El rostro de todos en ese lugar no era para nada buenos. Ninguno entendía en que pensaban ese par al querer hacer algo que no estaba bien.
Alejandro Von Borja fue el primero en reaccionar, dando un paso al frente con el rostro endurecido.
—¡Basta de estupideces! —exclamó Alejandro, mirando a su hijo con desprecio—. Maximilian, no sé en qué mundo vives si crees que los abuelos van a permitir que esa mujer ponga un pie en la residencia oficial. ¿Crees que Arturo Williams y mi padre son estúpidos? Esto es serio, no un reality show.
—Es una humillación pública —secundó el padre de Isabella, todavía sin poder creer el aspecto de su hija—. Ninguno de nosotros va a aceptar que esa chica viva bajo el mismo techo que Isabella. Si los abuelos se enteran de este arreglo, el testamento se cancelará antes de que termine el día.
La madre de Isabella, con la voz temblorosa de pura frustración, miró a su hija.
—Bella, por Dios, ¿cómo puedes aceptar algo así? Tienen que asistir a galas, aparecer en portadas, fingir que son la pareja del año para que las acciones no caigan. ¿Cómo piensan convencer al mundo de que se aman si él tiene a su novia en la habitación de al lado?
Isabella saltó del escritorio con una agilidad que contrastaba con su ropa de colegiala. Caminó hacia el ventanal, masticando su chicle con una calma que desquiciaba a todos los presentes, una calma fingida, porque a nadie más que a ella le dolía esa desicion. Se giró lentamente, mirando a Maximilian con una indiferencia absoluta, estaba ahí para vengarse de ellos y lo iba a hacer.
—No necesito que me amen, ni necesito que Maximilian me sea fiel —dijo Isabella, su voz sonando con desprecio a pesar de su peinado infantil—. Solo necesito que el abuelo vea que el contrato se cumple. Seis meses de compromiso y una convivencia "pacífica" bastarán para que yo reciba mi parte de la herencia y él la suya. Después de eso, cada quien puede irse al infierno por su lado.
Maximilian, que había estado conteniendo la respiración, sintió que la rabia le quemaba el pecho. Verla tan desinteresada, tan centrada en el dinero, le dolía de una forma que no podía explicar. Seguía sin creer que la Bella que él conoció era así, no era posible que actuara tan bien.
—Sabía que eras una interesada, Isabella —escupió Max, acercándose a ella con paso amenazante—. Cinco años fuera y lo único que te importa sigue siendo el saldo de tu cuenta bancaria. Eres una cínica.
Isabella no retrocedió. Sostuvo la mirada de Max y soltó una carcajada seca, sin un ápice de alegría.
—¿Y qué esperabas, Maximilian? —le preguntó, inclinando la cabeza con una sonrisa burlona—. ¿Esperabas que llegara aquí de rodillas, llorando y rogándote por amor? ¿Esperabas que te pidiera perdón por lo que pasó? Madura. Tú quieres a tu novia y tu dinero; yo quiero mi herencia y mi libertad. Este matrimonio es solo un negocio. Si quieres traer a tu "dulce Vanessa", tráela. Solo asegúrate de que no se cruce en mi camino mientras cuento mis millones.
Max sintió que la sangre le hervía. La frialdad de Isabella era un insulto a todo lo que alguna vez hubo entre ellos, incluso al odio que los unía. Se sintió ridículo, manipulado por Vanessa y ahora humillado por la mujer que más quería despreciar y no podía.
—Eres despreciable —dijo él en un susurro cargado de decepción.
—Y tú eres un cobarde que necesita el permiso de sus padres y la manipulación de su novia para tomar una decisión —replicó ella, explotando una pompa de chicle justo frente a sus ojos.
Maximilian no aguantó más. Se dio la vuelta, ignorando los llamados de su padre y los gritos de Arthur Williams. Salió del despacho dando un portazo que hizo vibrar los cristales de la mansión, subió a su auto y arrancó a toda velocidad, dejando atrás la imagen de esa "colegiala" que acababa de arrebatarle el control del único juego que él creía dominar.
Quería odiarla hasta sentir asco, pero no podía, su maldito corazón latía fuerte al tenerla cerca. Su estómago se oprimía de nervios y su cabeza, su cabeza reproducia todos los momentos vividos.
Mientras conducía, sus pensamientos volaban en su cabeza. Recordaba a esa Isabella con su dulce voz cuando le pedía algo, sus promesas de siempre estar juntos. Todo eso ya no estaba, ya no eran unos jóvenes de 18 años, ahora tenían responsabilidades y el peso de dos apellidos.