipotes! —nos gritó Doña Toya desde el portón de su casa mientras trotábamos por el pasaje—. ¡Vayan a romperla a Argentina, no me vayan a defraudar!

​—¡Cuenta con eso, Doña Toya! —le contestó Diego, levantando la mano en el aire mientras encabezaba el trote.

​La prioridad del mes fue la recuperación. En la clínica comunitaria, la doctora cortó por fin el yeso de la pierna derecha del Negro Tomás.

​—A ver, Tomás, apoyá despacio —dijo la doctora ajustándose los lentes—. Nada de andar haciendo maniobras raras todavía.

​El Negro puso la planta del pie en el piso, rígido pero firme, y soltó una carcajada que retumbó en el consultorio.

​—¡Nombre, doctora, si yo ya me siento listo para meter un golazo de volea! —bromeó Tomás.

​—Ni se te ocurra, maje —lo frenó Marvin sobándose el tobillo derecho, ya sin dolor—. Si te volvás a chollar la pierna, no subís al avión.

​—Vos callate, Marvin, que por andar de arrebatado te doblaron el pie en la final —le contestó Tomás entre risas.

​Los entrenamientos pasaron a ser tardes de puro disfrute. Azael, que al inicio era un cerrojo de pocas palabras, ya soltaba la risa con el grupo.

​—Azael, pasala rápido que te vienen a marcar —le gritó Samuel durante la cascarita.

​—Tranquilo, Samuel, si aquí hasta con los ojos cerrados te pongo el balón en la bota —le devolvió Azael soltando un zurdazo medido.

​───

​Fecha: Lunes, 23 de noviembre

​Hora: 6:30 PM

​Estaba en el patio ayudándole a mi viejo, Carlos, a ordenar unos tubos de hierro galvanizado cuando el teléfono inalámbrico comenzó a repicar. Mi mamá, Elena, contestó desde la cocina.

​—¡Feng, vení corrido! —gritó mi mamá con la voz temblorosa.

​Corrí a la sala sobándome las manos llenas de grasa. Tomé el auricular. Del otro lado de la línea, una voz formal con acento extranjero confirmó la noticia: los quince pasajes aéreos para la Academia Mainward en Buenos Aires estaban listos.

​—¿Qué te dijeron, hijo? —preguntó Carlos acercándose a la mesa.

​—Nos vamos para Argentina, papá —susurré—. Salimos en una semana.

​En menos de una hora, la casa se llenó de un alboroto hermoso. Improvisamos una cena entre todos los hogares. Mi mamá sacó las ollas grandes para preparar un sopón de gallina india, mientras las mamás traían tortillas calientes y gaseosas heladas.

​El patio quedó apretado con la familia:

​Familia Wei: Mi papá Carlos, mi mamá Elena y mis primos Mateo y Sofía.

—¡Primo, enseñame la medalla otra vez! —pidió Mateo jalándome la camisa.

—Dejala en la mesa, Mateo, que la vas a botar —lo regañó Sofía—. Dejá que Feng respire.

​Familia de Diego: Sus papás, Don Roberto y Doña Carmen, junto a su hermana Lucía.

—Mire, Don Roberto, su cipote nos salió buen capitán —dijo Don Fernando, papá de Pablo.

—Tenía que salir al tata, Don Fernando —respondió Don Roberto orgulloso.

​Familia de Juan: Sus padres, Don Miguel y Doña Silvia, y su primo Tavo.

—Tavo me dijo que te vas a traer una camiseta de allá, Juan —comentó Doña Silvia.

—Si jugamos bien, hasta dos le traigo, mamá —contestó Juan sonriendo.

​Familia de Pablo: Sus papás, Don Fernando y Doña Teresa.

​Familia de Samuel: Su abuelita, Doña Rosa, y sus primos gemelos, Chepe y Dani.

—Acomódese aquí, Doña Rosa —dijo mi mamá Elena ofreciéndole una silla.

—Gracias, Elenita, aquí le traje un poquito de curtido casero para la sopa —sonrió Doña Rosa.

—¡Chepe, no te comás las tortillas del Negro! —gritó Dani desde la otra punta del patio.

​Familia de Azael: Su mamá, Doña Gladis, y su hermano mayor, Cristian.

—Que conste que te vas porque jugás bien, bicho —le dijo Cristian a Azael dándole un empujón cariñoso.

—Se lo debo a los bichos, hermano —respondió Azael.

​Familia del Negro Tomás: Su mamá, Doña Lorena, y su prima Jimena.

—¡Jimena, traete las bancas de madera del pasaje para que quepamos todos! —pidió Doña Lorena.

​Familia de Marvin: Sus padres, Don Ernesto y Doña Martha.

​Familias de Héctor, Mauricio, Chango Walter y Chele Rodrigo.

—¡Chango, volá a traer más gaseosas en bolsa! —gritó el Chele Rodrigo desde la barda.

​Familias de la reserva (René, David, Néstor y Chepe).

​En medio del choque de platos, Don Carlos se puso de pie al frente de la mesa larga. Se quitó los anteojos, se limpió las lágrimas con el pañuelo y alzó su huacal de refresco de horchata.

​—Quiero decir algo antes de comer —dijo mi viejo, mirándonos a los muchachos asentados en las bancas—. Cuando estos bichos empezaron a entrenar en la cancha de tierra, muchos pensaban que solo andaban perdiendo el tiempo. Pero nos demostraron a todos los papás que con disciplina, respeto y unión se puede salir adelante. Mañana se van para Argentina, lejos de su tierra, pero recuerden bien de dónde vienen. Vayan con la cabeza en alto, jueguen con el alma limpia y sigan forjando su propio camino.

​—¡Salud por los cipotes! —gritó Don Miguel levantando su vaso.

​—¡Salud! —respondimos todos al unísono.

​El Negro Tomás me dio un codazo suave en las costillas y me dijo en voz baja:

​—Nos costó sudor y sangre, Feng, pero mirá dónde estamos.

​—Y esto apenas empieza, Negro —le respondí, mirando la copa de hierro brillando sobre el televisor viejo.




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