Forzados a decir "Sí"

Capitulo 6

El lujo del penthouse que Isabella compartiría con vanessa y maximilian era asfixiante. El mármol pulido y los techos infinitos no lograban disipar la tensión que vibraba en el aire mientras las maletas de Vanessa eran depositadas en el vestíbulo.

Vanessa, moviéndose con la propiedad de quien ya se siente dueña del reino, se acercó a Isabella junto a maximilian, que estaba recostada contra la barra de la cocina con una lata de refresco en la mano y una minifalda de cuero que parecía un insulto a la sobriedad del lugar.

—Espero que no te importe el ruido de las mañanas, querida —dijo Vanessa, rozando el brazo de Maximilian con posesividad—. Max y yo tenemos el sueño muy ligero cuando dormimos juntos.

Isabella soltó una risita seca, una vibración burlona que no llegó a sus ojos.

—Por mí pueden colgarse del techo —respondió Isabella, encogiéndose de hombros con desdén—. Mientras no griten demasiado, me da igual lo que hagan en su tiempo libre. La casa es grande, traten de no ensuciar mucho.

Maximilian, que evitaba mirar a Isabella a la cara para no reconocer la furia que le provocaba su indiferencia, intervino con voz tensa.

—Vanessa, no podemos dormir en la misma habitación.

Vanessa se tensó, su sonrisa congelándose.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Los abuelos —espetó él, frotándose la nuca—. Tienen llaves, mandan personal de servicio a cualquier hora para vigilarnos. Si encuentran a mi "prometida" en un cuarto y a mi amante en mi cama, todo se cancela antes de empezar. Cada uno tendrá su espacio. Es por seguridad.

El silencio fue interrumpido por el golpe seco de la maleta de Isabella contra el suelo. Sin mediar palabra, ella caminó con paso firme hacia la habitación principal, la suite más grande y opulenta del piso.

—¿A dónde vas? —le gritó Max, dándole alcance en el pasillo—. Esa es mi habitación.

Isabella se detuvo frente a la puerta doble, girando sobre sus talones con una calma aterradora.

—Te equivocas, Max. Esta es la habitación de la señora de la casa. Y según el contrato que firmaste, esa soy yo. Tú y tu asistente pueden repartirse las otras dos.

—¡Es mi casa! —rugió él, dando un paso hacia ella—. No vas a venir a imponer reglas aquí.

—Pruébame —desafió ella, sosteniéndole la mirada—. Si quieres que el teatro funcione ante los abuelos, yo duermo aquí. Si quieres dormir conmigo para mantener las apariencias, adelante, entra. Pero dudo que tu novia esté de acuerdo.

Antes de que él pudiera reaccionar, Isabella entró en la suite y le cerró la puerta en la cara. El sonido de la cerradura al girar retumbó en el pasillo.

—¡Estás desquiciada! —gritó Max, golpeando la madera con el puño—. ¡Te juro que te voy a hacer la vida imposible! ¡Vas a suplicar por irte de aquí!

Del otro lado, no hubo respuesta.

Isabella se apoyó contra la puerta cerrada, sintiendo cómo la fuerza se le escapaba por los pies. Se arrancó la peluca y la ropa extravagante, dejándola tirada como un disfraz que ya pesaba demasiado. Caminó hacia el baño y abrió la ducha, dejando que el vapor llenara la estancia.

Bajo el chorro de agua caliente, la máscara se desmoronó. Se abrazó a sí misma, sollozando en silencio para que el ruido del agua ahogara su dolor. Una cosa era planear una venganza desde la distancia, y otra muy distinta era sentir el perfume de Vanessa en la ropa de Max o ver cómo sus manos buscaban la cintura de otra mujer.

Lo odiaba por haberla traicionado, pero se odiaba más a sí misma porque, a pesar de los gritos y la guerra, su corazón seguía reconociendo ese penthouse como el hogar que alguna vez soñaron juntos.

Mientras en el penthouse la tensión se consumía entre muros de cristal, en la biblioteca de la mansión Von Borja se gestaba una tormenta de dimensiones muy distintas. El aire estaba cargado de un respeto reverencial y un miedo latente.
Sentados en los sillones principales, como monarcas juzgando a sus herederos, estaban los patriarcas: Arturo Williams y Benedict Von Borja. Sus rostros, surcados por los años y el poder, no mostraban la sorpresa que sus hijos esperaban.

Alejandro Von Borja y Arthur Williams permanecían de pie, intercambiando miradas nerviosas.

—Padre —comenzó Alejandro, aclarándose la garganta—, sobre la situación en el apartamento... Maximilian ha tomado una decisión impulsiva. Estamos tratando de controlarlo, pero él insistió en que esa mujer, Vanessa, se mudara con ellos.

Benedict Von Borja levantó una mano huesuda, silenciando a su hijo al instante. Soltó una risa seca que sonó como pergamino rompiéndose.

—¿De verdad creen que somos idiotas? —preguntó Benedict, fijando sus ojos de acero en Alejandro—. ¿Creen que los movimientos de mi propio nieto no están bajo mi lupa? Sabemos exactamente cuántas maletas llevó esa mujer al ático y en qué habitación está intentando dormir.

Arturo Williams asintió, golpeando rítmicamente su bastón contra la alfombra persa.

—Les dimos una instrucción clara: asegurar la unión. Y ustedes han permitido que esto se convierta en un circo.

—Papá, lo intentamos detener —explicó Arthur—, pero Isabella aceptó el trato de Maximilian. Ella dice que solo quiere la herencia y que seis meses serán suficientes.

—Isabella es una Williams —sentenció Arturo con orgullo amargo—. Está herida y está usando esa fachada de rebeldía para no mostrar su dolor. Y Maximilian... Maximilian es un tonto que cree que tiene el control porque tiene a dos mujeres bajo su techo. No sabe que se ha metido voluntariamente en una jaula con una leona.

Benedict se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.

—Escuchen bien. No vamos a intervenir... todavía. Queremos ver si ese odio que se profesan es tan real como dicen o si es solo el combustible de un fuego que no saben cómo apagar. Pero no se equivoquen: si esa "novia" interfiere con la imagen pública de la fusión, o si Isabella cruza la línea de lo aceptable, cortaremos el flujo de dinero para todos.




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