Forzados a decir "Sí"

Capitulo 5

Vanessa esperaba en el ático, rodeada de revistas de moda y una copa de Chardonnay que apenas había probado. Cuando escuchó el portazo y los pasos pesados de Maximilian, supo que la reunión no había sido buena.

Max entró en el salón desanudándose la corbata con un gesto violento, su rostro lleno de frustración y desconcierto.

—Es una demente, Vane. No tienes idea de lo que pasó —soltó él, lanzando la chaqueta sobre el sofá—. Apareció vestida como una chiquilla rebelde, masticando chicle, burlándose de todo. ¡Aceptó! Aceptó que vivas con nosotros como si fuera una broma.

Vanessa se levantó con elegancia, ocultando la chispa de triunfo en sus ojos tras una fachada de comprensión. Se acercó a él y le puso las manos en el pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón.

—¿Aceptó? —preguntó ella, suavizando la voz—. Pero Max, eso es... extraño. ¿Por qué lo haría?

—¡Por el dinero! —rugió él, apartándose para caminar de un lado a otro—. Dijo que con seis meses de compromiso le basta para cobrar su herencia. No le importa nada más. No hay rastro de la mujer que conocí. Es fría, interesada y cínica. La odio, Vane. Juro que nunca la había odiado tanto como hoy.

Vanessa bajó la mirada para que él no viera la sonrisa que amenazaba con dibujarse en sus labios. "Perfecto", pensó. Mientras Maximilian la odiara con esa intensidad, no había peligro de que los viejos sentimientos resurgieran.

—Cálmate, mi amor —le susurró, rodeándole la cintura con los brazos—. Si ella solo quiere el dinero, nos lo pone fácil. Déjala que juegue a ser la rebelde. Que se gaste su herencia en lo que quiera. Lo importante es que tú asegures tu posición como CEO y que recibas lo que te corresponde.

—Nuestros padres están furiosos —continuó Max, frotándose las sienes—. Dicen que los abuelos nunca lo aceptarán, no pueden saber que vivirás con nosotros, además tendremos que fingir que nos amamos en las galas. Va a ser un infierno.

—No si sabemos jugar nuestras cartas —Vanessa lo obligó a mirarla, sus ojos brillando con una ambición gélida—. Deja que ella haga el ridículo con su actitud de colegiala.
Ante los ojos de los abuelos, tú serás el hombre responsable que intenta salvar la fusión, y yo seré tu apoyo silencioso. Cuando pasen esos seis meses y tengas la fortuna en tus manos, nos casaremos y ella será solo un mal recuerdo.

Maximilian la miró, buscando en su rostro la paz que Isabella le acababa de robar, pero seguía igual, esa mujer rebelde estaba en su cabeza, su cercanía, sus ojos y sus labios.

Vanessa le dio un corto beso. Ella no veía a un hombre herido; veía una bóveda llena de oro a la que solo le faltaba una llave.

—Esa casa va a ser nuestra, Max —le dijo al oído—. Deja que Isabella Williams crea que ganó una batalla por la herencia. Nosotros nos quedaremos con el reino completo.

Vanessa se separó un poco y volvió a su copa de vino. Mientras Max se servía un trago fuerte de whisky, ella observó su reflejo en el ventanal. No le importaba el "teatro" de la convivencia, ni las humillaciones de Isabella. Todo era un precio aceptable si al final del camino se convertía en la verdadera señora Von Borja, con el control total de la mayor potencia económica del país.

En la soledad de su antigua habitación, Isabella Williams cerró la puerta con llave. Se arrancó los lazos de los moños con un gesto brusco y se quitó la camisa de colegiala, lanzándola al suelo con desdén.

Frente al espejo, empezó a quitarse el maquillaje cargado con una toalla húmeda, revelando la piel pálida y las ojeras de alguien que no había dormido en días.

Unos toques suaves en la puerta interrumpieron su trance.

—Bella, soy yo. Ábreme.
Isabella suspiró y abrió. Su madre, Victoria, entró con el rostro desencajado, mirando la ropa tirada y la actitud defensiva de su hija.

—¿Qué estás haciendo, Isabella? —preguntó Victoria en un susurro—. Ese espectáculo en el despacho... Tu padre está a punto de un colapso y los Von Borja piensan que has perdido el juicio.

—Estoy marcando el terreno, mamá —respondió Isabella, poniéndose una bata de seda negra—. Maximilian cree que puede dictar las reglas de mi vida. Cree que puede meter a su amante en mi casa para humillarme. Pues bien, que la traiga. Solo regresé para una cosa: vengarme de ellos. De los dos.

Victoria retrocedió un paso, alarmada por la frialdad en la voz de su hija.

—Hija, por favor, piénsalo bien. Estás jugando con fuego. Si tu abuelo o el abuelo de Maximilian descubren que solo aceptaste este compromiso para cobrate deudas del pasado, no les va a gustar. Podrían desheredarlos a ambos.

Isabella soltó una risa amarga mientras terminaba de limpiarse el rostro, dejando ver la vulnerabilidad que tanto se esforzaba por ocultar.

—A mí no me importa el dinero, mamá. Nunca me importó. Y estoy segura de que los abuelos lo saben. Ellos no buscan la fusión por las acciones, ni por los puntos en la bolsa. Ellos solo buscan vernos juntos de nuevo. Es un plan sentimental envuelto en un contrato financiero.

—¿Y si es así, por qué no intentas arreglar las cosas? —preguntó Victoria con esperanza.

—Porque él eligió a Vanessa —sentenció Isabella, girándose hacia ella con los ojos brillantes por una rabia contenida—. Él me dejó morir de orgullo mientras ella le susurraba mentiras al oído. Ahora van a ver de lo que soy capaz. Si quieren vivir bajo el mismo techo que yo, que se preparen. Voy a convertir su "nido de amor" en un campo de batalla.

Victoria observó a la mujer fuerte y herida que tenía delante. Ya no era la niña que jugaba en los jardines; era una mujer que había aprendido a convertir su dolor en una armadura. Sin decir nada más, se acercó a ella y la estrechó en un abrazo firme.

—Te extrañé tanto, Bella —susurró Victoria, apoyando la cabeza en su hombro—. Me duele que hayas tenido que volver con tanto veneno en el alma.

Isabella cerró los ojos y, por un breve segundo, se permitió relajarse en los brazos de su madre. La máscara de rebeldía cayó por un instante, dejando ver el corazón roto que aún latía con fuerza.




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