Forzados a decir "Sí"

Capitulo 2

El horizonte de Londres se desplegaba tras el cristal de la suite, una amalgama de gris acero y luces que comenzaban a titilar bajo la llovizna.

Isabella Williams se observó en el espejo de cuerpo entero, ajustándose los puños de su blusa de seda color marfil. Su apariencia era, como siempre, impecable: el cabello caía en ondas perfectas que brillaban bajo la luz cálida, y su maquillaje, sutil pero estratégico, resaltaba la frialdad de sus ojos claros. Era la imagen misma del éxito que había construido lejos de casa, lejos de los susurros y de la sombra de Maximilian Von Borja.

El teléfono sobre el tocador vibró, rompiendo el silencio sepulcral de la habitación. El nombre de su madre parpadeó en la pantalla. Isabella suspiró.

—¿Mamá? —contestó, su voz manteniendo esa cadencia profesional que usaba para cerrar contratos millonarios siendo tan joven.

—Bella, cariño. Necesito que escuches con atención —la voz de Victoria Williams sonaba tensa, casi urgente—. Tu abuelo ha tomado una decisión. Acaba de salir de una reunión con los Von Borja.

Isabella sintió un escalofrío familiar, esa punzada en el pecho que solo aparecía cuando su pasado y su presente colisionaban. Se sentó en el borde de la cama, manteniendo la espalda erguida.

—Dime que no es lo que estoy pensando —susurró.

—Lo es. El abuelo Arthur ha sido tajante: o aceptas el compromiso con Maximilian, o el consorcio Williams buscará un nuevo heredero. Dice que es la única forma de blindar la fusión y, según sus palabras, de «enderezar el futuro de ambas familias».

Isabella soltó una risa seca.

—¿Maximilian? Mamá, por favor. Ese hombre me desprecia con la misma intensidad con la que yo lo ignoro. Además, tiene a esa... mujer. Se pasean por todas partes como si fueran la pareja del siglo. ¿Por qué se empeñan en vernos juntos cuando él ya eligió su camino?

Hubo una pausa al otro lado de la línea. Isabella pudo imaginar a su madre frotándose las sienes, buscando las palabras adecuadas.

—Bella, tú y yo sabemos que esa mujer es una ambiciosa de manual. El abuelo de Maximilian no es ciego; sabe que Vanessa solo está esperando que Max herede para vaciarle las cuentas. Tu abuelo cree que tú eres la única que puede hacer que Maximilian abra los ojos, la única con la fuerza suficiente para no dejarse pisotear por los juegos de esa gente.

Isabella apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El nombre de Maximilian evocaba imágenes que había intentado enterrar bajo capas de trabajo y distancia: la forma en que él la miraba antes de que todo se rompiera, el calor de sus discusiones que siempre terminaban rozando lo peligroso, y la humillación final que la obligó a empacar su vida y marcharse al extranjero para no morir de orgullo herido.

—Él me hizo sufrir, mamá —dijo Isabella, y por un segundo, la máscara de ejecutiva de hierro se agrietó—. Me obligaron a irme para que él pudiera vivir su romance de ensueño sin que mi presencia le estorbara. ¿Y ahora quieren que regrese para salvarlo de sus propias malas decisiones?

—No es por él, es por la familia. Y por ti. Si no regresas, perderás todo por lo que has trabajado.

Isabella guardó silencio. Se levantó y caminó hacia el ventanal, observando el tráfico lejano. Sus pensamientos empezaron a girar con una velocidad vertiginosa. Recordó la última vez que vio a Max: la frialdad en sus ojos, las palabras hirientes que se lanzaron como dagas, y la presencia constante de Vanessa, siempre allí, sembrando duda y cizaña.

De pronto, la rabia que había mantenido bajo control durante años comenzó a transformarse en algo más frío y útil: resolución.

Si regresaba, no sería la Isabella vulnerable que huyó con el corazón destrozado. Si Max quería una esposa de conveniencia para salvar su fortuna, ella le daría una que nunca olvidaría. Si Vanessa creía que había ganado la partida, Isabella se encargaría de demostrarle que solo había estado jugando en las ligas menores.

"Venganza", pensó Isabella, y el sabor de la palabra fue dulce y amargo a la vez.

Aceptar el compromiso era la llave para recuperar su lugar y, de paso, destruir la paz de Maximilian desde adentro. Quería ver su cara cuando se diera cuenta de que la mujer que regresaba no era la que él podía manipular o ignorar. Quería que él sintiera el peso de su presencia en cada rincón de esa mansión, que se ahogara en el deseo que ambos fingían no sentir mientras ella desmantelaba, pieza por pieza, la vida que él había construido con su novia.

—¿Bella? ¿Sigues ahí? —la voz de su madre la trajo de vuelta.

Isabella enderezó los hombros, una sonrisa gélida y letal dibujándose en sus labios. Se miró una última vez en el espejo. La mujer que le devolvía la mirada estaba lista para la guerra.

—Dile al abuelo que acepto —dijo, su voz ahora firme como el acero—. Pero no voy a ir bajo sus términos. Voy a ir bajo los míos.

—¿Qué quieres decir?

—Lo verán en unos días, mamá. Preparen la reunión con los Von Borja. Tengo ganas de ver a Maximilian de nuevo. Tengo muchas cosas que cobrarle.

Colgó el teléfono y caminó hacia su vestidor. Empezó a seleccionar las prendas que llevaría. No llevaría trajes de diseñador aburridos ni vestidos de gala sumisos. Si ellos querían una "loca" que arruinara sus planes de estabilidad mientras salvaba el patrimonio, ella les daría exactamente eso.

Isabella Williams estaba de regreso, y esta vez, no sería ella quien terminara llorando en un avión hacia el extranjero. Esta vez, la puerta de la habitación compartida sería el inicio del fin para Maximilian.




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