Forzados a decir "Sí"

Capitulo 1

El despacho de los señores Von Borja no era un lugar para conversaciones familiares, sino para transacciones estratégicas. Con una mirada gélida, Alejandro observaba a su hijo desde el otro lado de un escritorio de caoba que parecía una barricada.

—Tu abuelo ha perdido la paciencia, Maximilian —soltó su padre, rompiendo el silencio con la precisión de un mazo—. No es solo un capricho senil. La fusión entre el Grupo Von Borja y el consorcio de los Williams es el movimiento financiero de la década. Pero ambos viejos han puesto una condición innegociable: el contrato se sella con un anillo. O firmas el compromiso con Isabella, o el testamento se modifica mañana mismo. Te quedas fuera de todo al igual que Isabella.

Maximilian sintió un golpe de calor subirle por el cuello. La sola mención de ese nombre le revolvía el estómago.

—¿Me están pidiendo que me venda? —preguntó Max con una risa seca, desprovista de humor—. Saben perfectamente que la detesto. Isabella no es una mujer, es un tiburón con piel de seda. Es fría, calculadora y tan ambiciosa que vendería a su propia madre por un punto extra en la bolsa. No me voy a casar con ella. Ni por el apellido, ni por la herencia, ni por esa maldita fusión.

—La ambición es lo que mantiene este imperio en pie, Maximilian —intervino su madre, sentada en un sillón orejero, con elegancia—. Los Williams tienen el control logístico que nos falta. Isabella es la heredera perfecta. Es brillante, tiene contactos y, sobre todo, es hermosa e inteligente.

—Lo que tiene es una lengua de víbora —replicó él, apretando los puños—. Ella me odia tanto como yo a ella. Nuestro último encuentro terminó con ambos jurando no volver a pisar la misma habitación. ¿Y ahora esperan que comparta mi cama con ella?

—El odio es una emoción muy útil si se sabe canalizar —sentenció su padre sin levantar la vista de sus documentos—. Tienes tres días. O aceptas ser el próximo CEO de la mayor potencia económica del país, o sales de aquí sin nada.

Maximilian salió de la mansión sintiendo que las paredes se le caían encima. Condujo a gran velocidad hasta el apartamento de Vanessa, su refugio, la mujer que supuestamente representaba todo lo que Isabella no era: dulzura, paz y falta de pretensiones.

Cuando entró, Vanesa lo recibió con una copa de vino y una expresión de preocupación ensayada. Maximilian se desplomó en el sofá y le soltó la bomba. Le contó sobre la fusión, la amenaza del abuelo y la sombra ineludible de Isabella Williams.

—Es una locura, Vane. Prefiero empezar de cero, buscar un trabajo cualquiera, antes que darle el gusto a esa mujer de llevar mi apellido —dijo él, buscando en los ojos de su novia una validación a su heroísmo romántico.

Pero el silencio de Vanesa se prolongó un segundo de más. Ella observó las manos de Maximilian, manos que nunca habían conocido el trabajo duro, y pensó en el estilo de vida que se esfumaría si él cumplía su palabra.

—Max, cariño... —empezó ella, sentándose en su regazo y acariciándole la nuca con una suavidad calculada—. Tienes que pensar con la cabeza fría. Si renuncias a todo, Isabella gana. Se quedará con la parte que te corresponde de la fusión, se burlará de tu caída y te verá desde arriba. ¿De verdad quieres darle ese placer?

—No se trata de eso, Vane. Se trata de mi libertad y mi orgullo.

—¿Qué libertad tienes sin poder? —le susurró ella al oído, su voz tornándose en un veneno dulce—. Piénsalo de otra forma. Si aceptas, si entras en ese matrimonio, la tendrás bajo tu control. Podrías convertir su vida en un infierno desde adentro. Tal vez si aceptas un matrimonio con ella, puedas finalmente vengarte de lo que te hizo en el pasado. Úsala, Max. Usa su dinero, usa su apellido y luego deséchala cuando ya no quede nada de su orgullo.

Maximilian se tensó. La palabra venganza golpeó un nervio que llevaba años expuesto.

Él cerró los ojos y, de inmediato, la imagen de Isabella invadió su mente. No era la Isabella que odiaba en los titulares de prensa, sino la Isabella de hacía cinco años. Recordó todo lo que vivieron antes que le clavara un puñal por la espalda.

Odiaba su arrogancia, su risa burlona y la forma en que siempre parecía estar tres pasos por delante de él. Pero, muy en el fondo, en un rincón que se negaba a admitir incluso ante sí mismo, Maximilian sentía una atracción eléctrica que el tiempo no había logrado apagar. Era un hambre física, un deseo nacido del conflicto.

"Venganza", repitió mentalmente.

La idea de Vane era brillante y retorcida. Casarse con su enemiga para destruirla desde el epicentro de su mundo. Sin embargo, una parte de él temía que, al tenerla tan cerca, la línea entre el odio y la pasión volviera a borrarse, dejándolo vulnerable ante la única mujer que sabía exactamente dónde golpear para hacerlo sangrar.

—¿Crees que podría hacerlo? —preguntó Max, con la voz ronca.

—Creo que eres el único capaz de domar a una mujer como Isabella Williams —respondió Vanessa con una sonrisa triunfal, ocultando su propia ambición tras una máscara de apoyo—. Hazlo, Max. Recupera lo que es tuyo y hazle pagar cada una de sus deudas.

Maximilian se puso en pie, mirando por el ventanal hacia las luces de la ciudad. En algún lugar, en un ático de cristal y acero, Isabella probablemente estaba recibiendo la misma noticia. Podía imaginar su sonrisa gélida y su mirada desafiante...

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