la tensión en la biblioteca de la mansión Williams se podía cortar con un cuchillo. Alejandro Von Borja y Arthur Williams presidían la mesa como dos generales planeando una invasión, mientras Maximilian permanecía de pie junto al ventanal, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro se marcaban con violencia.
—Maximilian, siéntate —ordenó su padre—. No estamos aquí para una rabieta, sino para asegurar que el patrimonio que nos tomó generaciones construir no se evapore por tu terquedad.
Max se giró, sus ojos inyectados en una mezcla de insomnio y rabia contenida. Esa mañana, Vanessa lo había despedido con un beso que sabía a ambición disfrazada de apoyo. "Hazlo, Max. Déjala entrar en tu casa, pero manténme a tu lado. Que vea que tú mandas", le había susurrado. Esa manipulación, sumada al odio que sentía por la mujer que lo había traicionado cinco años atrás, lo tenían al borde del colapso.
—Acepto —soltó Max, su voz resonando en las paredes de libros—. Pero no será un matrimonio convencional.
Arthur Williams, el padre de Isabella, un hombre que siempre había guardado un cariño silencioso por su hija a pesar de la distancia, se levantó con lentitud. Su mirada era de una decepción absoluta.
—No me gusta esto, Alejandro —dijo Arthur, ignorando a Max—. Conozco a este muchacho. Sé cómo la trató. Mi hija se fue de este país con el alma rota y se convirtió en una extraña para protegerse. No voy a entregarle a Isabella para que él termine el trabajo de destruirla solo por unos puntos en la bolsa.
—¡Arthur, por favor! —intervino la madre de Isabella, tratando de suavizar el ambiente—. No se trata de entrega, se trata de una alianza. Es lo mejor para ella también. Si no hereda, quedará desprotegida.
—¿Desprotegida? —Max soltó una carcajada amarga—. Isabella Williams es capaz de protegerse sola en un foso de cocodrilos. El problema es que yo no pienso sacrificar mi vida personal por este contrato.
—¿Qué estás queriendo decir? —preguntó Alejandro Von Borja, entrecerrando los ojos.
—Pasemos al despacho —sugirió la madre de Isabella, notando que el servicio empezaba a merodear cerca—. Allí hablaremos sin oídos indiscretos.
Una vez cerradas las puertas de doble hoja, el silencio se volvió asfixiante. Maximilian no esperó a que le ofrecieran asiento. Se colocó en el centro de la habitación, como un juez dictando sentencia.
—Acepto casarme con Isabella. Acepto la fusión. Pero tengo una condición innegociable —hizo una pausa, saboreando el veneno que estaba a punto de soltar—. Mi novia, Vanessa, vivirá con nosotros. En la misma casa. Bajo el mismo techo.
El impacto de sus palabras dejó a los presentes mudos por un instante. Arthur Williams golpeó el escritorio de caoba con el puño, haciendo saltar el tintero.
—¡Es una infamia! —rugió el hombre, con el rostro enrojecido—. ¿Quieres meter a tu amante en la casa de mi hija? ¿Quieres humillarla públicamente de esa manera? ¡No lo permitiré! El trato se cancela ahora mismo.
—Cálmate, Arthur —rogó Alejandro, aunque él mismo miraba a su hijo con desconcierto—. Maximilian, eso es un suicidio social.
—Es eso o nada —replicó Max, cruzándose de brazos—. Isabella no está aquí para defenderse, y dudo que le importe. Ella solo quiere el poder tanto como ustedes. Si quiere el apellido Von Borja, tendrá que aceptar mis reglas. Como ella no se ha dignado a aparecer, asumo que su silencio es una firma en blanco. Yo decido cómo se juega esto.
—¿Tú decides qué, Maximilian?
La voz no era la de ninguno de los padres. Era una voz aguda, casi infantil, acompañada por el chasquido ruidoso de un chicle.
Todas las cabezas giraron hacia la puerta.
Maximilian se quedó paralizado. La Isabella que él recordaba —la mujer de trajes hechos a medida, de elegancia gélida y mirada de superioridad— había desaparecido. En su lugar, recostada contra el marco de la puerta, estaba una chica que parecía haber escapado de una fiesta de disfraces de mal gusto.
Vestía una falda de tablas escocesa demasiado corta, una camisa blanca desabrochada en el cuello y una corbata floja. Llevaba el cabello recogido en dos moños altos y desordenados, con mechones cayendo sobre un rostro que, a pesar del maquillaje pesado y rebelde, seguía siendo irritantemente hermoso.
Isabella entró en el despacho caminando con una indolencia exagerada, arrastrando los pies y haciendo globos con el chicle.
—Vaya, qué reunión tan animada —dijo ella, ignorando el estupor de sus padres y la mirada de asco de su futuro suegro—. Siento llegar tarde, es que el vuelo desde Londres fue un aburrimiento total.
—¿Isabella? —balbuceó su madre, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué... qué te has hecho? ¿Dónde están tus cosas? ¿Tu equipaje?
Isabella se encogió de hombros, deteniéndose justo frente a Maximilian. El olor a fresa química de su chicle invadió el espacio personal del hombre, quien la miraba como si estuviera viendo un accidente de tráfico: no podía apartar la vista a pesar del horror.
—Me cansé de ser la heredera perfecta, mamá. Es agotador —Isabella miró a Max de arriba abajo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Así que escuché algo sobre una condición de "tres en la cama", ¿no? ¿O era tres bajo el mismo techo?
Maximilian apretó los dientes, sintiendo que su plan de humillación empezaba a tambalearse antes de empezar.
—Era una condición para el compromiso, Williams. Pero veo que Londres te ha frito el cerebro. No estás en condiciones de aceptar nada.
Isabella soltó una carcajada estridente y se sentó sobre el escritorio de su padre, balanceando las piernas.
—¡Oh, al contrario, Maxie! Acepto. Me parece una idea... encantadora. Trae a tu novia. Trae a sus perros si quieres. Va a ser muy divertido ver cómo intentas mantener la cordura mientras yo mastico chicle en tus cenas de gala.
Se acercó a la cara de Maximilian, su mirada volviéndose oscura y letal por una fracción de segundo, rompiendo la fachada de colegiala.